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Sobredosis de información
A nadie asombra que uno se puede enterar
de inmediato de lejanos acontecimientos. Hace 50 años eso
era impensable. Hoy llega tanta información al ciudadano
común que resulta difícil una asimilación adecuada.
HERASTO REYES
hreyes@prensa.com
Antes, cuando uno crecía en el campo, sin televisión,
sin radio y sin que los periódicos llegaran a esas lejanas
poblaciones, las novedades del país y del mundo eran ajenas
a la población porque al no enterarse de la guerra en Europa,
sino por reflejos indirectos, el conflicto no preocupaba.
Quizás alguna noticia como la de la muerte del papa Juan
XXIII, cercana por sentimientos religiosos a los pobladores, se
asumía y se acumulaba en la conciencia de los receptores.
No preocupaba, porque no se conocía, lo que pasara en Somalia,
Tailandia o Corea; poco preocupaba lo que pasara en Argentina o
en Colombia, solo aquellos casos como el ascenso de Perón
o el asesinato de Gaitán despertaban algo de la atención
pública.
Si eso era bueno o malo no es el tema, al fin y al cabo corresponde
a un juicio de valor; lo que sí es cierto es que la vida
era más tranquila. Las preocupaciones no sobrepasaban las
fronteras de esas pequeñas comunidades cercadas por los cerros
de los valles y por los aguaceros tupidos que esparcían vida
y riquezas de manera natural.
El arrollador avance tecnológico, que el siglo XX dejó
como aporte a la cultura humana, ha permitido cierta democratización
en la difusión y recepción de la información.
Enorme ventaja: hoy llega al instante (en vivo) la información
de cualquier hecho que ocurra aquí o en la conchinchina.
Pero también tiene una desventaja tal como se comenta en
una de las cartas que se publican hoy: estamos ahogándonos
en información que no necesitamos. Se sobredosifica
la cantidad de transmisiones por radio, televisión, internet
y de publicaciones periodísticas. Y en ese mar de informaciones
no necesariamente el ciudadano común logra llegar a los puntos
que verdaderamente le afecten y le puedan interesar.
Cartas y comentarios
Crítica a esos programas groseros
de la televisión
28 de febrero de 2002.
En la edición de La Prensa de hoy (28 de febrero) el abogado
Rubén M. Castillo hace referencia al programa televisado
'La Corte del Pueblo'. Con mucha inteligencia y cortesía
concluye que ese programa corresponde al desaforado interés
de vender una distorsionada imagen de la sociedad que debe ser.
Yo soy de la tercera edad, jubilado, pero prefiero denominar a
ese programa a la usanza de cómo algunos comunicadores sociales
actuales le enseñan a la juventud a hablar: ¡es una
porquería!
La televisión, por lo audiovisual, ha comprobado ser el
medio más efectivo para registrar actitudes y normas de conducta
en el disco duro del usuario. La radio y la prensa contribuyen
en menor escala a la culturización del pueblo.
Si vamos para atrás en decencia y cultura opino que los medios
de comunicación social tienen una gran parte de la culpa.
Porque hasta los papás, a quienes los sicólogos y
sociólogos siempre le echan la culpa, son también
víctimas inevitables de tantos programas de chusmas.
En cuanto al derecho que tiene el pueblo a la información
leí en algún lado este interesante comentario: Estamos
ahogándonos en información que no necesitamos mientras
estamos carentes de educación. Veo las cosas así:
los medios de comunicación social (local e internacional)
nos imprimen la información en nuestros cerebros y entonces
mandan a levantar censos de opinión donde la
única respuesta que tiene el pueblo es la misma información
que nos inculcaron.
Los notables en su informe anti-corrupción listaron
temas de consideración y el caricaturista de La Prensa (muy
buen dibujante por cierto) los calificó de despistados. Entonces,
¿quiénes son los mejores jueces, los periodistas?
José C. Balmaceda
Se queja por la publicación de
una foto donde aparece
26 de febrero del 2002
Por medio de la presente, yo, Juan Antonio Campo, me dirijo a usted
para elevar una protesta en cuanto a la noticia que salió
en la edición de su diario La Prensa el 23 de febrero del
2002 en la página 8A, nacionales, en la cual el titular es
Decomisan más de mil 200 libras de pescado en mal estado,
escrita por el señor Ismael Hernández,[corresponsal
en Santiago de Veraguas].
Mi protesta se basa en que Hernández sin autorización
ni explicación tomó una foto, en la cual aparezco
en mis labores cotidianas, la cual aparece en la publicación
con un pie de foto que dice los consumidores se quejan de
que el precio del pescado está muy alto en el Mercado Público
de Santiago.
En la citada información se hace ver que altero el precio
del producto y que el producto que vendo fue decomisado. La realidad
es que la foto fue tomada en el Mercado Público de Santiago
que diariamente es verificado por el ministerio de Salud y la oficina
de Control de Precios.
A lo anterior, califico como una calumnia e injuria hacia mi persona,
ya que soy un humilde trabajador, que tengo compromisos familiares
y personales, y esta publicación me causará un daño
irreparable, esto lo hago ya que a lo largo de los años que
tengo como vendedor de mariscos, nunca he vendido productos en mal
estado, ni mucho menos le subo la tarifa a los consumidores.
Por medio de la presente hago responsable al señor Ismael
Hernández y a su diario por los daños morales y económicos
que me puedan causar esta mala intención hacia mi persona.
Espero que se tomen las medidas correspondientes, para que esto
no se vuelva a dar a otras personas, y que esta queja aparezca con
la misma ponderación que la noticia citada.
