‘Al loco le queda poco’
Venezuela no quiere ser
otra Cuba, y Fidel Castro no es allí ningún paradigma. Eso aún no
lo ha comprendido Chávez
Plinio Apuleyo Mendoza
Extravagante instigador de la lucha de clases
desde el poder, el presidente Hugo Chávez logró un milagro: unir
en su contra a las clases que ha querido enfrentar. Fue lo que se
hizo visible el pasado 23 de enero en Caracas. Llenando aquel día
hasta el tope todo un trayecto de varios kilómetros, la marcha organizada
por la oposición fue una verdadera mezcla social. Codo a codo, desfilaban
señoras muy bien maquilladas y paupérrimos desempleados, empresarios
y sindicalistas, estudiantes y banqueros, actrices y secretarias,
intelectuales y buhoneros. Y sobre la multitud, calculada entre
100 mil ó 200 mil personas, ondeaban banderas de todas las agrupaciones
políticas, desde el partido social cristiano COPEI hasta los maoístas
de Bandera Roja.
Algo, pues, nunca visto. No hubo discursos,
sino estruendo de cacerolas y gritos coreados a pleno pulmón: “'Arriba,
abajo, Chávez p'al c.....” o “Al loco, al loco, al loco le queda
poco”. No faltaron allí destellos de humor muy Caribe. Por ejemplo,
la pancarta que levantaba un conocido frecuentador de bares. Decía:
“Con mi whisky no se metan. Chivas sí, Chávez no”. Fue, en suma,
una fiesta pacífica y monumental.
Siguiendo el ejemplo de Castro, Chávez intentó
promover aquel mismo día lo que en la jerga de izquierda se llama
una “movilización de masas”. Pero de muy poco le sirvió acarrear
partidarios suyos de distintos lugares del país y ponerse al frente
de su desfile con su inevitable boina roja de paracaidista y una
estridente chaqueta que representaba los colores y las estrellas
de la bandera venezolana. Gritando consignas contra la oligarquía,
precedidas de un “alabí alabao”, parecía más bien el animador de
una novena de béisbol que un presidente de la República.
Cuando se dio cuenta de que la difusión comparativa
de los dos desfiles le sería desventajosa, prohibió el sobrevuelo
de helicópteros sobre la ciudad, a fin de evitar filmaciones desde
el aire, y ordenó ponerse en cadena a todos los canales de la televisión
para transmitir un Te Deum en la catedral oficiado por un sacerdote
que sólo tenía alabanzas para el Gobierno.
Antes del 23 de enero, Chávez estaba seguro
de que sus huestes eran dueñas de la calle. Y la verdad es que pocos
y valerosos opositores se atrevían a expresar protestas. Generalmente
eran dispersados por los agresivos partidarios del Gobierno armados
de varillas de hierro. Ahora la oposición perdió el miedo. Probó
su poder por primera vez y eso lo cambia todo. Es la fuerza dominante
del país.
¿Cambiará el presidente venezolano con ello?
¿Rectificará su política? ¿Moderará su lenguaje? Es más que dudoso.
“'Chávez –le dijo a El País el dirigente social cristiano Eduardo
Fernández– se comporta como el alacrán que atraviesa un río al lomo
de un sapo y no puede resistir la tentación de clavarle su aguijón
y ahogarse”. Y es cierto: el carácter de Chávez lo arrastra siempre
a la confrontación directa y brutal. Contra todos: partidos, Iglesia,
sindicatos, empresarios. Tal es su sino.
Enfrentado a las fuerzas vivas de la nación,
con un creciente desempleo, con toda la prensa en su contra y descendiendo
cada mes en las encuestas, parece difícil que él pueda llegar al
final de su mandato. Cuatro años más resultan excesivos para un
país exasperado, incluyendo al llamado sector institucional de las
fuerzas armadas. No es un secreto. Como el propio Chávez ha querido
hacer de ellas una institución deliberante, un grupo numeroso de
oficiales activos, de todos los grados, se consideró autorizado
para distribuir un manifiesto severamente crítico con el Gobierno.
“En los dos últimos años –dice el documento– hemos podido ver que
la República no termina de posesionarse, no avanza hacia su consolidación,
pues se acentúa la corrupción, el enriquecimiento ilícito, el caos
social, la desconfianza jurídica y el desbordamiento de la delincuencia”.
Lo menos que puede decirse con esto es que
Chávez no tiene un piso seguro. Demasiados factores se conjugan
en su contra. Pero no está claro lo que pueda ocurrir. Chávez no
es Fernando De la Rúa. No va a salir del poder a golpe de “cacerolazos”.
Militar, la oposición puramente civil la desdeña poniéndola en la
cuenta de una supuesta “oligarquía”. Sólo le inquieta lo que ocurra
en los cuarteles. Pero para ciertos opositores, como Eduardo Fernández,
un golpe militar representa un peligro muy grande. Otros, en cambio,
lo ven como una opción inevitable.
Hoy resulta claro que el país es visceralmente
opuesto a cualquier forma de caudillismo marxista. Venezuela no
quiere ser otra Cuba, y Castro no es allí ningún paradigma. Eso
no lo ha comprendido aún Chávez, que maneja todavía una polvorienta
fraseología de revolucionario de los años sesenta. El pasado 4 de
febrero, décimo aniversario de la tentativa de golpe de Estado liderada
por él, sus innumerables opositores en Caracas decidieron vestir
trajes funerarios y poner lazos y pendones negros en sus autos y
ventanas. Pues bien, de ese mismo color se está viendo el porvenir
del mandatario venezolano.
El autor es escritor y periodista de El Nuevo
Herald
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