Sueño y realidad
Guillermo Sánchez Borbón
En el mes de marzo o de abril de 1990, un amigo me dijo que le iba muy bien. Y sin embargo, agregó, “no me siento feliz”. -Es que te falta Noriega- le expliqué.
Cuando, después de muchos millones de muertos y de una destrucción difícil de imaginarse hoy, fue barrido de la faz de la tierra el nazismo, con el correr del tiempo muchos europeos llegaron a añorar a Hitler con la misma intensidad que mi amigo a Noriega. Hitler era tan evidentemente malo, que todos los hombres, a quienes quedara un vestigio siquiera de decencia y de honradez, se aliaron para luchar contra él. En un poema que se publicó a raíz de la liberación de París, Louis Aragón escribió: “aquel que creía en el cielo, aquel que no creía en él” se unieron para combatir juntos contra el enemigo común. Las fronteras que separaban a los partidos se borraron y los hombres reencontraron en su interior reservas de heroísmo, de abnegación, de solidaridad y desinterés, cuya existencia ni siquiera sospechaban. Todos sepultaron al viejo Adán (pesado lastre que arrastramos desde la cuna), e hicieron a un lado sus ambiciones y su vanidad. Los enemigos se reconciliaban y todos sacrificaron aspiraciones legítimas en aras de la unidad, palabra que era la más escrita y pronunciada en aquellos tiempos. Unidad entre las naciones que luchaban contra el Eje y unidad en el interior de cada nación. Francia, ocupada (con la complicidad de muchos militares y políticos franceses reaccionarios o ineptos) por los alemanes, trató de conservar, durante cuatro años de lucha clandestina, su identidad nacional. Y, pese a todo, la conservó, aferrándose a sus tradiciones y a su rica cultura. Es lo que Sartre llamó “La República del Silencio”, cuyas “austeras virtudes” encareció a sus compatriotas cuando ya huían los alemanes, perseguidos por los aliados y por los maquis.
Mussolini fue ejecutado por los guerrilleros, y su cuerpo, y el de su amante Clara Petacci, colgados de ganchos de carnicería en un parque, fueron expuestos al escarnio de los milaneses. Cuando ya los rusos llamaban a la puerta de su búnker, Hitler se suicidó y su cadáver fue incinerado. De las cenizas y de los escombros de Europa todos esperaban que surgiera una sociedad mejor; que las rebatiñas y los vergonzosos espectáculos que daban antes los políticos hubieran pasado definitivamente a la historia. En los primeros meses de paz se mantuvieron, casi intactas, las austeras virtudes de las repúblicas del silencio. De Gaulle nunca hizo un secreto de su odio a los comunistas, pero cuando regresó Maurice Thorez, jefe del partido comunista francés, quien había pasado los años de la guerra en Moscú, fue a recibirlo al aeropuerto de París, en un gesto de gran valor simbólico.
Desgraciadamente, para lo único que sirve la historia es para contarla. Nadie aprende nada de ella. Los políticos volvieron a ser los tipos mañosos que en el fondo nunca dejaron de ser, y se entregaron de nuevo, en cuerpo y alma, a las mismas intrigas e inmoralidades que habían provocado la tragedia (De Gaulle, asqueado, renunció a la jefatura del gobierno). Mientras esto ocurría en Europa Occidental, en el centro y el este del continente el Ejército rojo imponía regímenes copiados del sistema oscurantista instaurado por los bolcheviques en Rusia, y los bautizaron con el irónico nombre de “democracias populares”. A todo esto se reactivaron de nuevo las divisiones sociales, y salieron de sus tumbas los regionalismos que todos creíamos bien muertos y enterrados. Y los políticos de Europa Occidental (con notables excepciones) se entregaron a una verdadera orgía de jugarretas y zancadillas. Había una crisis de gabinete cada dos o tres meses. No tiene nada de raro, entonces, que los europeos sintieran nostalgia de Hitler, quien, sin sospecharlo, dio nacimiento a la República del Silencio (el mismo Sartre cuenta que, cuando los agentes de la Gestapo fueron a detenerlo, Tristán Bernard les dijo: “Hasta hoy he vivido en el temor. De ahora en adelante viviré en la esperanza”.
Todos nos sentimos hermanados en la lucha contra la dictadura militar. Daba la impresión de que habíamos renunciado para siempre a todo lo que antes nos dividía; pero apenas caído el tirano, todos volvieron a enfundarse en sus miserables egos, vanidades y ambiciones, y se mostraron tan poco tolerantes a la crítica bien intencionada como los gorilas que acababan de hacer éxit. ¿Cómo no añorar a Noriega, que nos unió a todos, y proyectó hacia fuera nuestras mejores cualidades?
Ahora que los políticos se revuelcan en un estercolero, ¿cómo no recordar con nostalgia a los hombres que en los años más oscuros de la dictadura soñaban con crear una patria limpia y digna, donde hallaran refugio y calor todos sus hijos, especialmente los más aporreados por la vida. Una patria dirigida por hombres en quienes la honradez fuera la regla, no la excepción?
De aquel sueño pasamos a esta pesadilla.
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