Panamá, 8 de febrero de 2002
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La corrupción como consecuencia y no como causa

La corrupción florece en las economías intervenidas, en las que los funcionarios concentran un poder enorme que fuerza al resto de los ciudadanos a sobornarlos

Enrique David Ho Fernández
enripan1973@hotmail.com

Nuestros políticos tradicionales han querido hacernos creer que la corrupción es como el tango: que se necesitan dos para poderlo bailar. Según el Gobierno, tan corrupto es el corruptor como el corrompido, haciéndonos creer que los empresarios, los ciudadanos y el resto de la población que se presta a esta vil actividad son tan culpables como los funcionarios que la incentivan.

Esta tesis es muy cuestionable, como pretendo demostrar a continuación.

El gran error es hacernos creer que la corrupción es la causa de nuestros males. Muy por el contrario. La corrupción, más que la causa, es la consecuencia del núcleo de nuestro verdadero subdesarrollo: el tamaño del Estado y su papel intervencionista en la actividad económica. Decía el pensador Von Mises, “la corrupción es directamente proporcional a las oportunidades que se brindan al funcionario para que abuse de su poder”. Es decir, entre más controles, regulaciones y decretos haya sobre la actividad económica, más fácil resultará crear situaciones en que los particulares y las empresas, para proseguir con el día a día de sus negocios, tengan que buscar el favor de los funcionarios a través de algún tipo de soborno. El intervencionismo, al someter la economía al ámbito de la política, crea inevitablemente situaciones en que los representantes del poder público actúan a su antojo y discreción, propiciando así el aumento de la corrupción.

Los panameños no somos cómplices de la corrupción, como ha querido hacernos creer el Gobierno, sino víctimas de la discrecionalidad del poder de las autoridades sobre nosotros los ciudadanos.

Pensemos en lo que pasa cada día cuando funcionarios del Gobierno participan y obtienen licitaciones millonarias siendo a la vez juez y parte. Lo que ocurre en las oficinas de impuestos, aduanas y otras dependencias del Estado que solo pueden atravesarse gracias al favor del funcionario de turno, donde las regulaciones son complejas y sujetas a interpretación, y comparémoslo con países donde las normas son pocas y estables, donde el acceso a los mercados no está limitado por el favoritismo, los precios son libres y la intervención estatal es poca. La diferencia es clara y no se necesita abundar en mayores detalles para llevarnos a una conclusión tajante: la corrupción florece en las economías intervenidas, en las que los funcionarios efectivamente concentran un poder enorme que fuerza al resto de los ciudadanos a sobornarlos, o sufrir terribles consecuencias económicas.

Si lográsemos reducir el tamaño del Estado, su papel vicioso en la economía y la concentración de poder con que cuentan nuestros servidores públicos, pudiésemos reducir los alarmantes niveles de corrupción, ya que ella solo florece en sistemas gubernamentales abultados e intervencionistas.

El autor es asesor económico y miembro de la Fundación Libertad


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