Juan Antonio Campo
El nombre de Juan Antonio Campo no aparece en ningún renglón
de la noticia ni del pie de foto. En la noticia no se endilga a
nadie la responsabilidad del alza del precio del pescado, la apreciación
se hace en términos generales y está basada en los
carteles de precios expuestos, por lo tanto ahí no hay calumnia.
En cuanto a la foto, fue tomada en el Mercado Público de
Santiago y no implica en ningún caso ningún insulto.
La foto ilustra, y con ello honra, la labor de un hombre trabajador.
Ulises Calvo fue declarado inocente
27 de febrero del 2002
Así como La Prensa publicó en varias ocasiones que
este servidor era denunciado por supuestos delitos contra la administración
pública, ahora que el tribunal competente ha dictado un sobreseimiento
objetivo e impersonal, es decir que ni siquiera fui vinculado a
la comisión de un delito o llamado a juicio, es un deber
de hombres, publicar ahora que soy inocente.
Es comprensible que el denunciante, Julio César Morales
Vega, no sea noticia y que a nadie hoy le importe que se trate de
una persona que enfrenta dos llamamientos a juicio, impedimiento
de salida del país y medida cautelar de presentarse periódicamente
a un tribunal, pero es de justicia que los medios de comunicación
que se hicieron eco de sus aspavientos, reconozcan el desenlace
que ha tenido su torpe actuación.
Ulises Calvo (Abogado, ex-juez cuarto de Circuito,
ramo civil).
El documento correspondiente, emitido por el Juzgado Quinto del
Circuito de lo Penal del Primer Circuito Judicial de Panamá,
emitido el 14 de febrero del 2002, dice: Frente a todo lo
plasmado, compartimos los criterios vertidos por el agente instructor,
en el sentido que los medios de justificación acumulados
en el proceso, no son lo suficiente para acreditar la existencia
del hecho punible, lo cual no hará tránsito a cosa
juzgada, por lo que se procede a sobreseer provisionalmente de manera
objetiva e impersonal en las presentes sumarias.
Sugerencias para el suplemento Mosaico
24 de febrero del 2002
Excelente tanto el formato como el contenido del suplemento dominical
Mosaico. Estoy seguro de que con el paso de las semanas se irá
enriqueciendo.
En el número de hoy (domingo 24 de febrero), se anuncia
el inicio de la columna Poesía, a cargo de la profesora Faustina
de Molino. ¿Podría pedirle que publique dos poemas
de Ricardo Miró, que no he logrado encontrar por más
que lo he intentado? Se trata de En la alta noche y
Poema doloroso.
Aprovecho para sugerirles la creación de un espacio en defensa
del idioma. Contribuiría a que se recuperara un poco del
trato tan poco digno que actualmente le dan no solo nuestra juventud,
sino hasta ciertos maestros y profesores. Uso del gerundio y el
dequeísmo para mencionar solo dos de ellos.
Blas Humberto D'Anello V.
De acuerdo con opinión de Alberto
Conte
28 de febrero del 2002
Debido a las múltiples presiones y al ritmo trepidante de
los acontecimientos del día a día, son contadas las
veces en que puedo darme el lujo de leer un artículo o un
libro. Normalmente leo La Prensa temprano en la oficina, antes de
las ocho, y una vez que he terminado, el periódico prácticamente
pasa a ser historia, pues no será hasta el día siguiente
que volveré a leer la nueva edición.
Pero algunas veces encuentro artículos que prácticamente
deberían ser de lectura obligatoria, tal es el caso del artículo
de Alberto Conte titulado Panamá, entre Sodoma y Gomorra,
el cual he leído varias veces, pues me parece una radiografía
exacta, casi dolorosa por su contenido, de lo que está sucediendo
en Panamá en estos momentos. Imagino el esfuerzo que ha hecho
el autor al meditar cada palabra, cada frase, cada párrafo,
para poder acomodar en tan poco espacio lo que es su visión
de la podredumbre generalizada que nos aqueja.
Es una lástima que artículos de este calibre no sean
comprendidos jamás por los corruptos, actuales y potenciales,
pues la inmoralidad tiene una capacidad casi infinita para no reconocerse
a sí misma, para no avergonzarse ni arrepentirse, para justificarse.
Sugiero a los responsables del diario La Prensa imprimir miles
de copias del mencionado artículo de Alberto Conte, meterlos
en sobres de papel manila amarillos y hacerlos circular por la Asamblea,
algunos ministerios y otras entidades, pues tengo la impresión
que será la única manera de que este artículo
de lectura obligatoria sea leído por quien realmente debe
leerlo.
Jaime Barceló
En el artículo de Alberto Conte, publicado en las páginas
de Opinión, el 25 de febrero del 2002, se dice: En
un inusitado interés de todos los medios de comunicación,
los escándalos denunciados han durado más que los
usuales dos o tres días que cubrían las primeras páginas
antes de dejarlos caer en el olvido. Ni siquiera la más seria
y esperada de las fiestas logró desbancar al sentimiento
de asqueante sorpresa que envenena a toda la ciudadanía decente.
Es más, el mismo Carnaval sucumbió al llamado al desenfreno,
cuando las propias reinas invitaban a divertirse, condón
en mano (?), en lo que se pensaba sería una interminable
orgía autorizada. Pero al final de su goma física
y moral, los parranderos volvieron para tropezar con las denuncias
de sobornos, compras de votos, contratos amañados, concesiones
inconstitucionales, privilegios inmerecidos, delitos en aumento,
robos, asesinatos, inmoralidad, deshonestidad, en fin, la gran corrupción
que corroe a nuestro país y nos augura un inminente estado
de anarquía y caos que presagia el peor momento que haya
vivido la República.
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