Mi nieto y la Ritalina
Los colegios no deben caer en el error de pretender tener solamente alumnos quietos o drogados
Carmen Elena Crespo
He querido compartir esta experiencia con los padres de familia que en un momento dado se encuentran en la disyuntiva, siguiendo consejos de tal vez dudosa procedencia, de que sometan a sus niños a la tan cacareada droga que se llama Ritalina.
Mi nieto tenía seis años cuando sus padres, después de muchas evaluaciones, lo matricularon en un colegio, muy afamado por cierto, en su primer grado. Al cabo de tres meses, mi nuera fue citada por la directora del plantel a una reunión para hablar sobre el comportamiento del niño.
Hago la salvedad de que, previamente, la madre había estado en comunicación con las maestras que lo educaban, sin haber recibido mayores quejas.
De repente caemos en la cuenta, ¡“Oh sorpresa”!, que en dicha reunión estaba, como quien dice, presidiendo, la psicóloga del colegio. Esta señora repentinamente sugirió a mi nuera que el niño necesitaba un estudio psicológico porque, según ella, padecía del popular “Déficit de Atención con hiperactividad”. Lamentablemente, en esos días, yo me encontraba fuera del país y por ende no fui consultada sobre el tema. Dicha evaluación fue realizada sin que el médico psicólogo recomendara ningún tipo de medicación, ya que a su criterio no era necesario. El informe que resultó de la evaluación fue entregado a la dirección del plantel, y hago la salvedad de que estaba en sobre cerrado.
Luego de varios meses, nuevamente fue citada la madre de mi nieto y otra vez la mentada psicóloga insistió en la necesidad de efectuar una evaluación psicológica al alumno. Sobre el escritorio de la directora reposaba el expediente del niño, conjuntamente con el sobre del informe tan vehementemente solicitado que ni siquiera había sido abierto (costo del informe: 600 dólares). En dicha reunión salió de boca de la flamante y sapiente psicóloga la panacea para aquietar a mi nieto: “Ritalina”. Por gracia de Dios yo ya había regresado a Panamá. Rápidamente concerté una cita con un médico pediatra especialista en psiquiatría. Se le realizaron al niño extensos exámenes y pruebas (que duraron un mes) para arribar a la siguiente conclusión: Niño normal, más bien muy inteligente que sólo necesitaba mayor atención personal, disciplina, y nada de drogas. Mi recomendación fue cambio de colegio.
Esta vez –y basados en mi experiencia personal (mis tres hijos)– volvimos los ojos al mismo colegio donde se educaron ellos.
Para nuestra suerte y sobre todo, para la de mi nieto, aún sigue allí la misma directora de primaria y, por ende, aún persisten sus métodos, que tan buenos resultados dieron cuando mis hijos eran alumnos allí. Conclusión: el niño acaba de finalizar su segundo grado, está en cuadro de honor, etc., etc.
Ahora paso a exponer lo que he recabado con criterio médico sobre todo este asunto, que se ha proliferado en las familias donde los niños no son dóciles: Hay dos corrientes paralelas y antagónicas con respecto al uso de la Ritalina. La primera tiene sus indicaciones precisas y ordenadas por un médico debidamente capacitado y, por supuesto, previo estudio de cada paciente en particular. La segunda se enfoca en algunos casos donde se están observando efectos secundarios, que se presentan con el uso prolongado de la mencionada droga. Acabo de conocer de un paciente tratado con Ritalina por 10 años y que en la actualidad ha comenzado a presentar un cuadro epiliptiforme. Todo indica que se debe a la Ritalina como efecto secundario. Esto, según he leído en trabajos muy bien documentados y con amplia estadística, no es un caso aislado. Tercero, considero que los colegios que cuentan entre su personal con psicólogos(as), no deben caer en el error de pretender tener solamente alumnos quietos o drogados.
Finalmente, exhorto a los padres con este tipo de problema, que traten de documentarse al respecto. Hay múltiples publicaciones especialmente editadas para los progenitores. Mis más expresivas gracias al Dr. Abood, muy experimentado paidopsiquiatra (especialista de la ciencia que estudia todo lo relativo a la infancia y su buen desarrollo físico e intelectual) y a la profesora Carmen de Paz, quienes con profundo conocimiento pedagógico, gracia y don de gentes dijeron, dirigiéndose a mi nuera, pero mirándome a mí, en la entrevista que sostuvimos al matricular al niño en dicho colegio: “Si pudimos con el padre también podremos con el hijo”.
La autora es médica anestesióloga, jubilada, y abuela a tiempo completo
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