Panamá, 13 de febrero de 2002
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Cuaresma: tiempo de gracia y perdón

La ceniza recuerda la condición pecadora del hombre, su mortalidad y su necesidad de conversión, como la oveja perdida que vuelva a su Pastor

Jorge De Las Casas
[email protected]

Empezó hoy el tiempo de Cuaresma. Se trata del período de cuarenta días (cuadragésima) de preparación para la Pascua.

La Cuaresma comenzó como tiempo litúrgico en el siglo IV, en el cual se practicaba ya el ayuno y la abstinencia. Con el transcurso del tiempo su práctica penitencial se ha hecho más ligera, sobre todo en Occidente, pero conservando su sentido de llamado a la conversión.

Es un período que rememora también, los 40 días de Jesús en el desierto, cuando se preparaba para su misión pública. Por lo tanto, la Iglesia pretende de sus fieles una actitud penitencial.

La penitencia es una expresión de la metanoia o conversión, por la que el pecador dirige sus actos interiores y exteriores a la reparación de sus pecados, con el cambio de vida que supone el arrepentimiento. Es la vuelta a Dios.

Los medios más manifiestos de hacer esta penitencia son el ayuno (con relación a uno mismo), la oración (con relación a Dios) y la limosna (con relación al prójimo). Sobre esta última es necesario tener en cuenta la advertencia del apóstol san Pedro, que dice que el amor “cubre multitud de pecados” (1 Pedro, 4,8.). También es importante, por lo que respecta al prójimo, hacer esfuerzos para reconciliarnos con él, ya que buscamos también la reconciliación con Dios.

Todos los cristianos tienen obligación moral de hacer penitencia, pero se disponen ciertos días en común como días penitenciales, para manifestar nuestra unidad eclesial. Son días que, según el Código de Derecho Canónico, deben servirnos para, de manera especial, intensificar la oración, realizar obras de caridad y devoción, con mayor negación de uno mismo, fidelidad a los deberes propios y observancia del ayuno y la abstinencia. Estos días penitenciales son todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma.

Ahora que hemos entrado en este tiempo, debemos recordar que Miércoles de Ceniza es día de ayuno y abstinencia, lo mismo que el Viernes Santo. Los viernes de cuaresma solo se prescribe la abstinencia (sin el ayuno). La Iglesia católica prescribe el ayuno para los mayores de edad hasta los 59 años cumplidos. Y la abstinencia para los mayores de 14 años. En ambos casos la enfermedad y la mucha pobreza son circunstancias que hacen más leve ambas prácticas o incluso pueden ser eximentes. No se requiere que el ayuno sea total (que en ese caso es a pan y agua); sino que se trata del ayuno eclesiástico, consistente en una sola comida al día, o se puede comer menos de lo usual en la mañana y en la noche. La abstinencia es privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados), y obliga a los mayores de 14 años.

Por supuesto, hay otras formas espirituales de ayuno que también cuentan: gastar menos tiempo en nuestros placeres y darnos más a los demás. El ayuno es también un símbolo o gesto de solidaridad con los que sufren o padecen necesidades.

El sentido del ayuno dado por Dios aparece en Joel y Jeremías:

“Vuelvan a mí de todo corazón, con ayuno, llantos y lamentos. Desgarren su corazón y no sus vestiduras, y vuelvan al Señor, su Dios.” (Joel 2, 12-18)

“Este es el ayuno que yo amo, oráculo del Señor: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo...” (Isaías 58, 6-9)

Simbólicamente la Cuaresma se extiende por 40 días (el 40 es un número penitencial: 40 años penó Israel por el desierto, también). Pero en la práctica son 43 días desde el Miércoles de Ceniza al Miércoles Santo (estrictamente termina antes de la misa de la Cena del Señor el Jueves Santo, que da inicio al Triduo Pascual: Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado santo).

Hoy, Miércoles de Ceniza, iremos al templo para que nos impongan la ceniza, que representa la penitencia (recordemos a los antiguos hebreos, como el rey David, vistiéndose de saco y ceniza, para expresar su arrepentimiento) y oír la voz que nos exhorta: “Conviértete y cree en el Evangelio” (Mc.1:15). Y es equivalente de la antigua fórmula: “Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir” (Gen.3:19), pues esa fórmula no tenía otro objeto que llamarnos a la conversión. Esta práctica de imposición de la ceniza se generalizó en el siglo X.

La ceniza recuerda pues, la condición pecadora del hombre, su mortalidad y su necesidad de conversión, como la oveja perdida que vuelva a su Pastor, para participar de sus delicias.

Pero las ceremonias exteriores de la Cuaresma ciertamente serían vanas si no van acompañadas de una seria reflexión sobre el sentido de nuestras vidas y actitudes humanas y una cierta mortificación que templa el carácter y nos abre al amor de Dios y del prójimo. Debemos insistir en que convertirse es reconciliarse con Dios, para lo cual debemos apartarnos del mal y reconciliarnos con nuestros hermanos, los demás hombres. Dentro de la Iglesia Católica es usual la práctica de la confesión por este tiempo.

Cuaresma es un kairos: un tiempo de gracia. Es un tiempo de perdón. Dice el Catecismo de la Iglesia que “Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras)” (n. 1438)

Es tiempo, sobre todo, de crecer en el amor fraterno y en el perdón a los demás, como deseamos ser perdonados por Dios.


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