Panamá, 23 de febrero de 2002
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Los dividendos de un caos

Lilian González

Al margen de los resultados jurídicos, prístinos o preparados, que arrojen las recientes investigaciones que se siguen a una de las más repiqueteadas denuncias de corrupción, los hechos en sí nos revierten ricas –aunque dolorosas– ilustraciones para la reflexión introspectiva, desde luego, reconociendo antes bien, tanto el escenario, como las segundas y terceras intenciones.

El Gobierno otra vez hace gala de sus codicias desenfrenadas y de la nula calidad humana que caracteriza a sus miembros. La presidenta de la República vuelve al mangoneo del avestruz y en flagrante cinismo le endosa el escándalo al PRD. Pero lo más amargo es lo que ella no dice, esa sensación de burla celada que deja en la población. No hay autoridad legítima, pero sí una maquiavélica frialdad que más parece subrayar otro capítulo de la prediseñada agenda de la conspiración.

El pueblo está aprendiendo con creces, pues el menú de denuncias que pesan contra el Gobierno es opíparo. La violación a la Carrera Administrativa, el traspaso ilegal de fondos del FECI, el eslabón perdido del HP-1430, las irregularidades del Banco Hipotecario, los gastos irrisorios de la Cumbre borrascosa, la persecución a periodistas, y el nepotismo, son solo muestras. Alarmante es figurarnos los engaños enterrados, que no se han detonado con el escándalo, que es el último síntoma de una profunda enfermedad.

Los políticos, por su parte, ponen a prueba sus capacidades para ganar la confianza de la opinión pública. Los partidos, por ser hasta ahora la única opción real del poder en nuestro sistema, llevan la etiqueta de una corrupción que nos atañe a todos. Los políticos son la expresión más publicitada de la sociedad que forman igualmente religiosos, empresarios, profesionales y obreros. Lo que el Gobierno quiere es que la población se coma el cuento de que este escándalo de corrupción es problema del PRD.

Pero tal pretexto es tan absurdo como endosarle a la Iglesia la conducta corrupta de un cura; o descalificar a todo el empresariado porque algunos de sus miembros pagan sobornos; o renegar de la lucha sindical, porque a algunos de sus dirigentes los tienen silenciados con nombramientos y otros beneficios públicos.

Los piratas de escándalos acezan. Una figura que aspira al poder, busca sacar ventajas de credibilidad hasta las consecuencias más perniciosas con una conducta oportunista, caracterizada por servirse del país sin hacer nada por él.

La sociedad demanda una tergiversada profilaxis política. No somos un pueblo limpio juzgando a una clase política enferma. Somos una sociedad permisiva que sabe cómo conseguir favores –tiramos “la toalla”– lo que de ningún modo debemos permitir que se constituya en una apología para seguir reproduciendo esos modelos. Cuando callamos somos cómplices, generadores de la impunidad que alimenta la espiral de la corrupción y la injusticia. No somos lo suficientemente críticos con nosotros mismos, con nuestros hogares, con nuestras familias, con nuestras instituciones y, sobre todo, con nuestros gobernantes.

Y el caos apenas empieza. Los escándalos son dislocaciones que deberán servirnos para la introspección y la revisión minuciosa de valores, porque estamos frente a un modelo real de conducta, pero no inherente. La corrupción se origina en un deseo. Hay deseos naturales y necesarios, como la comida; y deseos innaturales e innecesarios, como el poder despótico y la codicia. La corrupción, como otros vicios entra en juego, cuando deseos innaturales y desmedidos de dos o más partes se materializan transigiendo los principios sociales; decisión racional y calculada que se toma luego de haber medido riesgos contra ganancias.

Las pérdidas: costos económicos, políticos y sociales para el país. Los dividendos a corto plazo: 1) la transformación de estos insumos en iniciativas más amplias para el cumplimiento consecuente de las leyes de transparencia, la fiscalización de las condiciones de subsidios y de aprobación de contratos; y 2) el desafío de perfeccionar la democracia interna de los partidos políticos, con medidas de control y equidad.

Seguramente, el panorama actual nos llena de desencanto: una gestión de gobierno deplorable, una economía a punto de colapsar y la administración de la justicia bajo control de manos peludas. Razones de sobra para asumir nuestro deber ciudadano de fortalecer los procesos políticos que sustenten la democracia. Hay mucha gente honesta en cada sector de la sociedad; panameños y panameñas cuya capacidad y verticalidad brillan, una buena camada de políticos que merecen y esperan la oportunidad de hacer la diferencia.

En la mirada del pobre, en la infancia y en los miles de jóvenes que ingresan a las escuelas y universidades cada año, hay un llamado inspirador para que cada panameño persista en la más noble tarea del ser humano: forjar hombres y mujeres libres, solidarios, honestos y justos.

Un pueblo maduro volverá a las urnas en el 2004 para cifrar su confianza en otro político, pero sólo en aquel político honesto que se atrevió a caminar, a denunciar, a conciliar, a sufrir y a emprender todas las luchas a su lado.

La autora es estudiante universitaria

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