El discurso político actual: un tributo a la demagogia
Lo lamentable es que, para infortunio del país, el discurso político aún no pierde fuerzas en boca de estos sacrílegos y apóstatas de la política
Rodolfo A. de Gracia Reynaldo
silvbio@ayayai.com
Desde el punto vista del lenguaje, el discurso se concibe como la expresión coherente y organizada de los razonamientos que sobre un aspecto pueda hacer un individuo o un colectivo, y constituyen el soporte doctrinal, ideológico o filosófico de quien los preconiza.
Hay, sin embargo, un discurso que desde la antigua Grecia Aristóteles denominó deliberativo, y que era fundamentalmente de carácter político. Este discurso, tan bueno como todos los productos recién estrenados en el mercado, (pero que luego se desmejoran sustancialmente en calidad) fue practicado por hombres de la talla de Pericles, Cicerón y Demóstenes, y por estadistas tan encomiables como Churchill y Cromwell, de los que hoy queda poco menos que la sombra entre los “estadistas” actuales.
No obstante, a la par del discurso (lo que pensamos, decimos y hacemos por convicción) se levantaban dos grandes monstruos de las sociedades modernas, dos enigmáticos fenómenos sociales de los que los pueblos a veces no pueden escapar: la persuasión y la demagogia.
La primera es la herramienta más pronta a la que echan mano los usureros del discurso político en las sociedades modernas, sobre todo en la variopinta sociedad hispanoamericana, con pueblos todavía un poco ingenuos, que empiezan a despertar del soporífero letargo en que han caído una y otra vez, con dictaduras militares o civiles o con gobiernos oligarcas que hacen las veces de ovejas mansas que terminan devorando al pastor que las engordó. Basta echar una mirada a las concurridas campañas electorales, donde los persuadidos, los que mordieron la carnada, quizá sin darse cuenta, le hacen el juego al discursante político, ese o esa que tiene facilidad de expresión y que, como olímpica deidad griega, promete todo lo contrario de lo que hará al llegar al poder.
Entre aplausos y vítores (que le hacen sentir como un dios) y ante tantos oídos que escuchan “su verdad” y se convencen de ella para hacerla suya y defenderla, el político sonríe feliz, porque ha logrado hipnotizar a esos que lo ven como el elegido.
Por otro lado está la demagogia: un ingrediente indispensable en todo discurso político. Es la esencia de este discurso y su razón de ser. Una dosis de mentira envuelta en la meliflua estructura del lenguaje, donde las palabras, al decir de Noam Chomsky (uno de los más grandes pensadores y críticos del discurso político), significan siempre lo contrario de lo que el político manifiesta. Por ello, expresiones como “democracia”, “pueblo”, “intereses nacionales”, “por los más necesitados”, “por el futuro de nuestros hijos”, “mi gente del circuito tal”, “por la igualdad”, “por la justicia”, ”porque escuchamos el clamor del pueblo”, en boca de los discursantes políticos son una afrenta y una burla, porque la democracia son ellos; el pueblo es la cúpula de sus partidos; los intereses nacionales no son los de la nación profunda de la que hablara Carlos Manuel Gasteazoro; los más necesitados (paradójicamente) también son ellos; hablan del futuro de sus hijos, que habrán de estudiar en los mejores colegios y universidades, y tendrán asegurado un patrimonio truculento y cuestionable; su gente, es la gente de la que se acuerdan cada cuatro años o a la que mantienen engañada con limosnas eventuales y porque es muy probable que sea cierto que escuchen el clamor del pueblo, pero luego se reúnen entre ellos y se ríen de nosotros.
Lo lamentable es que, para infortunio del país, el discurso político aún no pierde sus fuerzas en boca de estos sacrílegos y apóstatas de la política como arte de educar, de gobernar y de administrar correctamente el Estado y sus bienes, porque pese al bochornoso, aberrante e impúdico espectáculo que nos han ofrecido en estos días, aún hay quienes, que como redil de ovejas, concurren a los llamados de los imputados e imputadas, los faltos de credibilidad y de moral, los que dan discursos de barricada extemporáneos, se rasgan las vestiduras y se dan golpes de pecho en un afán por persuadir a esa inmensa mayoría de la población que no muerde la carnada.
El autor es profesor de español
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