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¿Quién paga la
corrupción?
La corrupción, en términos
generales, la paga el contribuyente y/o el usuario de las concesiones
otorgadas de manera amañada
Franklin
Castrellón
fcastrellon@prensa.com
Al referirse a un país equis, el informe de 1999 de Transparencia
Internacional dice en parte:
El país Equis estableció las bases de su democracia
en 1991, cuando su dilatado régimen militar fue derrocado
mediante protestas masivas, pero aún queda por restablecerse
la gobernabilidad, la transparencia y la rendición de cuentas.
La corrupción en las agencias públicas sigue siendo
amplia, imponiendo una carga considerable sobre su economía.
Proporciones guardadas, salvo la fecha, cualquiera podría
adivinar, sin mayor esfuerzo, que ese país es Panamá.
No lo es; se trata de la República Popular de Bangladesh,
una nación asiática víctima, entre muchos males,
de la corrupción que hoy mantiene alarmada a la conciencia
nacional. Además de los daños fáciles de imaginar
causados por el lastre de la corrupción, debido a ese mal,
Bangladesh registró ese año una baja del 50% en la
inversión extranjera directa (IED). Y aún más
alarmante, la Cámara Americana de Comercio de Bangladesh
calcula que la corrupción le cuesta a ese país unos
mil 100 millones de dólares anuales.
Y es que los costos de la corrupción, distinto a lo que
pueda pensar el hombre (o mujer) de a pie, no está
referido solo a la reputación de la persona o del país.
Alguien tiene que pagar el costo de las coimas, los presupuestos
inflados de obras públicas, licitaciones adjudicadas bajo
la mesa, y hasta los pagos discretos que se hacen a un policía
de tránsito por perdonar una boleta o a un funcionario
de ventanilla por acelerar un trámite.
La corrupción, en términos generales, la paga el
contribuyente y/o el usuario de las concesiones otorgadas de forma
amañada. Además, la mala reputación que adquiere
un país en donde la corrupción campea, como es el
caso de Bangladesh y de este, nuestro querido Panamá, suele
ser un detente a la sana inversión extranjera.
Recuerdo como hoy, la ocasión en que hice una entrevista
al respecto a un ex ejecutivo de la Cámara Americana de Comercio,
Richard Wainio, para decirlo por su nombre. Al preguntarle sobre
el impacto que tenía la corrupción en el inversionista
potencial, me respondió que un país con una fama de
tal suele atraer más a inversionistas especulativos
que a aquellos que desean establecerse a largo plazo y manejar su
empresa de manera ordenada.
Para quienes el término inversionista especulativo
no signifique mucho, se trata de aventureros que quieren llegar
a un país con mala fama, establecer una empresa con altos
rendimientos para levar anclas una vez logrado su propósito.
De ello deducimos que es improbable, aunque no del todo, que un
inversionista sano desee establecer una empresa en un país
con elevados niveles de corrupción.
En Panamá, igual que en Bangladesh, las raíces de
la corrupción son muy profundas. Desde luego que siempre
ha habido corrupción, pero esta alcanzó a nuestro
modesto juicio sus más altos niveles durante los últimos
años de la dictadura militar.
Recuerdo muy bien, casi como si hubiese sido testigo, la cantidad
de dirigentes populares que fueron tentados por el régimen
a cambio de dádivas y sinecuras. Esa fue, a mi criterio,
una de las peores herencias que nos dejó ese período
político.
Por ello celebro la decisión adoptada (algo tardía
para mi gusto) por la presidenta de la República, Mireya
Moscoso, de designar una Comisión de Notables que ya comenzó
a rendir frutos con el informe con recomendaciones que presentó
el pasado miércoles, 27 de febrero. Habrá quienes
intenten restarle méritos al esfuerzo realizado. Pero el
mismo es comprehensivo y debe merecer toda la atención del
Ejecutivo y de los demás estamentos competentes.
La tarea pendiente es difícil, pues los corruptos tienen
sobrados recursos para mantener el statu quo y para restar vigor
o viabilidad a los esfuerzos que se realicen. Los sectores decentes
de este país, comprendidos por la inmensa mayoría
de sus ciudadanos e instituciones, deben mantener y fortalecer la
cruzada anticorrupción para lograr los objetivos. Entre estos
debe figurar el fortalecimiento de la conciencia nacional para que
nuestros ciudadanos escojan en el futuro a políticos honrados
y con auténtica vocación de servicio.
El autor es periodista
Verdades inquietantes
El informe de desarrollo humano del PNUD demuestra
que el dinero que el país invierte en servicios sociales
para los más pobres no se está utilizando en forma
eficiente
Mónica
Guardia
mguardia@prensa.com
El primer informe de desarrollo humano, presentado por el Programa
de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la semana pasada,
pone en evidencia una serie de verdades inquietantes sobre las condiciones
de vida de un gran número de panameños.
Un millón de panameños son pobres. Las más
afectadas son las poblaciones indígenas, que constituyen
el 10% de la población del país y viven en condiciones
de pobreza catalogada como abismal, masiva y profunda.
En algunos grupos, la esperanza de vida no supera los 40 años.
Poblaciones enteras carecen de agua potable, en algunos casos porque
hace falta una inversión de 200 dólares, que el conjunto
de la población no tiene.
Esta realidad contrasta con la otra cara de la moneda, que también
pone de manifiesto el informe: el Panamá de la prosperidad,
del centro bancario, de los edificios inteligentes.
