¡Ay! de mi Constitución política
La solución vendrá cuando
todos nos reconozcamos protagonistas del mal que ahora nos escandaliza,
nos propongamos rectificar y, con la educación, darle solución
Alexis V. Herrera V.
alexishp@icazalaw.com
Por muchos años se han dado los gritos de
la necesidad de una Constituyente como el gran remedio a todos nuestros
problemas de Estado, y siempre consideré que no era más que el último
recurso le que quedaba a mano a los que no han podido alcanzar el
poder por los medios reconocidos. Sin embargo, en estos días en
que se han dado las confesiones públicas, muestra de la corrupción
que ha llegado hasta el tuétano y de la que todos éramos sabedores,
han saltado nuevamente las voces de los viejos pregoneros de la
Constituyente y a ese coro se han unido otros que creo más sinceros,
pero no por ello también totalmente errados, totalmente ilusos,
proponiendo también la Constituyente, si no como la cura total de
nuestro mal, sí como el primer y gran paso; resultado, en mi opinión,
de la frustración, si no de la conclusión del más superficial análisis
sobre el mal que nos aqueja.
Hay que preguntarles, no a los primeros que
ven la Constituyente como el trampolín para hacerse con el poder,
sino a los que sinceramente creen o ven una nueva Constitución como
el único antídoto a nuestros males en la cosa pública, ¿quién o
quiénes propondrían o harían la nueva Constitución? ¿A quiénenes
como se preguntaba un incrédulo anciano de mi pueblo, se le confiará
tal misión?
Detengámonos por un instante y ubiquémonos
en el momento de seleccionar a los constituyentes: si lo hace el
Ejecutivo, lo hará con toda la pasión, escogiendo a sus partidarios
o al menos a quienes le simpatizan; si lo hacemos por elección popular,
me espeluzno, los constituyentes serán los mismos legisladores y
representantes de corregimiento, son los de la misma carnadura,
que en cada elección popular nos agrada elegir. Si los seleccionan
los gremios, resultarán electos los dirigentes gremiales que no
ven ni huelen más allá del interés de su grupo, si no es que tienen
aspiraciones políticas o sueños de ser al menos legislador.
Los latinoamericanos (¡y qué si no somos
latinoamericanos!), tenemos más de dos siglos de estar ensayando
con constituciones, cuyos textos son la envidia de los mejores redactores
de la ciencia política; todo está escrito y nada puede agregarse
a nuestras cartas políticas como fundamento de nuestros Estados,
pero lo triste es que esos Estados los formamos nosotros los latinoamericanos,
unos más, otros menos, pero todos hombres subdesarrollados. Tenemos
los más bellos párrafos de la prosa, casi poemas, en nuestras constituciones,
pero para lo ordinario, para las cosas del día, para lo elemental
–que los grandes pueblos no tienen nada escrito, porque son reglas
que se cumplen de puro sabido– nosotros no tenemos nada, porque
esas reglas que los hombres de los pueblos desarrollados cumplen
sin necesidad de texto escrito, no son conformes con nuestra naturaleza.
Claro que es fácil integrar una nueva Constituyente
para que los presidentes y legisladores jamás puedan reelegirse;
para que un hijo no sea suplente de su padre legislador y viceversa;
para que se eliminen las partidas circuitales; para que el voto
del legislador siempre sea de viva voz, y que su inmunidad no se
extienda a delitos comunes y que la calificación de la clase de
delito sea competencia del juez a quien se atribuye el conocimiento
del supuesto delito, a requerimiento del Ministerio Público o del
propio encausado; para que se sepa quién hará la elección de los
magistrados; para que el servidor público no sea despedido por razones
políticas y, en fin, prohibir todo lo que a lo mejor ya está prohibido
por allí en cualquier ley, decreto o según el sentido común. Pero
ese no es el problema. El problema somos todos nosotros, todos y
cada uno, en mayor o menor medida.
Basta un ejemplo, ¿qué ha logrado Colombia
con la Constituyente y la nueva Constitución hecha en tiempos de
la presidencia de Gaviria? Fue una Constituyente con todos los poderes,
barrió con todo, que por poco –y sólo gracias a la agilidad política
de Gaviria– no fue removido de la Presidencia del país, y allí está
Colombia con los mismos problemas que quisieron resolver de una
vez con aquella Constituyente.
De seguro que un destacado constitucionalista
o politólogo panameño tendrá la osadía de señalar por qué el proyecto
colombiano no fructificó.
El mal está en nosotros, desde el estudiante
de escuela secundaria, pasando por los profesionales más destacados,
hasta llegar al más común de los ciudadanos. Todos vendemos nuestros
votos (por cierto que hasta por menos de los 6 mil dólares), y todos
estamos dispuestos a comprarlos; es cuestión de oportunidad. La
coima me viene bien cuando la he de recibir y está justificado el
pago para alcanzar tal fin.
No encontraremos solución al mal que nos
aqueja; no con ninguna Constitución para deleite de los empedernidos
constituyentes o destacados juristas o dirigentes gremiales. No.
La solución vendrá cuando todos nos reconozcamos protagonistas del
mal que ahora nos escandaliza, nos propongamos rectificar y, con
la educación, darle solución, y a sabiendas de que no es tarea fácil
y mucho menos a corto plazo. Hagámoslo.
El autor es abogado
Además en opinión
• Cosas: I. Roberto
Eisenmann, Jr.
• La sobria
virtud de la juma: Jaime A. Porcell Alemán
• ¡Ay! de
mi Constitución política: Alexis V. Herrera V
• La corrupción
como consecuencia y no como causa: Enrique David Ho Fernández
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