Panamá, 23 de febrero de 2002
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La codicia de Hood Robin

Será que este animal implacable y movido por la codicia siente un profundo desprecio por nuestros modestos sueños

Gina Montaner

Hace muchos años en Perú era conocido un personaje con el nombre de Hood Robin. Se dedicaba a robarles a los pobres en beneficio de los ricos. Pues bien, la reciente y catastrófica historia de la multinacional estadounidense Enron nos hace evocar al tal Hood Robin. También, por qué no, los desmanes de los gobiernos argentinos de los últimos tiempos, ladrones de siete suelas que instauran a su gusto los infames “corralitos”. Medida anticonstitucional a todas luces que secuestra la muy sagrada propiedad privada que representan los ahorros de toda la vida de los ciudadanos de a pie.

Los que pertenecemos al inmenso sector de trabajadores a sueldo, con un salario medio que no permite grandes ahorros o inversiones y expectativas modestas en cuanto a la acumulación de riqueza y planes de vida, sólo podemos sentir rabia e impotencia ante los chacales de la especulación cuya infinita codicia puede llegar a destruirnos la vida. Pensemos en los 500 ejecutivos de Enron que, en la desbandada final de un fraude que conocían a la perfección, se enriquecieron aun más y desplumaron a los trabajadores que durante años habían depositado sus ahorros en planes de pensión que ofrecía la multimillonaria empresa. La gran estafa de este nuevo siglo ideada por Kenneth Lay y otros altos gerifaltes estuvo avalada por la empresa auditora Arthur Andersen, otro de los Hood Robin de nuestro tiempo. Con informes que falseaban el verdadero estado de cuentas de Enron, los tiburones de Arthur Anderson también contribuyeron al terremoto social que causó el súbito empobrecimiento de cientos de empleados que soñaban con un retiro medianamente decente tras largos años de trabajo y esfuerzo. Hace poco a otra escala en España estalló un escándalo similar al de Enron con la empresa Gescartera, en la que una serie de pillos convirtió en humo los ahorros de cientos de pequeños inversores con la ayuda de algunos miembros del actual gobierno y de otra auditora estadounidense que se prestó a falsear información. El asunto está en manos de la justicia, pero los inversores se quedaron sin sus ahorros.

Los casos de Enron y Gescartera sirven como ejemplos para que los gobiernos ejerzan mayor control sobre este tipo de compañías que juegan con el destino de miles de personas. Ahora bien, ¿qué hacemos en Latinoamérica, donde los gobiernos se toman la libertad de secuestrar las cuentas de ahorro de los ciudadanos? En el pasado se ha hecho en Ecuador y en el Brasil de Collor de Mello. Qué nos queda por decir de Argentina, donde un día sí y otro también la sociedad vive pendiente de que la dejen recurrir o no a sus cuentas de ahorro. Cómo es posible que, tras muchos años de mala gestión y corrupción de las instituciones, los señores gobernantes “acorralen” los cuatro pesos que los infelices han conseguido acumular con el laboro, como dicen por allá. Quiénes son ellos para que, cuando el sentido común le dice a Juan Pérez “es el momento de sacar los ahorros de toda una vida porque si no vuelan”, se lo metan en un “corralito” en aras de que el país no puede permitirse una evasión masiva de capital. Son los mismos señores gobernantes que, para ese entonces, cuando el desastre ya es un hecho consumado, tienen sus fortunas a salvo desde hace tiempo en algún paraíso fiscal como Gran Caimán o Suiza,

Cuando muchos de estos escándalos financieros se destapan salen a la luz informaciones sobre el extravagante estilo de vida de los ejecutivos y políticos codiciosos. El director de Gescartera era un mega yuppie con aires de gran señor. Tenía unos cuantos coches deportivos, se hacía trajes a la medida en establecimientos de alta costura, hacía regalos fastuosos a los funcionarios que se dejaban corromper. El presidente Collor de Mello llevaba la vida de un príncipe bon vivant en la que las juergas millonarias y la cocaína estaban a la orden del día. De Carlos Menem no se puede calcular la fortuna acumulada bajo su gobierno, plagado de negocios sucios. Ahora vive un exilio dorado de resorts de lujo en las costas mexicanas.

Frente a los delirios de grandeza de los codiciosos depredadores que engullen los ahorros de seres más indefensos y con menos agallas para sobrevivir, el ciudadano medio –¿será una especie en peligro de extinción ante la voracidad del especulador inmoral?– tiene aspiraciones que deben parecerles risibles a los que matan por un stock option. A los que darían la vida de otros por un Mercedes y un yate. A los que mienten a sabiendas para veranear en Mustique y tener una vista frente a Central Park. Será que este animal implacable y movido por la codicia siente un profundo desprecio por nuestros modestos sueños: acabar de pagar la hipoteca de un piso o una casa. Que alcance el dinero para afrontar los gastos universitarios de nuestros hijos. Llegar a fin de mes sin sentirnos ahogados. Permitirnos unas vacaciones holgadas con la familia. Y en el tramo final sentarnos en paz junto a la baranda y ver pasar la vida. Sin mayores aspavientos. Defendámonos de los Hood Robin. Además de un crimen, lo suyo es una inmundicia.

La autora es periodista cubana y columnista de Firmas Press

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