Panamá, 8 de marzo de 2002
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Héroe de la nada

La suerte del proceso y del país habría sido muy distinta si las conversaciones hubieran surgido de un impulso genuino y planificado

Daniel Samper Pizano

El presidente Andrés Pastrana regresó al Caguán con caminado de héroe a izar el pabellón y a saludar niñitos. ¿Héroe de qué? ¿De reconquistar un sitio donde ya no había nadie? No podemos seguir engañándonos 45 meses después de que él mismo nos subiera a este tren desorbitado del cual viene a bajarnos con aires victoriosos.

Las FARC tienen la mayor culpa en el fracaso, pero la responsabilidad de Pastrana no es poca. Aquéllas, por su ceguera, su arrogancia, sus barbaridades y su falta de lealtad a una ilusión que, más que del Gobierno, lo era del país. Y éste porque nos embarcó por razones electorales en una aventura –no era un proceso de paz: era una aventura– para la cual nunca estuvo preparado, y que consistió, básicamente, en hacer copartícipe de su triunfo a la guerrilla y luego permitir que abusara sin tasa.

Nunca entenderemos qué ocurrió con esta frustración si no la analizamos en su preciso contexto, ni desarrollaremos un verdadero proceso de paz –hoy más urgente que ayer, si excusan mi repulsión por esta guerra naciente que alegra a tantos– a menos que aprendamos la lección de una escaramuza viciada.

Por eso conviene recordar que la paz nunca fue interés especial del candidato Pastrana. Sólo cuando, derrotado en la primera vuelta, sus asesores lo convencieron de que el diálogo con las FARC era la apuesta de casino que podría salvarle la cabeza. Así se produjo el acuerdo con Tirofijo y la creación de esa sociedad en la que poco a poco supimos, por la tolerancia oficial, a cuánto se había comprometido el Gobierno, mientras que las FARC al parecer sólo aportaban salir en la célebre foto y conversar sin reglas de juego.

Era difícil que semejante fórmula terminara bien. Pero el nuevo presidente pensó que sí. Prueba es que el proceso comenzó con marcado tono personal: quería todo para él. En los diálogos no estaban los partidos, la sociedad civil ni la comunidad internacional. Podría pensarse que tampoco el Gobierno: sólo la Presidencia de la República. Después, a medida que se presentaron obstáculos, Pastrana fue aceptando ayudas e incorporando instituciones y personajes.

La suerte del proceso y del país habría sido muy distinta si las conversaciones hubieran surgido de un impulso genuino y planificado, y no de una azarosa jugada electoral; y aún más si en él hubieran estado comprometidas la comunidad nacional e internacional de manera orgánica y no a tropezones. Lamentablemente, en el inesperado pacificador hervía un sueño de gloria personal. Su famoso “lugar en la historia”, al cual se refiere en los últimos meses con tanta preocupación. De allí que sus áulicos intentaran conseguirle el premio Nobel de la paz y, como consolación, el Príncipe de Asturias. Una cosa es buscar la paz y otra el Nobel de la paz. No niego que el presidente ansiaba un acuerdo, como todos los colombianos. Pero lo obsesionaba una urgente recompensa en la historia y en la CNN. Semejante criterio deforma cualquier actitud de negociación y desnaturaliza las cosas, como quedó demostrado.

Las FARC, veteranas en esta molienda, le cogieron pronto la medida al doctor Pastrana. Sospecharon que se dejaría hacer hasta donde le hicieran, pues la paz era su única carta para el cuatrienio. Y poco a poco apretaron la tuerca. Si Pastrana hubiera dado un giro radical cuando Tirofijo lo dejó en ridículo, a lo mejor habría salvado el proceso. Pero no lo hizo. La guerrilla se sintió fuerte y calculó que el Gobierno iba a aguantar todo. Con qué sorna debió sonreír cuando el presidente afirmaba en Estados Unidos que las FARC no se beneficiaban del narcotráfico, y cuando se resistía a calificar de terroristas sus más perversas acciones. Exactamente lo contrario de lo que sostuvo en su alocución de ruptura apoyado por viejas fotografías, algunas de las cuales quizás estaban en su poder cuando todavía defendía a la guerrilla de las acusaciones más evidentes.

¿Qué precipitó que un presidente al que le habían hecho de todo decidiera liquidar el proceso, declarar la guerra y bombardear el Caguán? ¿Fue de veras la captura de un avión, cuando no era novedad que las FARC capturaban aviones? ¿O el secuestro de un senador, cuando hay 2 mil colombianos secuestrados?

Obviamente que no fue sólo eso. Fue el clima de las encuestas, adversas al proceso y favorables a la mano dura. Lo que por agua llega por agua se va. La corriente electoral de 1998 nos trajo este proceso y la corriente electoral del 2002 se lo lleva. Hemos incurrido en los dos peores errores que puede cometer una democracia al negociar con un grupo armado: intentar una paz por separado y mezclarle oportunismo electoral a lo que debe ser un propósito por encima de urnas y partidos.

¿Héroe, pues, de qué? Se dirá que desenmascaró a las FARC. No; éstas se desenmascararon solitas. Y, en cambio de perder prestigio y popularidad, se fortalecieron y enriquecieron durante casi cuatro años.

Sé que en algunos sectores particularmente agraviados por sus abusos hay delirio en estos días. Recibo, por ejemplo, un mensaje de apoyo a los bombardeos titulado “¡Aleluya, aleluya!”. Así de locos estamos los colombianos, que festejamos la guerra.

Hoy, más que ayer, se necesita crear un verdadero proceso de paz, con toda la ayuda internacional que sea necesaria, en vez de incrementar el de guerra. Pero no un proceso de paz fulanista. Sino colombiano. Deben entenderlo así el establecimiento y, por supuesto, las FARC, que también requieren un timonazo interno a favor de una actitud menos militar y más política.

El autor es columnista de El Nuevo Herald y El Tiempo (Bogotá)

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