Angel
La trucha ahumada fue
muestra magistral de lo que se puede lograr respetando a la materia
prima
Aristóloga
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Navajas a la vinagreta. Con eso comenzamos.
Los moluscos, fríos y túrgidos, se deslizan por la garganta, dejando
atrás la sensación de su sabor a mar, fresco y complementado por
el pimentón verde, la cebolla y la zanahoria finamente picados en
su sencillo aderezo. Pero no nos prepararon para lo siguiente, una
trucha de Chiriquí, ahumada con guayabo, comedidamente, sin torturar
al peje. Porque, por lo general, cuando se oye hablar de trucha
ahumada resulta ser una masacre: la asfixian en la humareda y nosotros
sufrimos las consecuencias cuando nos ponen en el plato una chancleta
totalmente privada del sabor, del olor de la materia prima. En este
caso se logró de forma sutil, poética; una danza sensorial entre
el aceite de oliva virgen extra, el toque de limón, las brusquitas
de eneldo esmeraldino y unas cebollas en lascas finísimas, que sirvieron
de telón a la textura suave, tersa, de la fresquísima trucha. Muestra
magistral de lo que se logra respetando la materia prima.
Luego, camarones al ajillo, con un toque
discretísimo de ajo y cebolla, apenas sí acariciados por la llama,
tiernos y regordetos. No en vano es el marisco la especialidad de
la casa. Siguió un pulpo a la gallega que estuvo bueno, pero un
tris pasado de pimentón y sal; aunque es difícil que no primen estos
sabores, ya que de eso, únicamente, se trata este platillo.
Me intrigó la mención, en el menú, de manitas
de cerdo deshuesadas con cangrejo: vino a la mesa un guiso de lo
antedicho, caldoso a punta de tomates, vino y perejil, que cerró
con broche de oro la ronda de entradas.
De plato fuerte, RDT pidió un bacalao al
ajoarriero, con su sazón de pimentones, que la deleitó tanto como
a mí el cochinillo, que tiene reputación de ser el mejor de la ciudad:
el pellejito delgado como una hostia, crocante y tostadito, protegía
la carne que por lo general es tierna y jugosa, pero que en este
caso estaba un tris reseca. Digamos que de diez, fue un ocho.
Los postres fueron algo decepcionantes: un
milhojas relleno de crema pastelera y un apfelstrudel que sirvieron
de punto dulce, aunque afortunadamente no pecaron de empalagosos.
De lo que sí pecaron fue de falta de imaginación, y no hicieron
honor al resto de la comida, a pesar de que se esmeraron por decorar
el plato.
La lista de vinos, españolísima como es de
esperar, divide los vinos (amén de lo de tinto y blanco que es de
esperarse) en crianzas y reservas, y tiene botellas muy razonables,
así como otras más señoriales y costosas. Al igual que el menú,
la lista de vinos ha variado desde que reseñé el restaurante por
primera vez, en enero de 2000. No ha variado notablemente el ambiente,
aparte del obvio esmero en mantenerlo en óptimo estado de acicalamiento,
sobrio y elegante, sin cursilerías pero con mucho, muchísimo buen
gusto. El servicio, también impecable, por lo que estoy aumentando
el número de estrellas a cuatro. Lástima lo de los postres, pero
el resto las justifica. Dixit.
Calificación:
* * * *
Presupuesto: $ $ $
Dirección: Avenida Argentina,
frente al parque Andrés Bello
Horario: De lunes a sábado
de 12:00 m.d. a 11:30 p.m.
Teléfono: 263-6411
Acceso a discapacitados: Varios
escalones empinados a la entrada
Aceptan: American Express, Master
Card y VISA
Recomendamos: Manitas de cerdo con
centollo $10.00, camarones al ajillo
Buena relación costo calidad:
Trucha ahumada $8.50
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