Panamá, 6 de marzo de 2002
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El país, un gran circo

Flor Ortega
fortega@cableonda.net

Nuestro apacible país se ha convertido en un gran circo: denunciantes y denunciados se hacen cargos y descargos de forma pública a través de los medios de comunicación, involucrando cada vez a más personas de los diferentes órganos del Estado en los sonados casos de corrupción en los que están vinculados –según las denuncias– algunos representantes de la clase política, lo que ha conmocionado a la nación panameña.

Mientras los posibles implicados, que no lo son menos por haber hecho sus denuncias de forma pública, aprovechan el foco de la opinión pública para sus fines políticos, la sociedad panameña mira con estupor el paso de los días sin que se produzcan resultados concretos. Los “honorables legisladores” retornaron a su curul y se revistieron de la inmunidad parlamentaria, al amparo de la cual toda investigación tendrá que pasar por la óptica del Organo Legislativo.

Si bien el panorama parece complicarse aún más, y no sólo los legisladores están presuntamente involucrados en el escándalo que sacude al país, la mirada de los panameños está puesta sobre el Organo Legislativo que en los últimos años, pese a las intenciones de su presidente, no logra recuperar la credibilidad. Ojalá, y con el ánimo de devolver la confianza al pueblo panameño, que sufraga altísimos salarios a estos servidores públicos, los políticos que hoy ocupan la Asamblea Legislativa, en un acto de humildad que se hace necesario, se despojen todos del privilegio de la inmunidad parlamentaria para someterse a las investigaciones necesarias. En aras de la transparencia que es vital para devolver a la democracia su verdadero sentido, los legisladores tienen en sus manos la oportunidad de oro que esperamos sepan aprovechar, porque “quien no la debe no la teme”, reza un viejo adagio.

No hay duda, sin embargo, que también nosotros, los electores nos equivocamos. Sin que la falta de una cultura política madura sea una excusa, lo cierto es que hemos llevado al Organo Legislativo, con algunas excepciones, a personas, algunas de ellas sin la capacidad para el papel que les tocaba desempeñar a nombre de todos los panameños; incluso a algunos que durante sus actuaciones en otros escenarios no han sabido ocultar el predominio de sus ambiciones personales por encima del interés de los demás. Y no faltan aquellos que rayando en la inmoralidad no han acudido a las sesiones de la Asamblea, enviando a sus suplentes para ser los grandes ausentes en momentos de decisiones trascendentales, pero eso sí, aprovechan al máximo las ventajas de sus extraordinarios privilegios.

El Organo Ejecutivo tampoco está exento del severo escrutinio de la sociedad. Lejos de las consabidas expresiones del funcionario ofendido o del que se siente dueño del puesto y que no tiene que dar explicaciones a nadie de sus actos, vale recordar que el Estado es la gran empresa del país, y que todos los contribuyentes somos sus accionistas. En consecuencia, es al pueblo panameño y no a otro, a quien se tiene que rendir cuentas. Cuando las cosas no están claras, como sucede con frecuencia, los accionistas –o sea el pueblo– se inquietan y requieren saber qué pasa, en defensa de sus legítimos intereses.

Ante esta maraña de hechos, hay un peligro que tenemos que alejar de nosotros: la demonización de la política; porque es el mejor sistema de los pueblos libres para acceder a sus derechos ciudadanos. La política es, a pesar de los políticos, el arte de la conciliación de los interés públicos, y como dijera un político italiano “el amor de los amores”. De allí que en aras de salvar el sistema, los panameños tendríamos que empezar a tomar más en serio nuestro papel de sociedad, y asumir con responsabilidad nuestro deber cívico para que la democracia concebida como la forma de gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía, sea real. Es tiempo de empezar a distinguir entre la paz de los sepulcros, consecuencia del conformismo, y la paz con justicia de los hombres libres, que por respeto a su propia dignidad de seres humanos contribuyen con sus acciones a la construcción de una sociedad madura, de sólidos principios y convicciones.

Mientras todo esto acontece, el 14% ó el 16% –según quien emita las estadísticas– de los panameños está desempleado, y Gobierno y oposición siguen en franco enfrentamiento. En un esfuerzo que ya empieza a dar signos de agotamiento, el Diálogo Nacional aún no arroja resultados que lleven a generar empleos y soluciones concretas a la debilitada economía nacional.

Tal parece que los pronósticos económicos para el año 2002 no contaban con estos imprevistos, lo que ha impedido que el despegue esperado se dé, manteniendo un statu quo que en nada ayuda al país en su conjunto, tanto en su visión interna como en su proyección internacional como destino de inversiones. El país necesita reactivarse, y el tiempo se acaba.

Estamos a casi un año de la conmemoración del centenario de la República, evento cumbre como país y como nación. Abrigamos la esperanza de que los 100 años de vida independiente no nos sorprenda debatiéndonos todavía en la consecución de intereses mezquinos, en total contradicción con la madurez y los grandes ideales que deben ser el norte de una nación que alcanza su primer siglo de vida independiente en el concierto de las naciones del mundo.

La autora es periodista y docente universitaria


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Moiras, Parcas o Isis: Geraldine Emiliani S.
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