La corrupción como consecuencia
y no como causa
La corrupción florece
en las economías intervenidas, en las que los funcionarios concentran
un poder enorme que fuerza al resto de los ciudadanos a sobornarlos
Enrique David Ho Fernández
enripan1973@hotmail.com
Nuestros políticos tradicionales han querido
hacernos creer que la corrupción es como el tango: que se necesitan
dos para poderlo bailar. Según el Gobierno, tan corrupto es el corruptor
como el corrompido, haciéndonos creer que los empresarios, los ciudadanos
y el resto de la población que se presta a esta vil actividad son
tan culpables como los funcionarios que la incentivan.
Esta tesis es muy cuestionable, como pretendo
demostrar a continuación.
El gran error es hacernos creer que la corrupción
es la causa de nuestros males. Muy por el contrario. La corrupción,
más que la causa, es la consecuencia del núcleo de nuestro verdadero
subdesarrollo: el tamaño del Estado y su papel intervencionista
en la actividad económica. Decía el pensador Von Mises, “la corrupción
es directamente proporcional a las oportunidades que se brindan
al funcionario para que abuse de su poder”. Es decir, entre más
controles, regulaciones y decretos haya sobre la actividad económica,
más fácil resultará crear situaciones en que los particulares y
las empresas, para proseguir con el día a día de sus negocios, tengan
que buscar el favor de los funcionarios a través de algún tipo de
soborno. El intervencionismo, al someter la economía al ámbito de
la política, crea inevitablemente situaciones en que los representantes
del poder público actúan a su antojo y discreción, propiciando así
el aumento de la corrupción.
Los panameños no somos cómplices de la corrupción,
como ha querido hacernos creer el Gobierno, sino víctimas de la
discrecionalidad del poder de las autoridades sobre nosotros los
ciudadanos.
Pensemos en lo que pasa cada día cuando funcionarios
del Gobierno participan y obtienen licitaciones millonarias siendo
a la vez juez y parte. Lo que ocurre en las oficinas de impuestos,
aduanas y otras dependencias del Estado que solo pueden atravesarse
gracias al favor del funcionario de turno, donde las regulaciones
son complejas y sujetas a interpretación, y comparémoslo con países
donde las normas son pocas y estables, donde el acceso a los mercados
no está limitado por el favoritismo, los precios son libres y la
intervención estatal es poca. La diferencia es clara y no se necesita
abundar en mayores detalles para llevarnos a una conclusión tajante:
la corrupción florece en las economías intervenidas, en las que
los funcionarios efectivamente concentran un poder enorme que fuerza
al resto de los ciudadanos a sobornarlos, o sufrir terribles consecuencias
económicas.
Si lográsemos reducir el tamaño del Estado,
su papel vicioso en la economía y la concentración de poder con
que cuentan nuestros servidores públicos, pudiésemos reducir los
alarmantes niveles de corrupción, ya que ella solo florece en sistemas
gubernamentales abultados e intervencionistas.
El autor es asesor económico y miembro de
la Fundación Libertad
Además en opinión
• Cosas: I. Roberto
Eisenmann, Jr.
• La sobria
virtud de la juma: Jaime A. Porcell Alemán
• ¡Ay! de
mi Constitución política: Alexis V. Herrera V
• La corrupción
como consecuencia y no como causa: Enrique David Ho Fernández
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