La codicia de Hood Robin
Será que este animal
implacable y movido por la codicia siente un profundo desprecio
por nuestros modestos sueños
Gina Montaner
Hace muchos años en Perú era conocido un
personaje con el nombre de Hood Robin. Se dedicaba a robarles a
los pobres en beneficio de los ricos. Pues bien, la reciente y catastrófica
historia de la multinacional estadounidense Enron nos hace evocar
al tal Hood Robin. También, por qué no, los desmanes de los gobiernos
argentinos de los últimos tiempos, ladrones de siete suelas que
instauran a su gusto los infames “corralitos”. Medida anticonstitucional
a todas luces que secuestra la muy sagrada propiedad privada que
representan los ahorros de toda la vida de los ciudadanos de a pie.
Los que pertenecemos al inmenso sector de
trabajadores a sueldo, con un salario medio que no permite grandes
ahorros o inversiones y expectativas modestas en cuanto a la acumulación
de riqueza y planes de vida, sólo podemos sentir rabia e impotencia
ante los chacales de la especulación cuya infinita codicia puede
llegar a destruirnos la vida. Pensemos en los 500 ejecutivos de
Enron que, en la desbandada final de un fraude que conocían a la
perfección, se enriquecieron aun más y desplumaron a los trabajadores
que durante años habían depositado sus ahorros en planes de pensión
que ofrecía la multimillonaria empresa. La gran estafa de este nuevo
siglo ideada por Kenneth Lay y otros altos gerifaltes estuvo avalada
por la empresa auditora Arthur Andersen, otro de los Hood Robin
de nuestro tiempo. Con informes que falseaban el verdadero estado
de cuentas de Enron, los tiburones de Arthur Anderson también contribuyeron
al terremoto social que causó el súbito empobrecimiento de cientos
de empleados que soñaban con un retiro medianamente decente tras
largos años de trabajo y esfuerzo. Hace poco a otra escala en España
estalló un escándalo similar al de Enron con la empresa Gescartera,
en la que una serie de pillos convirtió en humo los ahorros de cientos
de pequeños inversores con la ayuda de algunos miembros del actual
gobierno y de otra auditora estadounidense que se prestó a falsear
información. El asunto está en manos de la justicia, pero los inversores
se quedaron sin sus ahorros.
Los casos de Enron y Gescartera sirven como
ejemplos para que los gobiernos ejerzan mayor control sobre este
tipo de compañías que juegan con el destino de miles de personas.
Ahora bien, ¿qué hacemos en Latinoamérica, donde los gobiernos se
toman la libertad de secuestrar las cuentas de ahorro de los ciudadanos?
En el pasado se ha hecho en Ecuador y en el Brasil de Collor de
Mello. Qué nos queda por decir de Argentina, donde un día sí y otro
también la sociedad vive pendiente de que la dejen recurrir o no
a sus cuentas de ahorro. Cómo es posible que, tras muchos años de
mala gestión y corrupción de las instituciones, los señores gobernantes
“acorralen” los cuatro pesos que los infelices han conseguido acumular
con el laboro, como dicen por allá. Quiénes son ellos para que,
cuando el sentido común le dice a Juan Pérez “es el momento de sacar
los ahorros de toda una vida porque si no vuelan”, se lo metan en
un “corralito” en aras de que el país no puede permitirse una evasión
masiva de capital. Son los mismos señores gobernantes que, para
ese entonces, cuando el desastre ya es un hecho consumado, tienen
sus fortunas a salvo desde hace tiempo en algún paraíso fiscal como
Gran Caimán o Suiza,
Cuando muchos de estos escándalos financieros
se destapan salen a la luz informaciones sobre el extravagante estilo
de vida de los ejecutivos y políticos codiciosos. El director de
Gescartera era un mega yuppie con aires de gran señor. Tenía unos
cuantos coches deportivos, se hacía trajes a la medida en establecimientos
de alta costura, hacía regalos fastuosos a los funcionarios que
se dejaban corromper. El presidente Collor de Mello llevaba la vida
de un príncipe bon vivant en la que las juergas millonarias y la
cocaína estaban a la orden del día. De Carlos Menem no se puede
calcular la fortuna acumulada bajo su gobierno, plagado de negocios
sucios. Ahora vive un exilio dorado de resorts de lujo en las costas
mexicanas.
Frente a los delirios de grandeza de los
codiciosos depredadores que engullen los ahorros de seres más indefensos
y con menos agallas para sobrevivir, el ciudadano medio –¿será una
especie en peligro de extinción ante la voracidad del especulador
inmoral?– tiene aspiraciones que deben parecerles risibles a los
que matan por un stock option. A los que darían la vida de otros
por un Mercedes y un yate. A los que mienten a sabiendas para veranear
en Mustique y tener una vista frente a Central Park. Será que este
animal implacable y movido por la codicia siente un profundo desprecio
por nuestros modestos sueños: acabar de pagar la hipoteca de un
piso o una casa. Que alcance el dinero para afrontar los gastos
universitarios de nuestros hijos. Llegar a fin de mes sin sentirnos
ahogados. Permitirnos unas vacaciones holgadas con la familia. Y
en el tramo final sentarnos en paz junto a la baranda y ver pasar
la vida. Sin mayores aspavientos. Defendámonos de los Hood Robin.
Además de un crimen, lo suyo es una inmundicia.
La autora es periodista cubana y columnista
de Firmas Press
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