Panamá, 6 de marzo de 2002
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
La Ciudad
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Defensor del lector
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Moiras, Parcas o Isis

No se puede permitir que los errores de otros acaben el presente y nublen nuestro futuro, y que comprometan y destruyan nuestra dignidad

Geraldine Emiliani S.
gemiliani23@hotmail.com

Si conduzco a gran velocidad y con desorden, hay más probabilidad de sufrir un accidente, que si lo hago con prudencia.

Si fuese dirigente a nivel empresarial, industrial, sindical o gubernamental, o perteneciera a la clase política, ¿habría más posibilidad de convertirme en corrupta, mentirosa, deshonesta, que si no lo fuera?

En las remotas civilizaciones, el concepto de destino o fatalidad era concebido como una fuerza casual que determinaba el futuro de un modo inexplicable y a menudo se consideraba como una divinidad. La búsqueda de respuesta al sufrimiento humano los condujo a esta creencia. Por ejemplo, los babilonios tenían su propio dios o diosa y se creía que éstos creaban el mal, la mentira y la violencia. En la antigua Grecia se tenía la idea de que el destino permitía someter a las masas y era un concepto de sumo interés para la clase dirigente de un pueblo. El mito era una justificación moral, teológica y semántica, inmanente al orden sociopolítico establecido. El más poderoso y sutil instrumento de autoperpetuación jamás concebido. En realidad, esta noción del destino lo que hacía era justificar el egoísmo despiadado, la violencia, la corrupción y el poder.

En la mitología griega, el destino del hombre se representaba mediante tres diosas llamadas Moiras. Los romanos tenían una tríada similar conocida con el nombre de Parcas. Para los egipcios, la diosa Isis era la reina del destino y la fatalidad. Y, utilizaban oráculos o médiums para comunicarse con ellos.

Hay quienes consideran que la creencia en el destino los impulsa a tomar medidas radicales, como por ejemplo, los pilotos japoneses suicidas que creían en el kamikaze, y los terroristas del Medio Oriente con sus “ataques suicidas”. Ambos inspirados por un sentimiento religioso.

Estas creencias produjeron sus efectos. El filósofo Bertrand Russell señala: “El miedo reemplazó a la esperanza, el fin de la vida fue más bien escapar de las desgracias que lograr el bien positivo”.

Hay quienes consideran que el destino no carece de sentido ni es fortuito, sino que está determinado por una fuerza de voluntad o por una buena o mala intención. Esta fuerza conforma la conducta de cada individuo y nación a la que pertenece, haciendo el futuro tan ineludible como el pasado.

Estos hechos históricos y sus creencias tienen una gran similitud con el acontecer actual –sin soluciones concretas– que nos roba la tranquilidad. Y, me pregunto: ¿A qué dios o diosa invocan los malos políticos, dirigentes y gobernantes de mi país, y bajo qué clase de sentimientos?

El Dios que yo conozco está harto en decir: “Yo pongo delante de ti la vida y la muerte, lo bueno y lo malo. Actúa con equidad y sé justo contigo mismo y tu prójimo”. En otras palabras, el presente y el futuro de cada uno depende de nuestras acciones y decisiones.

Lo que sí me parece fuera de lo real es que los delincuentes (llámense corruptos, maleantes, ladrones, mentirosos, deshonestos o locos) que comenten estas aberraciones sean tan ignorantes en creer que en ningún momento el peso de la justicia caerá sobre ellos. Porque hay que ser bien ignorante, mentiroso, deshonesto, ladrón y loco para cometer algún delito que lesione a la patria, en un país de apenas 2.8 millones de habitantes, y en donde nadie pasa desapercibido.

Siento que las injusticias sociales siguen el ritmo de la vida diaria y que nada sucede; que el ansia de lucro ciega a los poderosos; que la miseria humana endurece y sigue su curso como que si nada pasara; que los dirigentes actuales se mofan a diestro y siniestro de sus propios votantes, sin dejar a un lado la razón principal de la ruina humana en una sociedad de consumo que les aniquila su dimensión espiritual, si alguna vez la han tenido.

Hay una mala organización en todo esto; a ellos (entiéndase legisladores) se les da demasiado: un salario exorbitante, prebendas, inmunidad para el soborno y el chantaje, y otras consideraciones para su beneficio personal.

Todo esto a costa de negar lo esencial a los que no tienen. Esto se llama injusticia, y los insensibiliza. Los corrompe.

No se puede permitir que los errores de otros acaben el presente y nublen nuestro futuro, y que comprometan y destruyan nuestra dignidad.

Me parece que falta de temor por despojarse de su inmunidad no es. Entonces, ¿a quién o a qué le temen? ¿Es una buena o mala intención? ¿O, será alguna estrategia del Ministerio Público para no hacer las investigaciones como es debido? Habrá que preguntarle a Moiras, Parcas o a Isis.

La autora es psicóloga clínica



Además en opinión

De la corrupción a la impunidad: Juan David Morgan G.
Moiras, Parcas o Isis: Geraldine Emiliani S.
La institucionalidad atascada por una Constitución vieja: Ramiro Guerra
El país, un gran circo: Flor Ortega
La revocatoria de mandato no tiene fundamento: Daniel Arias







¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ Trasfondo¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com