Panamá, 21 de febrero de 2002
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¡Oh¡ ¿Pero qué tiene el dinero?

Todos tenemos “vela en este entierro” y el último escándalo de la Asamblea es una bofetada en el rostro que nos debe hacer pensar que es tiempo de que cambien las cosas

Rómulo Emiliani

¿Pero qué tiene el dinero, poderoso señor que seduce a tanta gente en nuestra América? Es como un rey que gobierna parlamentos y senadores, y se cuela por palacios de gobierno y entra sin pedir permiso y se toma la conciencia de mucha gente haciéndola cambiar de opinión sin razón aparente. Es como un huracán que barre los cimientos de negocios honestamente hechos y pone en su lugar empresas poderosas que, sin sensibilidad humana, se hacen monopolios internacionales y que tienen sus peones que les hacen el trabajo de maquillar sus intenciones con la pintura de “todo sea por el progreso”. Es el dinero como un veneno que mata las buenas intenciones y transforma las personas en sedientos adictos de poder y posesiones. ¿Y saben por qué es tan seductor? Conoce nuestras flaquezas.

Las enumero:

1. Nos encanta vivir de las apariencias, dando culto a la concupiscencia de los ojos, viviendo entonces de lo externo para darle brillo a una personalidad gris y apagada, complejo de inferioridad que nos pone a merced del que nos dé más para comprar el disfraz del momento y sentirnos mejor. Carros de lujo, corbatas finas, zapatos de marca, celular a la vista, tarjetas de crédito y viajes de placer. Panamá, perdón por lo que digo, pero nos encanta exhibirnos como si fuéramos actores de circo.

2. Nos encanta gastar más de lo que tenemos y por eso, para tener más y comprar aquello “del momento” que después se queda “por siglos” en el armario, nos endeudamos sin tomar conciencia del daño que hacemos al presupuesto de lo esencial invirtiendo en lo superfluo. Por eso, si aparece un negocio dudosamente honesto, pues qué importa, si otros lo hacen y nadie se da cuenta, vamos hacia delante porque con eso redondeamos los ingresos del mes o del año entrante.

3. Competimos con los demás, sean vecinos o amistades, para ver quién tiene el mejor televisor o se compró el más bello comedor, y en esta carrera ilusa y sin sentido siempre defendemos nuestras compras diciendo que ha sido lo más nuevo que ha llegado al mercado y que no podíamos perder la oportunidad por “el buen precio que nos daban”.

4. Nos han programado para consumir y nos han quitado el hábito del ahorro; nos han cercenado la sensibilidad ante lo que es bueno y malo, dependiendo de la necesidad del momento, y nos han puesto de rodillas ante el becerro de oro que todo lo puede. Nos han puesto, inclusive, un precio en el pecho, sabiendo que eso es lo que valemos y que nos compre el que más ofrezca. ¿Pero quién ha sido? La estructura compleja que tenemos de economía capitalista inhumana y hábitos culturales de tener y poseer (como se pueda), mezclado con nuestro pecado personal de egoísmo y ambición descontrolada con la absurda idea de que es más importante el que más tiene, y que todo es válido con tal de obtener más dinero. Las consecuencias son terribles para los pobres que siempre se quedarán sin lo esencial, porque uno tiene lo que mil juntos jamás tendrán y así son notorios los pocos que mantienen en sus manos gran parte de los recursos, quedando los que son mayoría debajo de la mesa recibiendo las migajas que caen del banquete injusto de este mundo.

¿Nos extrañan los escándalos de compras de votos, chantajes y presiones, negocios que se hacen pasando por debajo de las leyes? ¿No nos damos cuenta de que respiramos el aire de corrupción latinoamericano que arruina gobiernos y quiebra economías? Eso lo saben las empresas que vienen de fuera.

Pero cuidado, que el que escribe es un obispo y no quiero que piensen que me “rasgo las vestiduras” y me pongo del lado de los puros. Pues no. Como Iglesia hemos tenido por muchos años en toda América Latina, en nuestros colegios, la juventud que después ha intervenido en la vida de los pueblos. A nuestras parroquias “exclusivas” han venido algunos de los que se involucran en estos escándalos en el continente, y quizás hemos comido en sus mesas, aceptado sus donaciones y bautizado a sus hijos.

Hemos tenido acceso a los centros de influencia, y ¿por qué no hemos llegado a crear la suficiente conciencia social de pecado, de solidaridad y respeto por el bien común en esta América de mayoría católica?

Algunos obispos tampoco hemos sido modelos de austeridad. Yo creo que todos tenemos “vela en este entierro” y el último escándalo de la Asamblea es una bofetada en el rostro que nos debe hacer pensar que es tiempo de que cambien las cosas, empezando por mí y por usted, ya que siempre pensamos en los otros y no vemos que todos, de una manera u otra, estamos contaminados de este virus de tener más.

El autor es obispo de la Diócesis de Darién


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