Una Corte especial
Un juez debe tener por estandarte la imparcialidad y debe comportarse con la dignidad que la majestad de su puesto supone
Rubén M. Castillo Gill
rcastillo@mavclex.com
Hace muchos años, en el inicio de mi adolescencia, tomé la irrevocable decisión de abrazar la carrera de derecho. La abogacía me había marcado anticipadamente, ya que, a diario, veía a mi padre ejercerla con la pasión y el esmero que dictan los mandamientos de Couture.
El estudio del derecho me llevó a adentrarme en la densidad filosófica del concepto de justicia y en los mecanismos que utiliza un Estado moderno para concretarla en la práctica. Obviamente tales cavilaciones acosaban mi existencia en épocas en que la institucionalidad era irreal y la vida discurría de espaldas al inmarcesible valor de la justicia.
En todo Estado democrático, la división de los poderes supone que exista uno que se encargue de la correcta administración de justicia a fin de resolver las controversias que se verifican en la sociedad y garantizar la paz social.
Desde mis años de estudiante entendí que la administración de justicia se ejercía otorgando todas las garantías necesarias para que las partes pudieran sustentar sus acciones y presentar sus defensas en medio de un sistema que se asienta en la necesaria existencia de pruebas. Por algo Jeremías Bentham, quien desarrolló el moderno sistema probatorio, alguna vez dijo que para ganar un juicio no sólo había que tener la razón, sino probarla.
Hoy, en medio del acoso, a veces inmerecido, que sufre el sistema judicial, nos damos cuenta de que la sociedad puede contribuir, por acción u omisión, a generar una percepción absurda de lo que debe significar la administración de justicia.
En estos días, el descontrolado control de mi televisor detuvo su agitada andadura en un canal que presentaba un programa denominado La Corte del pueblo. Ese perseverante amor por las cosas legales me hizo recorrer, en una hora, aquellos principios jurídicos que me enseñaron en las aulas universitarias y que, de forma asombrosa, el programa referido se empeñaba en denigrar.
Los jueces de la serie en referencia distan mucho de representar las virtudes que deben adornar a los que pretendan ejercer esa función. Un juez debe tener por estandarte la imparcialidad y debe comportarse con la dignidad que la majestad de su puesto supone. No pueden ser ejemplo aquellos que, como los de la serie, imponen su autoridad basados en gruesos insultos e intimidación.
Las audiencias de esta “especial corte” denotan una forma de justicia correccional donde el juez es todopoderoso y donde el proceso discurre, sin pruebas, sin argumentos legales y sin la presencia de letrados que asistan a las partes.
Ese programa me recordó La tremenda Corte, aquella que durante más de 30 años ha hecho reír a más de una generación con el ingenio y la sagacidad del nunca bien recordado Leopoldo Fernández, con la diferencia que al ver La tremenda Corte nos adentramos, conscientemente, en el mundo de la exageración y la comedia.
El programa objeto del presente escrito deforma la conciencia ciudadana y contribuye a la cultura del totalitarismo. Más de un ciudadano, huérfano de un claro concepto de lo que es administración de justicia, ha expresado que “ así deben ser nuestros jueces”, con lo cual se amplía el negro horizonte de una sociedad que, sistemáticamente, se libera de las garantías y usos propios de un Estado que debe fundamentarse en la ley.
Esas manifestaciones televisivas corresponden al desaforado interés de vender una distorsionada imagen de la sociedad que debe ser. Se sugiere entonces que frente a la injusticia y al desasosiego de nuestros países, se requiere un juez dictador, sin el abrigo de una conciencia jurídica y sin la limitación de las normas de derecho que deben gobernar su conducta.
Nada es casual, avanzamos en la ruta que nos dirige a un mundo donde los valores deben ajustarse a los escabrosos instintos del ser humano y donde la ética es una materia trasnochada.
Ahora sabemos por qué la comunidad, ayuna de soluciones eficaces, cree que la única justicia posible es aquella que emana del acto violento e inmediato, sin darse cuenta de que por ese camino encontraremos, sin lugar a dudas, la desintegración de nuestra sociedad.
A propósito de las irracionalidades de nuestro mundo, no me había dado cuenta de que el apellido del maestro Couture, creador de los mandamientos del abogado y maestro en el ejercicio ético de nuestra profesión, se usa ahora como una marca de ropa interior. ¿Simple coincidencia?
El autor es abogado
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