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Cuando de decisiones se
trata
La paciencia de la comunidad ya empieza
a terminarse, especialmente porque estima que para penetrar la barrera
de la inmunidad legislativa no basta con un ¡ábrete
Sésamo!
Rafael Pérez G.
rperez@prensa.com
Nunca el procurador general de la Nación, José Antonio
Sossa, había tenido tanto respaldo a su gestión como
ahora. Y no es, precisamente, por las medidas ejecutadas durante
su período, sino por las diligencias que, de oficio, ordenó
iniciar su suplente, Mercedes Araúz de Grimaldo, en torno
al supuesto soborno en la Asamblea Legislativa denunciado por el
legislador perredista Carlos Afú, y que salpicó a
varios de sus colegas y copartidarios.
Sossa, quien se encontraba fuera del país cuando se destapó
el escándalo, se incorporó a las investigaciones que
en sus primeras etapas lograron la recolección de información
que permitió seguir las huellas dejadas por el ilícito.
Mientras las variables iban tomando forma y los hallazgos encontrados
parcialmente eran reproducidos en La Prensa, la comunidad cimentaba
su confianza en las tareas del Ministerio Público.
La Asamblea Legislativa estaba en receso y sus miembros se encontraban
desamparados de la protección constitucional denominada inmunidad
legislativa. Esta norma constitucional ha sido recitada tantas veces
en estos días como la poesía Al Cerro Ancón,
de Amelia Dennis de Icaza, en noviembre: cinco días
antes del período de cada legislatura, durante ésta
y hasta cinco días después, los miembros de la Asamblea
Legislativa gozarán de inmunidad. En dicho período
no podrán ser perseguidos ni detenidos por causas penales
o policivas, sin previa autorización de la Asamblea Legislativa.
Ello significaba que Sossa no tenía mayores escollos que
superar para apuntalar las diligencias que se adelantaban. Pero
el placer de las buenas noticias no duró mucho. El 7 de febrero
el propio procurador, en carta enviada al presidente de la Asamblea,
Rubén Arosemena, solicitaba el levantamiento voluntario de
la inmunidad de los 71 legisladores, quienes el 24 de febrero entraban
a la sombra de este paraguas del pentágono criollo.
En su misiva, Sossa advertía de las dificultades que enfrentarían
las investigaciones que por supuesta corrupción de funcionario
adelanta el Ministerio Público, sin la plena colaboración
voluntaria de los integrantes de la cámara legislativa.
...Sin perjuicio de que posteriormente pueda presentar una
solicitud formal e individual por cada legislador, le solicito la
promoción de una iniciativa para que todos los legisladores
de la Asamblea Legislativa, se levanten la inmunidad..., acotaba
en su carta.
Ya, a juicio de fuentes del propio Ministerio Público, había
elementos para ordenar detenciones preventivas. Con ello se involucraba
al pleno de la Corte Suprema de Justicia, cuyos magistrados entrarían
a considerar la legalidad o no de la medida, si los afectados resolvían
recurrir a esa instancia con un recurso de habeas corpus.
Pero los oficios, lamentablemente, no fueron girados.
Sossa, quien durante su gestión al frente del Ministerio
Público ha combatido abiertamente el uso de certificados
médicos que presentan imputados o abogados con la finalidad
de dilatar el proceso, cayó en la estrategia del equipo de
la defensa de los ejecutivos del Consorcio San Lorenzo.
Mientras los abogados defensores anunciaban que su cliente se encontraba
indispuesto para continuar la diligencia de indagatoria a que era
sometido, presentaban asimismo ante el tribunal una solicitud de
fianza que impidiera la detención de su representado. Su
finalidad era clara: con el otorgamiento de la fianza por el Juzgado
Cuarto de Circuito, ramo penal, la defensa calmaba parcialmente
los nervios que se había apoderado del resto de los empleados
del aludido consorcio. Algunos de ellos, incluso, habían
anunciado privadamente estar dispuestos a colaborar con las investigaciones.
Esta semana, el procurador sorprendió a la ciudadanía
con el anuncio de que ha recibido amenazas de muerte, sin identificar
plenamente de qué naturaleza y de dónde provenían.
Previo a ello, participó en una reunión de junta directiva
ampliada de esa cámara en donde solicitó nuevamente
a los legisladores que se levantaran la inmunidad. ¿Por qué
no formuló la petición concreta e individual a los
legisladores que, según las diligencias, directa o tangencialmente
aparecen vinculados en este expediente? Solo él lo sabe;
pero la paciencia de la comunidad ya empieza a terminarse, especialmente
porque estima que para penetrar la barrera de la inmunidad legislativa
no basta con un ¡ábrete Sésamo!
