Panamá, 3 de febrero de 2002
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El viejo de la montaña (I)

Guillermo Sánchez Borbón

En Génesis 18 leemos que Dios prometió a Abraham “Sara, tu mujer, tendrá un hijo”. “Y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres. Se rió, pues, Sara, entre sí diciendo: ¿Después que he envejecido tendré deleite, siendo también, mi señor ya viejo?”. Pero Dios le recordó que para él nada era imposible. Y quedó Sara encinta, y dio a luz un hijo, al que llamaron Isaac, que quiere decir “hijo de la risa” . Tiempo antes, en vista de que era machorra, Sara le había dado al octogenario Abraham (las mujeres de antes eran mejores esposas), a su sierva (que sobrellevaba el bacteriológico nombre de Agar), para que engendrara un hijo en ella, que llamaron Ismael.

Cuando nació el hijo de la risa, Sara (Génesis 21) le exigió a Abraham que echara de su casa a Agar y a Ismael. Abraham, como es natural, se resistía. Entonces intervino Dios y le dijo: “en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia. Y también del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendiente”.

Esta nación fue la árabe. Arabes y judíos son las dos ramas principales del común tronco semita. De ahí que el conflicto que hoy los enfrenta tenga la ferocidad de todas las luchas fratricidas.

Las dos grandes corrientes del Islam son la suni y la chiíta. De acuerdo con la Enciclopedia Encarta, que tengo a la vista, “el término shií proviene de la palabra shiat Alí, que significa los partidarios de Alí. Alí Ibn Albi era el yerno del profeta Mahoma”. Los chiítas padecieron siempre de una irresistible inclinación al fanatismo, al que lleva la convicción de que uno es dueño absoluto de la verdad y que, por tanto, los demás están equivocados. Como todos los extremistas, los chiítas se dividieron en sectas que se odian entre sí: se diferencian por la manera de contar los imanes. También, porque una de ellas sabía que el último imán era invisible. Tampoco voy a meterme en este entretenido bochinche. Baste con decir que una de las cuatro sectas es la de los ismaelíes, sabedores de que los imanes fueron únicamente siete. Los ismaelíes “reconocieron el nombramiento hecho por Jafar de Ismael, su primogénito, como sucesor suyo”.

Las primeras noticias que recibió el mundo no musulmán de la Secta de los Asesinos, las dio un sacerdote germano que participó en la primera cruzada. Según el imaginativo cura (Brocardus se llamaba) los sectarios eran demonios que podían disfrazarse de ángeles luminosos. En su obra The assassins. A radical sect in Islam, el arabista Bernard Lewis parafrasea a Brocardus: «Los asesinos son criminales secretos, alquilados, de una habilidad particularmente peligrosa. No los relaciona con ninguna nación, lugar o creencia religiosa. Simplemente son despiadados y competentes matones [una especie de hit men avant la lettre]». Gracias a los cruzados, la palabra asesino quedó incorporada a las lenguas europeas. “En el canto 19, Dante habla de pasada de lo perfido assassino. Su comentarista del siglo XIV, Francesco da Buti, explica una palabra que debió de parecer a la época extraña y oscura: Un asesino es alguien que mata por dinero. Otros –con más exactitud– dijeron que la víctima era siempre una figura pública. Y los sectarios los mataban por fanatismo o por codicia”. Este último motivo puede descartarse. “Un enviado de Barbarrosa escribió que hay una cierta raza de sarracenos en las montañas, a quienes, en su propio vernacular llaman Heyssessini, y en romano segnors de montana”. Asesinos viene de hashish, marihuana.

Continuaron llegando a occidente noticias, en su mayoría fantasiosas, sobre la secta. Marco Polo, recogió una versión que tuvo mucho éxito en otro tiempo. Habla de espléndidos jardines y palacios construidos por el amo de Alamut:

“A nadie”, dice Marco Polo, “se le permitía entrar a los jardines, salvo a los candidatos a asesinos. Había una fortaleza a la entrada del jardín, lo suficientemente poderosa para defenderse del mundo entero”. “A los mismos asesinos, antes de entrar al jardín, les daban a beber una pócima tan fuerte que les hacía perder el conocimiento. Lo recobraban en el jardín, convencidos de que estaban en el paraíso. Porque, además, eran atendidos en sus necesidades por señoras y damiselas hasta dejarlos satisfechos”. “De manera que cuando el viejo quería eliminar a un príncipe, le decía a uno de los jóvenes asesinos: Anda y acuchilla a fulano de tal; cuando regreses, mis ángeles os conducirán al paraíso. Y aun cuando mueras en la empresa, mandaré mis ángeles para que te lleven al paraíso”.


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