¿Corrupto yo?
¿Es que la “viveza” que se ha venido arraigando en nuestra cultura vale más que las enseñanzas de nuestros viejos maestros?
Juan B. McKay
JBMCKAY@aol.com
Hace una semana había empezado a escribir un artículo al que le imprimía un enfoque distinto a todo el tema de la corrupción que ha estado palpitando en nuestro país en las últimas semanas y llegó a mis manos un escrito de Carlos Sicilia, un venezolano que pareciera que se hubiera sentado junto a mí cuando lo estaba escribiendo y decidí inclusive compartir algunas de sus frases.
Hay muchas personas que han denunciado la “corrupción rampante” en nuestra sociedad, como algo que acababan de descubrir (me refiero a la existencia de dicha corrupción). Durante la campaña política de 1994, Rubén Blades comentaba en una reunión de APEDE que en este país la mayoría de la población panameña estaba compuesta por personas decentes, honestas y trabajadoras, y si me preguntan a mí, creo que tenía razón. Veamos…
Imagínense a dos encopetadas señoras recorriendo un supermercado (tiene que ser de caché para que las vean) comentando sobre lo corruptos que son los gobernantes de turno, los legisladores, jueces, su vecino, el perro y todos los demás. Cuando llega la hora de pagar se detienen en la caja que dice “10 artículos”, aunque en su carretilla llevan 42.
Hay dos “ejecutivos” que se están poniendo de acuerdo para ver el partido del fin de semana por la televisión y deciden ir a la casa del primero, pues éste tiene la tarjeta pirateada del DirecTV o de la antena parabólica ilegal y la transmisión es mejor. En el paseo de fin de semana pasado a la playa del barrio tal o cual, cuando venían de regreso encontraron una fila larguísima de carros antes de llegar al Puente de las Américas, pero todos los ocupantes empiezan a corear al chófer para que éste se pase por el hombro de la carretera, pues ya se hizo tarde y si alguien de otro carro protesta, le gritan todo tipo de obscenidades.
Dos amigos de 17 años quieren ir al Caseway a divertirse; paran en la bodega y piden una botella de seco (no tienen plata para mucho más), el dependiente les solicita una identificación, ellos le muestran la cédula del tío que se acaban de pifear y el dependiente, a pesar de estar consciente de ello, les vende la botella. Cuando de regreso paran en la nueva discoteca ya entonados, el “man de la puerta” los conoce y ni siquiera les pide la cédula. Llegó el lunes y mi compañero del cubículo de al lado me comenta que desde su cumpleaños del año pasado se le venció la licencia de conducir, pero que como no tiene plata para nada no ha podido pagar las tres boletas de tránsito que debe. Pero que no tiene problemas, pues esa tarde irá a sacar la nueva; ya consiguió quien por 20 dólares le “solucionará” su problema.
El martes, los dos compañeritos de tercer grado están comparando los útiles escolares que sus padres les dieron y uno muestra su tradicional lápiz Mongol No.2 , el otro aún más orgulloso le muestra uno que dice “Ministerio de ...” Su madre es una secretaria de segundo nivel en ese ministerio…
En fin, podría seguir y seguir y seguir, ¿no les parece? ¿Cuántos nos vimos retratados en esta panorámica? Y lo que es peor, ¿cuántos hemos visto estos retratos y no hacemos ni decimos nada? Claro, no queremos que nos traten de soplones, aburridos ni bochinchosos. ¿Es este el tipo de país que queremos dejarle a nuestros hijos y nietos?
Vivimos en un país donde el dinero fácil o mal habido tiene más valor que una buena educación basada en valores cívicos y morales. Yo nací en un país donde nos jactábamos de ser un país de servicios, donde nos encantaba atender a nuestros visitantes, donde éramos amables, atentos y joviales.
¿Es que la “viveza” que se ha venido arraigando en nuestra cultura vale más que las enseñanzas de nuestros viejos maestros? ¿Es que quedarse con el vuelto de $0.25 que nos dio de más el chinito de la tienda está bien mientras nadie nos descubra?
¡Me niego a aceptar que esto es así! Me niego a sencillamente bajar la cabeza y aceptar que nos hemos estado degenerando, y que como la mayoría lo hace, entonces está bien, y me niego a quedarme callado.
El Gran Libertador de América, Simón Bolívar, dijo el 9 de abril de 1820: “…el que manda debe oír aunque sean las más duras verdades y, después de oídas aprovecharse de ellas para corregir los males que producen los errores propios.” Y me pregunto yo: ¿escuchará la mandataria?
Y en otra ocasión, el 7 de septiembre de 1814, el mismo Bolívar expresó: “…no son los hombres vulgares los que pueden calcular el eminente valor del reino de la libertad”…
Antes de gritar y tirar la m… hacia el abanico, debo limpiarme la que me que cuelga a mí primero. Pero eso no me quita el derecho a protestar y a señalar. Ya está bueno de que todos aceptemos que es muy rico ser panameño y que vivir a “la panameña” está bien. Ya está bueno de no ser puntuales, de ser incumplidos y deshonestos hasta con nosotros mismos. Quiero algo mejor para mis hijas y estoy dispuesto a seguir luchando por ello. Ojalá y seamos muchos los que tomemos la misma decisión y juntos le devolvamos a este bello país su orgullo y su verdadera idiosincrasia.
El autor es empresario y periodista
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