El autor es periodista
¿Qué Canal
queremos?
La solución al tema de la carga radiactiva,
a mi modesto juicio, no está en medidas como la que intenta
aprobar la Asamblea
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Franklin Castrellón
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Franklin Castrellón
fcastrellon@prensa.com
Algunas de las personas que lean este comentario terminarán
pensando que estoy defendiendo el tránsito de carga radiactiva
por el Canal de Panamá. No hay tal cosa. Me preocupa, eso
sí, la alarma que se ha generado en torno al tránsito
de ese tipo de carga, en gran medida producto de informaciones falsas
o de medias verdades. Pero esta es harina de otro costal.
Mi inquietud principal surge del riesgo de que los políticos
panameños sin lugar a dudas más dañinos
que cualquier carga de plutonio basados en el precedente que
se intenta establecer en la Asamblea Legislativa, terminen metiendo
sus narices en el manejo del Canal. Veamos por qué.
En virtud del Tratado de Neutralidad, el Canal está abierto
al tránsito de mercaderías de todas las naciones del
mundo en condiciones de igualdad, sin discriminación. En
otras palabras, siempre y cuando la carga sea embalada de acuerdo
con las disposiciones que rigen la materia, y los buques que la
transportan cumplan las normas internacionales y las del propio
Canal, pueden transitar libremente por la vía, previsto que
paguen los peajes y demás cargos que les sean aplicables.
Como quiera que la Autoridad del Canal gracias al título
constitucional que la rige tiene autonomía administrativa
y financiera, no va a impedir que una carga que cumple con todos
los requisitos pase por la vía. Entonces, ¿qué
han hecho nuestros inquietos políticos? Muy simple; buscaron
la forma de aplicar la prohibición en las aguas jurisdiccionales
de Panamá, de manera que los barcos con ese tipo de carga
no puedan ingresar a lo que se conoce como aguas del Canal.
Para quienes no lo saben, la carga radiactiva (que viene cruzando
el Canal desde hace más de 40 años sin que se haya
producido un solo accidente), es apenas una de muchos tipos de carga
peligrosa que cruzan la vía acuática panameña.
Para decirlo en números, el 32% de los 13 mil 492 buques
que cruzaron la vía acuática en el 2001 llevaban carga
peligrosa. De acuerdo con los estándares internacionales,
las más peligrosas son gasolina, químicos y gas licuado
transportados a granel, esto es en enormes cantidades. Si la vía
no se manejara con tan estrictos controles de seguridad, una de
esas bombas flotantes podría explotar con graves
repercusiones para el Canal y las comunidades próximas.
Entonces, ¿por qué no prohibir toda la carga peligrosa
que pasa por el Canal? Después de todo, así estaríamos
protegiendo la vida de todos los asociados y de quienes nos visitan
desde otros países. La fórmula a seguir por los genios
que hacen nuestras leyes sería la misma que han concebido
para con la carga radiactiva. Es decir, sorteando el
título constitucional, lo cual intentan lograr con el apoyo
de los mejores aliados disponibles: las organizaciones ambientalistas.
Al suscrito, quien laboró por más de 26 años
en el Canal de Panamá, le preocupa tanto como al que más
la seguridad de nuestro país y de nuestros ciudadanos. Pero
la solución al tema de la carga radiactiva, a mi modesto
juicio, no está en medidas como la que intenta aprobar la
Asamblea.
El foro a donde se deben llevar esas legítimas inquietudes
es al de los organismos internacionales que rigen el transporte
marítimo mundial. Muchas de las estrictas normas que rigen
el transporte de carga peligrosa incluida la radiactiva
son producto, precisamente, de la fuerte presión que han
venido ejerciendo ante esos organismos grupos ambientalistas como
Greenpeace. Pero es más cómodo y fácil presionar
a nuestros países para que sus gobiernos, generalmente vulnerables
a las presiones, actúen en consecuencia.
El problema es que Panamá no es un país latinoamericano
más. Nuestro país tiene un canal interoceánico
que sirve como un eslabón vital del comercio mundial. Este
hecho nos representa grandes beneficios, pero también involucra
responsabilidades y riesgos.
Otra fórmula que pudiera explorarse dentro de la administración
(no por los políticos), sin vulnerar nuestra responsabilidad
como país operador del Canal, es la de exigir seguro catastrófico
y aplicar una rigurosa vigilancia a los buques con carga radiactiva
desde antes de que ingresen a aguas panameñas. El costo de
esta vigilancia adicional se le cargaría al operador del
buque, desalentando así el uso de la ruta panameña.
