Panamá, 8 de febrero de 2002
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‘Al loco le queda poco’

Venezuela no quiere ser otra Cuba, y Fidel Castro no es allí ningún paradigma. Eso aún no lo ha comprendido Chávez

Plinio Apuleyo Mendoza

Extravagante instigador de la lucha de clases desde el poder, el presidente Hugo Chávez logró un milagro: unir en su contra a las clases que ha querido enfrentar. Fue lo que se hizo visible el pasado 23 de enero en Caracas. Llenando aquel día hasta el tope todo un trayecto de varios kilómetros, la marcha organizada por la oposición fue una verdadera mezcla social. Codo a codo, desfilaban señoras muy bien maquilladas y paupérrimos desempleados, empresarios y sindicalistas, estudiantes y banqueros, actrices y secretarias, intelectuales y buhoneros. Y sobre la multitud, calculada entre 100 mil ó 200 mil personas, ondeaban banderas de todas las agrupaciones políticas, desde el partido social cristiano COPEI hasta los maoístas de Bandera Roja.

Algo, pues, nunca visto. No hubo discursos, sino estruendo de cacerolas y gritos coreados a pleno pulmón: “'Arriba, abajo, Chávez p'al c.....” o “Al loco, al loco, al loco le queda poco”. No faltaron allí destellos de humor muy Caribe. Por ejemplo, la pancarta que levantaba un conocido frecuentador de bares. Decía: “Con mi whisky no se metan. Chivas sí, Chávez no”. Fue, en suma, una fiesta pacífica y monumental.

Siguiendo el ejemplo de Castro, Chávez intentó promover aquel mismo día lo que en la jerga de izquierda se llama una “movilización de masas”. Pero de muy poco le sirvió acarrear partidarios suyos de distintos lugares del país y ponerse al frente de su desfile con su inevitable boina roja de paracaidista y una estridente chaqueta que representaba los colores y las estrellas de la bandera venezolana. Gritando consignas contra la oligarquía, precedidas de un “alabí alabao”, parecía más bien el animador de una novena de béisbol que un presidente de la República.

Cuando se dio cuenta de que la difusión comparativa de los dos desfiles le sería desventajosa, prohibió el sobrevuelo de helicópteros sobre la ciudad, a fin de evitar filmaciones desde el aire, y ordenó ponerse en cadena a todos los canales de la televisión para transmitir un Te Deum en la catedral oficiado por un sacerdote que sólo tenía alabanzas para el Gobierno.

Antes del 23 de enero, Chávez estaba seguro de que sus huestes eran dueñas de la calle. Y la verdad es que pocos y valerosos opositores se atrevían a expresar protestas. Generalmente eran dispersados por los agresivos partidarios del Gobierno armados de varillas de hierro. Ahora la oposición perdió el miedo. Probó su poder por primera vez y eso lo cambia todo. Es la fuerza dominante del país.

¿Cambiará el presidente venezolano con ello? ¿Rectificará su política? ¿Moderará su lenguaje? Es más que dudoso. “'Chávez –le dijo a El País el dirigente social cristiano Eduardo Fernández– se comporta como el alacrán que atraviesa un río al lomo de un sapo y no puede resistir la tentación de clavarle su aguijón y ahogarse”. Y es cierto: el carácter de Chávez lo arrastra siempre a la confrontación directa y brutal. Contra todos: partidos, Iglesia, sindicatos, empresarios. Tal es su sino.

Enfrentado a las fuerzas vivas de la nación, con un creciente desempleo, con toda la prensa en su contra y descendiendo cada mes en las encuestas, parece difícil que él pueda llegar al final de su mandato. Cuatro años más resultan excesivos para un país exasperado, incluyendo al llamado sector institucional de las fuerzas armadas. No es un secreto. Como el propio Chávez ha querido hacer de ellas una institución deliberante, un grupo numeroso de oficiales activos, de todos los grados, se consideró autorizado para distribuir un manifiesto severamente crítico con el Gobierno. “En los dos últimos años –dice el documento– hemos podido ver que la República no termina de posesionarse, no avanza hacia su consolidación, pues se acentúa la corrupción, el enriquecimiento ilícito, el caos social, la desconfianza jurídica y el desbordamiento de la delincuencia”.

Lo menos que puede decirse con esto es que Chávez no tiene un piso seguro. Demasiados factores se conjugan en su contra. Pero no está claro lo que pueda ocurrir. Chávez no es Fernando De la Rúa. No va a salir del poder a golpe de “cacerolazos”. Militar, la oposición puramente civil la desdeña poniéndola en la cuenta de una supuesta “oligarquía”. Sólo le inquieta lo que ocurra en los cuarteles. Pero para ciertos opositores, como Eduardo Fernández, un golpe militar representa un peligro muy grande. Otros, en cambio, lo ven como una opción inevitable.

Hoy resulta claro que el país es visceralmente opuesto a cualquier forma de caudillismo marxista. Venezuela no quiere ser otra Cuba, y Castro no es allí ningún paradigma. Eso no lo ha comprendido aún Chávez, que maneja todavía una polvorienta fraseología de revolucionario de los años sesenta. El pasado 4 de febrero, décimo aniversario de la tentativa de golpe de Estado liderada por él, sus innumerables opositores en Caracas decidieron vestir trajes funerarios y poner lazos y pendones negros en sus autos y ventanas. Pues bien, de ese mismo color se está viendo el porvenir del mandatario venezolano.

El autor es escritor y periodista de El Nuevo Herald

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