Panamá, 22 de febrero de 2002
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Etica y corrupción en el periodismo

La ética periodística se fundamenta en lograr hacer una clara separación entre la publicidad y lo editorial

I. Roberto Eisenmann, Jr.

Casi todos los medios de comunicación privados dependen de la publicidad. En los medios escritos, lo cobrado por el periódico al público usualmente no cubre ni siquiera el costo del papel en que va impreso, así es que se depende de la publicidad.

Ante esta realidad, la ética periodística se fundamenta en lograr hacer una clara separación entre la publicidad y lo editorial. La persona, institución o empresa que compra publicidad en un medio, debe saber con claridad meridiana que está comprando un servicio que –vía la circulación o audiencia del medio– llega a los potenciales clientes o usuarios de su producto o servicio. Igualmente, debe saber que no está comprando simpatías editoriales ni silencio editorial del medio respecto a su institución o empresa. Es muy fácil describir en un Código de Etica la separación descrita. Lo difícil, lo que requiere integridad, convicción y firmeza, es mantener el principio frente a las presiones diarias. Esto, porque los directores de instituciones públicas o empresas privadas siempre, pero siempre, amenazan con cortar la publicidad en el medio si consideran que una posición editorial es adversa a sus intereses comerciales o políticos. En ese momento, si el director del medio flaquea en lo más mínimo, la declaración ética de separación de la publicidad de lo editorial se convierte en letra muerta, y el medio se corrompe para siempre.

Recuerdo con claridad el momento cuando, como director de La Prensa, afronté el primer acto de presión de este tipo. Este provino del presidente de una de las empresas más poderosas y de mayor presupuesto publicitario y, además, amigo personal. “O se retractan o corto toda la publicidad” –amenazó. Eran los momentos en que se iniciaba La Prensa. Como todo medio que se inicia, estábamos mal económicamente; necesitábamos su publicidad, y él lo sabía. Lo lógico, desde su perspectiva, era que yo flaqueara, que me quebrara. Tragué duro y contesté con firmeza: “tu publicidad es importante, pero es un servicio. No estás comprando ni comprarás jamás la línea editorial. Si no entiendes que el país necesita un medio independiente de verdad, entonces corta la publicidad”. Cumplió su amenaza, pero unos meses después se encontró conmigo, se excusó y volvió a publicitarse en el medio no por favorecernos, sino porque sus productos necesitaban de la circulación de La Prensa, que ya se perfilaba como el medio de referencia del país.

A partir de ese incidente que se conoció en todo el periódico y en la comunidad empresarial, quedó cimentada la ética periodística de La Prensa y no volvimos a sufrir más presiones.

En cuanto a la publicidad gubernamental, nunca la buscamos, y cuando llegó –por nuestra circulación– nos dábamos el lujo de cortarles el crédito si no pagaban en la fecha establecida. No puede uno considerarse medio “independiente” si por otro lado ruega por la publicidad oficial.

Ahora en los medios electrónicos y, sobre todo, en los programas de comentarios y opinión en la radio y en la Tv existe el hábito nada sano de que el medio vende tiempo a los comentaristas, y estos a su vez venden publicidad. Aquí no valen los códigos de ética del medio, porque vendió tiempo a un tercero que no tiene que respetar su Código de Etica. En muchos casos, estos terceros venden lo que llaman “publicidad”, pero pocas veces se pasan cuñas de la institución que paga la “publicidad”. En esencia –y esto ocurre mayormente con instituciones públicas o políticas– lo que están vendiendo es el comentario u opinión positiva hacia la institución o político, y/o –en el peor de los casos– el silencio cuando la institución o político están siendo criticados por algún acto censurable cometido. Esto es un vulgar y corrupto chantaje; no es ni periodismo ni publicidad.

En estos casos se está vendiendo la línea editorial o la opinión, en un acto corrupto. Es más, a este tipo de operación no se le puede llamar “periodismo”, sino más bien relaciones públicas, que nada tiene que ver con periodismo. Lo grave de todo esto está en que la radio es muy escuchada y la mayoría de los radioescuchas no se dan cuenta de que los comentaristas están recibiendo “sobrecitos” mensuales, tipo Afú, a la vez que vociferan contra los políticos corruptos.

En días pasados leía en un diario una increíble glosa que decía, más o menos: “¿cuál es el medio que le prohíbe a sus periodistas tener un segundo trabajo, sobre todo si se trata de uno en el Gobierno?”. ¡Vaya ética periodística! Consideran normal (sobre todo en la Tv) que los periodistas tengan a su vez una “chamba” de relaciones públicas en la institución gubernamental que cubren como supuestos periodistas independientes. Esto es un irrespeto a sus escuchas y un acto de corrupción periodística.

No en vano existe el Centro Latinoamericano de Periodistas (CELAP) –presidido por el Dr. Fernán Vargas, del diario La Nación de Costa Rica y dirigido por Maribel Cuervo de Paredes– dedicado a la educación continua de periodistas en ejercicio, con especialización en la ética e investigación periodística. Su junta directiva multinacional se reúne en estos días en Panamá, ya que tiene como sede la Ciudad del Saber. ¡Bienvenidos!, y continúen su necesaria y vital labor.

El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana


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