Panamá, 22 de febrero de 2002
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RCM Televisión yerra

El apetito de la gran audiencia por trivialidad y cursilería advierte a todos el deterioro de nuestra sociedad

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Sentarse frente al 21, RCM Televisión, el canal de noticias, es vivir una experiencia excitante en periodismo de profundidad. Me confieso entusiasta de un concepto que apela a la capacidad pensante de una audiencia que, aunque lo aprecia y sintoniza con fruición, aún resulta selectiva.

RCM con su denuncia, aunque gana presencia en la opinión, afecta fortaleza comercial, y quizás hasta credibilidad. Yerra cuando señala falta de probidad y transparencia a la licitación que efectúa el Tribunal Electoral (TE), mientras endilga preferencias hacia Medcom. Yerra tanto, que termina tildado de irresponsable por las mismas agencias de publicidad, sin cuyo apoyo, la supervivencia de la empresa emprende cuesta arriba. Y el peor yerro, pretender incluir a una institución falible pero aún altamente creíble, en la vorágine de denuncias que nos azota.

Otros medios y agrupaciones que los representan muestran desacuerdo con la proporción de la inversión que asigna el TE. Pero nunca aducen parcialidad o deshonestidad, menos la emprenden contra magistrado alguno.

El TE invertirá en campaña para las elecciones de 2004, más de 1.7 millón de dólares. Adjudica casi 70% de la inversión en medios a Corporación Medcom. Desde la óptica comercial del amplio rating que concentran aquellas estaciones, la decisión del TE resulta inobjetable.

Un medio opta por atraer audiencia, o masiva o selectiva. Con novelas, horóscopos, chistes, noticias, películas estilo Hollywood, apuesta a masividad. Las estaciones de Medcom exhiben la mejor sintonía entre grupos masivos. En cambio, programas de opinión y noticiosos, estilo RCM, más una señal circunscrita casi a la ciudad capital, atraen a una selecta audiencia, entre los que cuenta: líderes de opinión, políticos, muy educados y altos ejecutivos. No serán muchos, pero toman decisiones, debaten las ideas que obtienen del medio y crean opinión.

Mas, el TE requiere medios que alcancen a un estimado de 1.8 millón de votantes, a nivel nacional, para el 2004. Entonces deberá favorecer a los masivos como Medcom, sin despreciar ni priorizar, selectivos. RCM terminaba con un justo 6.7% del presupuesto publicitario.

La construcción de grandes audiencias, a más de tiempo e ingenio, impone una programación banal y cursi. Requieren censurar lo educativo y el debate de ideas, porque no produce rating. Tampoco emprenden la labor didáctica, pero comercialmente riesgosa, de refinar el gusto popular. Simplemente replican el peor gusto, mientras evidencian que el gran público acude al medio en busca de escape y no de lecciones para afinar espíritus.

La jornada de ocho horas pone tiempo libre a disposición de los trabajadores. Pero las grandes masas nunca caen rendidas ante clásicos o excelsas expresiones culturales. Desprecian a Chopin, Tolstoi, Cervantes, García Márquez, mientras, ¡oh puñeteras!, adoran culebrones, sensacionalismo noticioso, cursilería y reggae.

Hace 2 mil 500 años, los sofistas, con su preferencia por la apariencia y olvido de la cultura y valores, hacen pagar a un Sócrates cuya verdad profunda resulta chocante. Aquellos como RCM, Canal 11, Fetv, que esquivan el juego banal, nunca conseguirán demasiado favor de quienes requieran alcanzar masas.

Aquellos medios pagan su idealismo con una pérdida de facturación. Pero, el apetito de la gran audiencia por trivialidad y cursilería advierte a todos el deterioro de nuestra sociedad.

El Estado constriñe su obligación de velar por el bienestar espiritual de los asociados, a la censura de manifestaciones, aunque populares, pasadas de sórdidas. Regatea presupuesto a quienes intentan hacer periodismo profundo, como a cualquier otro promotor cultural.

O enfrentamos la trivialidad, o sencillamente le entregamos también el futuro, porque el presente ya lo tiene. En su justa frustración, RCM hace enemigos de aliados potenciales. Yerra el camino al incluir en la vorágine de dudas, y con argumentación discutible, a una de las pocas instituciones que queda en pie. Termina enfrentado con unas publicitarias que, y ojalá yerre yo también, no olvidarán fácilmente. En fin, errar es de humanos.

El autor es investigador de mercado


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