Cualquier fórmula es razonable, menos la que se impulsa en
la Asamblea Legislativa, que sería un grave precedente en
el manejo del Canal por Panamá.
El autor es periodista
¿Y los demás
corruptos, qué?
Por lo regular, la corrupción no es accidental
ni circunstancial; es una conducta aprendida a lo largo de los años
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Hermes Sucre Serrano
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Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com
El pasado domingo 17 de febrero, un portazo anunció la llegada
de mi hijo adolescente, acompañado de un grupo de supuestos
amigos. Uno de ellos pidió agua; situación
que aprovechó para, en un santiamén, llevarse un celular
de la sala. El forastero, de una barriada distante, utilizó
un nombre falso para unirse con el pretexto del juego
a jóvenes sanos, sin malicia.
Los intentos para convencer al ladronzuelo vía telefónica
para que devolviera el aparato fueron inútiles. Pregunto,
¿cómo es posible que un chiquillo (a) lleve algo robado
a casa y los adultos no averigüen su procedencia? Me imagino
que el padre de este pichón de ladrón estaba furioso
porque no le había conseguido un celular a él.
Quien roba un botón, roba un millón,
nos decía en 1959 la maestra de tercer grado
Aurora Solanilla de Quiroz, de la escuela Alejandro Tapia Escobar,
de Aguadulce. Por lo regular, la corrupción no es accidental
ni circunstancial; es una conducta aprendida a lo largo de los años.
A lo mejor los pillos de hoy hicieron sus pininos cuando robaron
oxígeno a un compañero de incubadora o cuando se tomaron
una mamadera ajena en un maternal.
El tema de la corrupción hay que manejarlo con pinzas para
no desfigurar la realidad. Desde que el legislador Carlos Afú
mostró los fajos de la vergüenza las críticas
se enfilaron hacia toda la Asamblea Legislativa. Es cuestionable
que haya legisladores que pierden su honra de un solo mameyazo,
pero no es justo generalizar. Decir que todos los legisladores son
corruptos sería irrespetar la dignidad individual, para dar
paso a una infundada condena colectiva.
¿Cree usted que solo hay corrupción e impunidad en
la Asamblea Legislativa? Qué me dice de una empresa telefónica
(que no es Bell South) que en septiembre de 1999 me obligó
a pagar una cuenta, por supuestas llamadas hechas desde mi casa
a mi persona (celular 674-8749), cuando me encontraba de viaje en
Japón, y el teléfono estaba inactivo. Una empleada
hosca sentenció: eso es lo que dice la computadora
(palabra de Dios); tiene que pagar. Eso es corrupción.
¿Y qué de las empresas eléctricas que cobran
por la energía que no consume el usuario? Simplemente ¡corruptas!
También son corruptos los profesores que cobran y no asisten
a clases, que acosan sexualmente a los (as) estudiantes; el comerciante
que vende libras con menos de 16 onzas; los que venden pastas de
dientes llenas de aire, papel higiénico sin el tamaño
adecuado. Es corrupto aquél que otorga (no por gusto) concesiones
amañadas para destruir los ríos, las playas, los bosques.
¿Acaso no son corruptos los que han mercantilizado la educación
privada? También lo son aquellos periodistas que venden su
conciencia.
Una buena etiqueta de corruptos se merecen los banqueros que se
quedan con la plata de los ahorristas.
Igual de corruptos son los médicos que practican abortos,
que trafican con órganos humanos, que cobran por horarios
que no cumplen. También son corruptas algunas cajeras de
los supermercados que marcan (a los descuidados) mercaderías
que nunca llegan a la despensa.
La corrupción es tan vieja como el hombre primitivo. Sabrá
Dios cuántos plagios se dieron con los dibujos que aparecen
en las cavernas. Nada hay 100% puro, ni siquiera el agua envasada.
Bien lo dijo Jesucristo el que esté libre de pecado
que tire la primera piedra. Nadie en el mundo puede decir
que nunca ha cometido un pecadillo (negro, tinto, rosé o
blanco). Por naturaleza el ser humano es imperfecto, sin embargo,
esto no es excusa para que la justicia deje de luchar por el ideal
de la equidad y cumpla con su deber de castigar al delincuente.
Quizás en Panamá ningún corrupto que se roba
la plata del contribuyente vaya a la cárcel, pero no duden
que tarde o temprano la justicia divina les pasará la factura.
En la vida nadie se escapa para bien o para mal de la
ley de la compensación.
El autor es periodista
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