Límites de la disciplina
Estos soldados están haciendo historia al demostrar que el deber de los militares es negarse a cumplir órdenes criminales
Guillermo Sánchez Borbón
En Nuremberg, el tribunal multinacional, al cabo de un larguísimo juicio, encontró culpables a los jerarcas nazis acusados de horrendos crímenes contra la humanidad (las pruebas eran abrumadoras) y los mandó a ahorcar. Según los acusados, ninguno de ellos tenía la menor idea de que estuvieran ocurriendo horrores como el holocausto, la matanza de los gitanos y de los Testigos de Jehová, el trabajo esclavo y otras lindezas del régimen al que todos ellos (malhechores políticos) sirvieron con lealtad ciega, devoción y brutalidad. Albert Speer, el único que aceptó la parte de responsabilidad que le cabía por todas esas atrocidades, fue castigado por sus compañeros de cárcel con la ley de hielo por haber llamado criminales a Adolfo Hitler y a su régimen. El caso de Speer merece un artículo aparte y algún día lo escribiré. En el juicio se demostró que casi todos los acusados participaron en la reunión de Wannsee (1942), en la que se aprobó y dio forma definitiva a la solución final. Speer (que fue condenado a sólo 20 años de cárcel) estuvo presente en un cónclave de 1943, cuando el mismísimo Himmler leyó un entusiasta informe sobre el estado en que se hallaba el exterminio de los judíos. Hess (que huyó a Inglaterra antes de que se iniciaran los genocidios, y fue condenado a cadena perpetua) se mostró orgulloso de “haberle servido al hombre más grande que ha tenido el pueblo alemán en su bimilenaria historia”. Sus otros compañeros de fechorías alegaron inútilmente ignorancia absoluta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
En cuanto a los militares –Keitel, Jodl et.al.– dijeron que se habían limitado a cumplir órdenes superiores, “cual leales vasallos” y buenos profesionales de la guerra. Era el caso de todos sus colegas, desde los mariscales hasta el último de los soldados. Se vieron obligados a obedecer, no tenían otra opción (guardando las proporciones, que son astronómicas, algo semejante ocurrió con los militares panameños, que invocaron la idiotez de la obediencia debida).
El tribunal de Nuremberg rechazó categóricamente estos argumentos. Sí tenían una opción: negarse a cumplir órdenes monstruosas, que atentaban contra el orden moral y jurídico laboriosamente construido por Occidente, a lo largo de muchos siglos, con materiales heredados de los orbes greco-latino y judeo-cristiano. Y tanto Keitel como Jodl –junto con muchos otros colegas suyos– fueron ahorcados.
He recordado todo esto, porque hará una semana se produjo un acontecimiento de extraordinaria importancia histórica, que no ha merecido ningún comentario de los medios, acostumbrados a medir los hechos por su espectacularidad, no por su significación. Unos 200 soldados (incluyendo a varios oficiales) israelíes, se negaron a seguir reprimiendo sangrientamente al pueblo palestino. “Nosotros”, dijo más o menos uno de los voceros, “estamos aquí para defender a nuestra patria, no para masacrar civiles inermes, ni para destruirles sus aldeas”. Y agregó, en nombre suyo y de sus camaradas, que a partir de la fecha se negaban terminantemente a cumplir las órdenes criminales de Sharon. Uno de los oficiales rebeldes contó que había oído por radio a Sharon ordenar al conductor de una ambulancia que transportaba al hospital a unos heridos palestinos, que se demorara todo lo posible. Sharon no quería que los heridos llegaran vivos a la sala de urgencias.
El martes de la semana que acaba de concluir, más soldados se unieron a la rebelión iniciada por sus compañeros. Y grupos de civiles israelíes marchan por las calles en apoyo de estos soldados que están haciendo historia al demostrar que el deber de los militares es negarse a cumplir órdenes criminales. Espero, contra toda esperanza, que la valiente actitud de los rebeldes se extienda a todo el ejército israelí, y éste, con el apoyo de los políticos sensatos y realistas, ponga fin al reino de muerte de Sharon –quien ha hecho todo lo posible para sabotear la paz– y dejar que el pueblo elija a nuevos dirigentes, dispuestos a encontrarle una salida negociada a un conflicto que Israel no tiene la menor posibilidad de ganar por la fuerza de las armas.
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