Lo bueno de la corrupción
Es evidente que tanto
el sistema económico como la misma gobernabilidad requieren de liderazgo
moral
Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx
Erró quien supuso que el agua del Carnaval
apagaría las acusaciones y contraacusaciones. A la quemazón iniciada
el 9 de enero, con su carga de pesimismo sobre las instituciones
democráticas, sólo la calma la actitud diligente de un Ministerio
Público que trabaja mientras otros carnavalean. A pesar del mucho
humo, la crisis incendiaria deja entrever una democracia que pugna
por transparencia, y eso es bueno.
Los medios de difusión hacen su agosto. Abundan
“noticias de última hora” y ediciones especiales. También las publicaciones
aparejan réplica de quienes sienten que las noticias no se ajustan
a la verdad. La libertad de expresión, como el derecho a réplica,
se ejercen casi sin restricciones, y si así es la democracia, bienvenida.
Ahora nos resulta más evidente que tanto
el sistema económico como la misma gobernabilidad requieren de liderazgo
moral. Para Ortega y Gasset, la moral “Es la exactitud aplicada
a la valoración ética de las acciones”. Esa valoración ética en
el ámbito público, no es percibida por un ciudadano que vive en
sospecha y que no presume inocencia. La exigencia de ese liderazgo
moral evidencia una reserva moral en el pueblo.
A los políticos no les falta razón al concluir
que superan cualquier crisis. En la mayoría de las 19 elecciones
hasta el año 68, alguna facción liberal termina envuelta en acusaciones
de fraude. Además del desprestigio que atrae, y de sufrir por lo
menos ocho divisiones, dos de ellas –el tradicional Liberal Nacional
y un Molirena que ya cumple 20 años–, perviven hasta nuestros días.
Y si concretan el sueño de unidad liberal, meterían más votos que
el propio PRD.
Aunque el PRD se declara “el brazo político
de los militares”, repite en el 94 con casi las mismas caras, con
una invasión todavía fresca. Más aun, todavía hoy mantienen mayoría
en la Asamblea y es el partido más grande de nuestra historia. Mientras,
los electores desprecian las propuestas frescas de Renovación Civilista
y Papa Egoró para seguir votando por los tradicionales. No parece
fácil demostrar a unos políticos que desquitan tamañas crisis, que
necesitan recuperar credibilidad ni siquiera con miras al 2004.
Constatamos una corriente mundial que cuestiona
a gobernantes en distintos niveles. Unos grupos rechazan la erosión
moral del burócrata. Otros se quejan de demasiada globalización
y acusan de nuestros males al “salvaje neoliberalismo”. Otros quisieran
liberalismo y globalización a ultranza. Mas todos mantienen la crítica
dentro del sistema. Avalan la propiedad privada, mientras acusan
a políticos de torcer instituciones buenas. Pero no muchos hacen
realidad con el voto, el clamor de renovación de cuadros.
Otros que van más allá, observan síntomas
de descomposición social en un sistema capitalista y su apología
a la concentración de riquezas.
Gremios privados, universitarios, obreros
y MONADESO atacan una corrupción antes que el Ministerio Público
siquiera encause a alguien. Quienes permiten poco espacio a la presunción
de inocencia, evidencian una especie de negocio de la denuncia,
en cuyas aguas revueltas pescan justos y oportunistas.
Exageran el problema quienes afirman que
la mera percepción de corrupción resulta suficiente para paralizar
la economía. De ser así, en los países desarrollados no existiría
corrupción, cosa que tampoco es cierta. Además, un país paralizado
no vive un carnaval con el afán del anterior. Es más probable que,
por sí sola, la percepción de corrupción no detenga la actividad
económica, como tampoco la estimule.
Algunos parangonan la crisis de los afudólares
con el fraude del 84, que fue el comienzo del final de la dictadura.
Mas un gobierno arnulfista, de vuelta de varios golpes, para caer
necesita más que dosis de tinta en los periódicos y de unos miles
en las calles. Incluso, un gobierno puede ver caer la credibilidad
y continuar gobernando, aunque se erosione la posibilidad de consenso.
La crisis, cuyo eje es la percepción de corrupción,
evidencia que en Panamá se practica una democracia imperfecta y
sin presunción de inocencia. Los panameños, recelosos de instituciones
todavía noveles, emitimos veredictos de culpabilidad antes que la
justicia. Aun así, vivimos una época en la que se da el debate de
ideas, se permite la expresión de la opinión pública ciudadana,
y los poderes no son desechables, pero tampoco impunes.
El autor es investigador de mercado
Además en opinión
• Dolor: I. Roberto
Eisenmann, Jr. •
Lo bueno de la corrupción: Jaime A. Porcell Alemán
• Fe de erratas
• Constituyente e
institucionalidad: Guillermo Sánchez Borbón •
Mi nieto y la Ritalina: Carmen Elena Crespo
|