El peligro de la ruleta rusa
Si comparamos aquel cuadro político español con el actual de Panamá, las semejanzas y diferencias las percibe con claridad hasta un ciego
Carlos Iván Zúñiga
En los meses finales del gobierno de Felipe González, en España, llamaba la atención el lenguaje tan crispante que usaba la oposición para calificar la gestión gubernamental. Había momentos en que todo parecía indicar que los españoles caerían en una nueva guerra civil. Sin embargo, en el discurso político, entre párrafo y párrafo, navegaba alguna dosis de lealtad al estado de derecho. La polémica entre los partidos era ardorosa, pero a pesar de que se daba el combate verbal en las fronteras de la guerra, se intuía que no se quería derrumbar el sistema democrático.
En la medida que se visualizaba el triunfo de la oposición española en el torneo electoral más próximo, se proyectaba en la línea del Partido Popular y de su líder, José María Aznar, un comportamiento bifocal. El partido era un tanque de guerra en ofensiva permanente. Ninguna acción u omisión del gobierno socialista dejaba de ser blanco fulminado por los disparos. Los dos partidos –el Partido Popular y el PSOE (Partido Socialista Obrero Español)– oposición y gobierno, vivían descalificando moralmente a los dirigentes de cada bando con el lenguaje más urticante posible. Sin embargo, con todo su protagonismo, el presidente del Partido Popular, José María Aznar, sin desdeñar el lenguaje crítico, se comportaba en los debates de las Cortes o parlamento como todo un estadista. En cada ocasión en que el jefe de Gobierno Felipe González daba un informe sobre la marcha de España, el líder de la oposición, el señor Aznar, se revelaba como un político reflexivo y ponía en evidencia sus conocimientos, su capacidad y las razones por las cuales se le tenía como una figura de reemplazo.
Los que teníamos tiempo para escuchar los debates en las Cortes, podíamos percibir a una figura brillante en el ocaso de su vida gubernamental, Felipe González, y a otra, José María Aznar, que emergía cada vez más convencido de su futura gestión oficial, pero en esa evolución hacia superiores responsabilidades se le veía didáctico en la confrontación, ideológico en sus políticas y un poco menos agresivo en su tono polémico si lo comparamos con el de sus correligionarios. En ese campo de batalla se daba la dualidad de un partido en permanente carga de caballería, usando hasta las armas de la calumnia para lograr la caída del felipismo o del PSOE gobernante, y de un dirigente Aznar, infatigable, predestinado, dando pruebas de su alta escuela política.
En el entorno social de aquellos meses finales del gobierno de Felipe González, los medios de comunicación libraban una feroz batalla para no dar un segundo de sosiego al gobierno socialista. Era tal el calibre de las embestidas de los medios –tan irrespetuosa era la palabra usada– que se tenía como muy ilusoria toda reconciliación entre los españoles.
Sin embargo, la sangre no llegó al río y los partidos resolvieron en las urnas sus disputas, con increíble resultado: lo que se vislumbraba como un triunfo apabullante de Aznar, resultó en realidad, por la diferencia tan magra, una “dulce derrota” para el socialismo.
Lo ocurrido en el gobierno de Aznar está a la vista. Se ha consolidado en el poder, fue reelegido por mayoría absoluta y ha gobernado con una oposición muy respetuosa en su discurso político. Hoy no existe en España la alternativa de una guerra civil, y la figura de reemplazo, Rodríguez Zapatero, del PSOE, cada día se proyecta con mayor fuerza como un político moderno, de pensamiento coherente y de temperamento democrático.
Si comparamos aquel cuadro político español con el actual de Panamá, las semejanzas y diferencias las percibe con claridad hasta un ciego. Las semejanzas se encuentran en el estilo verbal, duro, odioso e irrespetuoso que prevalece en el campo de los partidos. También se encuentra la semejanza en el papel absolutamente descalificador de la mayoría de los medios de comunicación, principalmente en perjuicio de las figuras del Gobierno. Pero es una descalificación de un efecto que se pierde en el vacío, porque no se exalta a cambio a ninguna figura opositora como capitalizadora de la descalificación. Seguramente los medios son discretos en el señalamiento de figuras de reemplazo porque casi todas están inmersas en la balacera que se da en el campo de batalla de la corrupción. La diferencia con el comentado cuadro español es que la oposición carece de una figura del calibre de Aznar, que sepa empinarse sobre el deplorable escenario de los reproches mutuos y logre dar señales de una sólida formación política y de un definido perfil de estadista.
El cuadro es tan negativo, que en estos días, el editorial de un diario, escrito por algún aventurero, pidió a gritos un golpe de Estado, sin prever las consecuencias, sin imaginarse siquiera que podría instalarse en el poder un nuevo militar, como en 1968, para ejercer el oficio de incautador de periódicos o de simple matador de la democracia.
Si en España el debate político fue riesgoso en un momento de impaciencia de la oposición, al menos existían sólidas figuras de reemplazo, pero en nuestro medio aunque no existieran tales figuras, la democracia no puede estar sometida a la imprudencia de una ruleta rusa.
El autor es ex rector de la Universidad de Panamá
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