Panamá, 1 de marzo de 2002
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Revocatoria de mandato e inmunidad legislativa

La revocatoria, en manos de electores, da fuerza al reclamo ciudadano y, por ende, al concepto de democracia como gobierno del pueblo

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Igual que usted y yo, sobre el gobernante electo recaen responsabilidades de ciudadano común definidas por ley. Pero además recaen otras, inherentes a su investidura particular de representante nuestro y por las que debería dar cuentas a electores. Para los legisladores, rendir cuentas resulta absolutamente discrecional. Por un lado, sus electores no gozan de la facultad de revocarle mandato. Por otro, el Estado queda imposibilitado de perseguirlo por la figura constitucional de una inmunidad parlamentaria que sólo levanta la propia Asamblea.

La democracia liberal parte de la idea que “El poder público sólo emana del pueblo “ (Constitución Nacional). Los electos quedan investidos de nuestra representación. De allí se desprende un supuesto elemental del modelo: el gobernante tiene la responsabilidad de rendir cuentas a sus electores, a quienes representa.

Revocar es anular el mandato político. La elección confiere al funcionario un mandato sustentado en un contrato tácito y de confianza entre electores y mandatario. Según el jurista Roberto Troncoso B., la revocatoria, cuando la ejerce el electorado (que no es el caso nuestro), permite que el mandato retorne a consulta popular, en caso de sospecha que el funcionario electo perdió la confianza. Troncoso cita la analogía de aquella letrita escrita en la etiqueta de productos: satisfacción garantizada, o su dinero devuelto.

La Democracia Cristiana incluye en aquella reforma constitucional del 83, que promueve el general Paredes, la revocatoria de mandato partidista para legisladores. El país entraba al llamado segundo veranillo político. Luego de 15 años de proscripción, se entiende que los partidos regresaran debilitados al quehacer nacional.

Para el abogado Mario Galindo, “bajo la premisa de fortalecer los partidos, y de rescatar la disciplina”, la dictadura mejora su cara al entregar a éstos la potestad de revocar mandato a sus legisladores. Mas los únicos partidos que cumplen con los requisitos exigidos, y que hoy detentan revocatoria, son sólo el PRD y el Partido Popular. Hoy más que nunca se cuestiona la institución política de la revocatoria.

La revocatoria, en manos de electores, da fuerza al reclamo ciudadano y, por ende, al concepto de democracia como gobierno del pueblo. Las constituciones de Colombia, Chile, Cuba, Ecuador, Venezuela, incluyen la revocatoria. Pero todas instituyen a los electores como depositarios de tal derecho, con miras a reforzar el control popular sobre el gobierno y educar al electorado. La dictadura, en el 83, entrega revocatoria a partidos que la aceptan gustosos, mientras la regatea a electores.

Los políticos intuyen lo antidemocrático de la institución “revocatoria”. En el referéndum del 98, para empujar la reelección, se propone el dulcecito de eliminarla, entre las reformas a la Constitución. De ser aprobada, tal reforma impedía a la cúpula partidaria despojar de su curul a un legislador, mientras fortalecía su posibilidad de atender el reclamo del electorado. Sabemos, fue desestimada.

La revocatoria se estrena con historia vergonzosa. El bocatoreño Mario Miller, del PRD, termina despojado de su curul, acusado penalmente y encarcelado. A la postre, será declarado inocente. Hoy la cúpula del PRD otra vez somete al proceso de revocatoria a dos de sus legisladores y un suplente, por ir contra la línea en la elección de dos magistrados de la Corte. Los legisladores procesados, dispuestos a dar batalla, blanden la norma que los releva de responsabilidad legal por los votos que emitan.

Para no pocos, la revocatoria de mandato es un privilegio de partidos que, en plena democracia, no tiene asidero moral. También pierde razón de ser la inmunidad parlamentaria, extendida al aspecto de impedir perseguir al legislador sospechoso de delinquir, salvo en caso de delito flagrante. Pero no lo pierde en el de exonerarlo por opiniones y actos de naturaleza política. Ambas instituciones mantienen sentido durante la dictadura. Pero hoy, con unos partidos que dispusieron de casi 20 años para fortalecerse, no se justifica mantener revocatoria en los partidos y no en electores, o una inmunidad que cruza lo político y se extiende al ámbito civil.

El autor es investigador de mercado

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