Héroe de la nada
La suerte del proceso
y del país habría sido muy distinta si las conversaciones hubieran
surgido de un impulso genuino y planificado
Daniel Samper Pizano
El presidente Andrés Pastrana regresó al Caguán con caminado de
héroe a izar el pabellón y a saludar niñitos. ¿Héroe de qué? ¿De
reconquistar un sitio donde ya no había nadie? No podemos seguir
engañándonos 45 meses después de que él mismo nos subiera a este
tren desorbitado del cual viene a bajarnos con aires victoriosos.
Las FARC tienen la mayor culpa en el fracaso,
pero la responsabilidad de Pastrana no es poca. Aquéllas, por su
ceguera, su arrogancia, sus barbaridades y su falta de lealtad a
una ilusión que, más que del Gobierno, lo era del país. Y éste porque
nos embarcó por razones electorales en una aventura –no era un proceso
de paz: era una aventura– para la cual nunca estuvo preparado, y
que consistió, básicamente, en hacer copartícipe de su triunfo a
la guerrilla y luego permitir que abusara sin tasa.
Nunca entenderemos qué ocurrió con esta frustración
si no la analizamos en su preciso contexto, ni desarrollaremos un
verdadero proceso de paz –hoy más urgente que ayer, si excusan mi
repulsión por esta guerra naciente que alegra a tantos– a menos
que aprendamos la lección de una escaramuza viciada.
Por eso conviene recordar que la paz nunca
fue interés especial del candidato Pastrana. Sólo cuando, derrotado
en la primera vuelta, sus asesores lo convencieron de que el diálogo
con las FARC era la apuesta de casino que podría salvarle la cabeza.
Así se produjo el acuerdo con Tirofijo y la creación de esa sociedad
en la que poco a poco supimos, por la tolerancia oficial, a cuánto
se había comprometido el Gobierno, mientras que las FARC al parecer
sólo aportaban salir en la célebre foto y conversar sin reglas de
juego.
Era difícil que semejante fórmula terminara
bien. Pero el nuevo presidente pensó que sí. Prueba es que el proceso
comenzó con marcado tono personal: quería todo para él. En los diálogos
no estaban los partidos, la sociedad civil ni la comunidad internacional.
Podría pensarse que tampoco el Gobierno: sólo la Presidencia de
la República. Después, a medida que se presentaron obstáculos, Pastrana
fue aceptando ayudas e incorporando instituciones y personajes.
La suerte del proceso y del país habría sido
muy distinta si las conversaciones hubieran surgido de un impulso
genuino y planificado, y no de una azarosa jugada electoral; y aún
más si en él hubieran estado comprometidas la comunidad nacional
e internacional de manera orgánica y no a tropezones. Lamentablemente,
en el inesperado pacificador hervía un sueño de gloria personal.
Su famoso “lugar en la historia”, al cual se refiere en los últimos
meses con tanta preocupación. De allí que sus áulicos intentaran
conseguirle el premio Nobel de la paz y, como consolación, el Príncipe
de Asturias. Una cosa es buscar la paz y otra el Nobel de la paz.
No niego que el presidente ansiaba un acuerdo, como todos los colombianos.
Pero lo obsesionaba una urgente recompensa en la historia y en la
CNN. Semejante criterio deforma cualquier actitud de negociación
y desnaturaliza las cosas, como quedó demostrado.
Las FARC, veteranas en esta molienda, le
cogieron pronto la medida al doctor Pastrana. Sospecharon que se
dejaría hacer hasta donde le hicieran, pues la paz era su única
carta para el cuatrienio. Y poco a poco apretaron la tuerca. Si
Pastrana hubiera dado un giro radical cuando Tirofijo lo dejó en
ridículo, a lo mejor habría salvado el proceso. Pero no lo hizo.
La guerrilla se sintió fuerte y calculó que el Gobierno iba a aguantar
todo. Con qué sorna debió sonreír cuando el presidente afirmaba
en Estados Unidos que las FARC no se beneficiaban del narcotráfico,
y cuando se resistía a calificar de terroristas sus más perversas
acciones. Exactamente lo contrario de lo que sostuvo en su alocución
de ruptura apoyado por viejas fotografías, algunas de las cuales
quizás estaban en su poder cuando todavía defendía a la guerrilla
de las acusaciones más evidentes.
¿Qué precipitó que un presidente al que le
habían hecho de todo decidiera liquidar el proceso, declarar la
guerra y bombardear el Caguán? ¿Fue de veras la captura de un avión,
cuando no era novedad que las FARC capturaban aviones? ¿O el secuestro
de un senador, cuando hay 2 mil colombianos secuestrados?
Obviamente que no fue sólo eso. Fue el clima
de las encuestas, adversas al proceso y favorables a la mano dura.
Lo que por agua llega por agua se va. La corriente electoral de
1998 nos trajo este proceso y la corriente electoral del 2002 se
lo lleva. Hemos incurrido en los dos peores errores que puede cometer
una democracia al negociar con un grupo armado: intentar una paz
por separado y mezclarle oportunismo electoral a lo que debe ser
un propósito por encima de urnas y partidos.
¿Héroe, pues, de qué? Se dirá que desenmascaró
a las FARC. No; éstas se desenmascararon solitas. Y, en cambio de
perder prestigio y popularidad, se fortalecieron y enriquecieron
durante casi cuatro años.
Sé que en algunos sectores particularmente
agraviados por sus abusos hay delirio en estos días. Recibo, por
ejemplo, un mensaje de apoyo a los bombardeos titulado “¡Aleluya,
aleluya!”. Así de locos estamos los colombianos, que festejamos
la guerra.
Hoy, más que ayer, se necesita crear un verdadero
proceso de paz, con toda la ayuda internacional que sea necesaria,
en vez de incrementar el de guerra. Pero no un proceso de paz fulanista.
Sino colombiano. Deben entenderlo así el establecimiento y, por
supuesto, las FARC, que también requieren un timonazo interno a
favor de una actitud menos militar y más política.
El autor es columnista de El Nuevo Herald
y El Tiempo (Bogotá)
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