Panamá, 8 de febrero de 2002
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La sobria virtud de la juma

Tomar tragos sin perder la compostura es una habilidad social que necesita enseñarse a su debido tiempo

Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx

Respeto al abstemio pero, por higiene mental, no lo frecuento. Las costumbres ajenas se me pegan demasiado y soy capaz de terminar abstemio de garganta y, peor, de espíritu. Aprecio la sobriedad de la institución social de la “juma” moderada, tanto como rechazo aquella entelequia torpe, tonta y sobona, que arrastra palabras y repite ideas hasta el cansancio: el borracho.

Entre extremos de borrachera y sobriedad, la “juma” moderada es la virtud del justo medio. Resulta una costumbre excelente y un activo social. Es como alimento del alma, parte integral de una dieta sana y el mejor aceite de la calistenia mental. Unos tragos son como una aspirina, sólo que funcionan más rápido. A más de bajar tensiones, reducir colesterol y riesgo de desarrollar demencia, ayudan a librarnos de la esclavitud del pensamiento racional y lógico. El buen tomador se divierte y divierte a otros, mientras previene esa tristeza que seca huesos.

Ese caos gracioso y arriesgado que es el “juma’o”, apuesta a tomar sin perder lucidez, mientras encampana su estilo para que los presentes juzguemos el vuelo. El borracho, que en su exceso brinda el espectáculo triste de exponer hoy lo que mañana será su vergüenza, siempre pierde. El abstemio no cultiva el placer de arriesgar.

La “juma” moderada, esa especie de recurso natural sustentable en la parte divertida del mundo, es un lenguaje universal de los pueblos. Hace más de 3 mil 500 años los egipcios descubren que, mientras unos persiguen la felicidad, “el juma’o” la crea. Se esmeran entonces en fermentar el jugo de uvas. No en vano tienen su Cleopatra, que de aburrida, nada. Pero, a pesar de un Cristo divertido y consciente, que convierte el agua en vino en aquella boda, algunos ilusos quisieran imaginar a Panamá abstemio.

La Ley Seca, promulgada en los años 20 en E.U., acicatea el gusto por lo prohibido y se bebe más que nunca. El placer de sacar lo que se lleva dentro, algo así como una economía de espacio para lo nuevo que emerge, que logra la bebida, parece consustancial al alma humana. Nadie pasa gratis por una “juma”.

La abstinencia total que aburridos proponen a una sociedad de bebedores, no es siquiera un objetivo real. A lo largo de la vida, en toda celebración mediarán copas. Tomar tragos sin perder compostura, “ jumarse” con moderación digo yo, es una habilidad social que necesita enseñarse a su debido tiempo. Desarrollar tan excelente destreza conlleva practicar con gente alrededor. Júmate y el mundo celebrará contigo, embriágate y acabarás solo.

El peor enemigo de la “juma” no es el dolor, la enfermedad, la crisis o la mala suerte. Es la seriedad del burro. Ese rostro largo que mira tan ensombrecido que agua el trago. Esa alma en pena que destila una sobriedad absurda, pero altamente contagiosa y que aburre hasta a las piedras. El burrico adusto olvida que la vida es sólo representación teatral, mientras toma tan en serio su papel que llega a creer que es él. Y sufre por tomar tan a pecho una vida que los dioses han creado por diversión. Más que nadie, éste necesita de una “juma” que le devuelva la noción de que, como dice la canción, “...la vida es un sueño y todo se va”.

La “juma” solamente libera el espíritu, nunca lo afina, y menos lo eleva. El alcohol no hace mejor a alguien, sólo libera inhibiciones, pero eso ya es bastante. El sustrato que emerge allí, con todo y la euforia del momento, es lo que más de verdad puede contener la expresión humana. El “juma’o” es un niño inocente.

Los muy trabajados, los cerrados de espíritu, los serios patológicos, los inexpresivos, y a los que nos gusta, algunos aprovecharemos estos carnavales para recetarnos una “juma” medicinal y dosificada. Una que sea como un limpiavidrios, que no quita todas las manchas, pero cómo contribuye en hacer más traslúcido el cristal del alma. ¡Viva Parita!

El autor es investigador de mercado

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