Panamá es una minipotencia, decía en
días pasados uno de los ejecutivos que participaba en una
reunión de un think tank local.
Y es que comparados con el conjunto de naciones latinoamericanas,
los índices de desarrollo del país no están
mal. Panamá es el sexto país de Latinoamérica
en ingreso per cápita y el número 49 a nivel mundial,
según el Foro Económico Mundial.
En el índice de desarrollo humano figura entre los medios
altos del mundo, el número 52 en el ranking mundial.
Esto lo pone de manifiesto el informe cuando detalla que los niveles
de gasto que destina el Gobierno para el mejoramiento de la educación
y de los sistemas de salud no corresponden a los logros obtenidos.
El informe de desarrollo humano del PNUD demuestra que el dinero
que el país invierte en servicios sociales para los más
pobres no se está utilizando en forma eficiente.
La información ha aumentado la percepción que desde
hace mucho tiempo se tiene en el país: hay que empezar a
realizar cambios para que el Panamá pobre pueda mejorar sus
condiciones de vida, en un acto de solidaridad promovido por el
Panamá próspero.
Las recomendaciones de la Comisión contra la Corrupción
son un buen comienzo, que pone de relieve todo lo que anda mal en
Panamá.
Es una tarea de todos. Si no reaccionamos ahora, mañana
será demasiado tarde. Los ciudadanos tenemos que unirnos
para exigir un alto a la corrupción; un gobierno más
organizado y efectivo para que el país empiece a cambiar.
Hay mucho por hacer, pero los cambios dependen de cada uno de nosotros.
Actuemos.
La autora es periodista
El destino de la Caja
Es la hora de las propuestas, del diálogo
sin ventajas, de discutir sin miedo para evitar que el colapso llegue
a la institución
Lorenzo Abrego
labrego@prensa.com
La Caja no puede perder su estructura solidaria. Es su esencia,
es el nervio que le da vida a esta institución de esperanza
social. Eso nunca debe ponerse en juego y, por ello, los que no
proponen nada para salvar a la institución a largo plazo
están en contra de la solidaridad del Seguro Social.
Es la hora de las propuestas, del diálogo sin ventajas,
de discutir sin miedo para evitar que el colapso llegue a la institución.
Obviamente esto requiere de madurez y desprendimiento político
de todos los sectores, que hasta ahora solo se han preocupado por
evitar que les recorten sus conquistas y su poder.
La medida más avasalladora de la vida es el tiempo; nadie
lo puede ver, tocar, pero a todos nos doblega. Y es precisamente
este hecho el que mantiene a la Caja en el ojo de la tormenta. Más
demorará en cantar un gallo, que el Programa de Invalidez,
Vejez y Muerte entre en una situación de crisis, de acuerdo
con las estimaciones de la Organización Internacional del
Trabajo (OIT).
Aunque las advertencias de la OIT no son nuevas, esta vez estima
que el período de déficit será más rápido
de lo previsto. La plata no puede estirarse, es limitada y cada
año es más difícil cubrir las pensiones con
el modelo actual.
¿Quiénes serán los responsables de que esto
ocurra? Sencillamente los panameños, porque el Seguro Social
no es un tema exclusivo de los economistas, actuarios, dirigentes,
obreros, políticos, asegurados, sino de toda la sociedad,
incluyendo a los viejos de mañana. Aquí, la exclusión
no tiene cabida.
Desde que se inició el diálogo por el Seguro Social,
los sectores obreros y la dirección de la Caja, en una especie
de coincidencia, han comenzado a sacar su discurso populista: hay
que defender la Caja porque quieren privatizarla.
Esto es recurrente y hasta algunos van un poco más allá;
si alguien propone alguna idea sobre la forma de administrar las
pensiones o de optimizar los fondos de la entidad, sostienen que
hay una campaña contra el profesor Juan Jované porque
este ha comenzado a exigir que los empresarios cumplan con el pago
de la cuota al Seguro Social. Nada más alejado de la realidad,
porque la ciudadanía respalda esa iniciativa, pero a la vez
reclama medidas para evitar el deterioro de la institución.
Y claro, no deben ser soluciones que obtienen el aplauso fácil
de los panameños, sino el resultado de un estudio serio que
implique responsabilidad del Estado y de toda la sociedad en su
conjunto, incluyendo a los obreros, empresarios y otros.
Querer achacarle toda la responsabilidad a las autoridades (como
ente absoluto) para que resuelvan el problema del Seguro aportando
dinero para tapar los baches económicos por temor a
revisar el tema de las edades de jubilación, cotización
y cobertura de beneficio a largo plazo, es una ceguera crónica.
Es tratar de proponer plataformas sociales que chocan con la realidad
al momento de la práctica porque son irrealizables. Sirven
para la teoría, pero no para marcar un modelo que permita
que los pensionados de hoy y de mañana no se vean en la necesidad
de tener que armarse de una cacerola para exigir sus pagos.
Hay que definir las estrategias para salvar la solidaridad del
sistema y no dejar que la miopía del momento impida continuar
siendo solidarios con la generación del futuro. De qué
vale ser solidarios ahora y mezquinos mañana. Tiene que haber
una salida sustentable de acuerdo con los tiempos y eso, obviamente,
supone sacrificios de parte de todos.
El autor es periodista
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