El amenazante mundo del trabajo
infantil
El peligro está cuando
el trabajo se convierte en fuente de subsistencia, arrebantándoles
a las criaturas el derecho a la educación y a otros aspectos importantes.
Geraldine Emiliani S.
gemiliani23@hotmail.com
Tiernos cuerpos sudorosos, doblados por el
esfuerzo y por el tiempo en que el sol no es paciente y la lluvia,
muchas veces, imprudente. Niños que gritan al ser arrancados de
los brazos de sus madres y ofrecidos al mejor postor en la subasta
de la intemperie de la vida misma; obligados a vivir como esclavos
y a trabajar como obreros en condiciones inhumanas.
Esta es la cruda realidad de aquellas criaturas
tanto de mi ciudad, como del campo, y las del mundo entero. ¿Seremos
tan insensibles ante tal situación lastimosa y degradante?
Esta tiránica modalidad para ellos es costumbre;
de hecho, permite a muchos hasta cierto punto salir de la pobreza
extrema. Queda patente que no se justifica el maltrato infantil
en ninguna de sus formas. Más bien, se exhorta a los seres humanos
a tratar a los demás como les gustaría que los trataran a ellos,
como seres superiores, sin importar su posición social o económica.
Estos principios son totalmente incongruentes con las formas opresivas
de esclavitud practicadas en muchas naciones, sobre todo en los
últimos tiempos. Además, existe una gran cantidad de menores empleados
de forma continua en las guerras, cuya cifra ha crecido de unos
250 mil –hace dos o tres años– a 300 mil hoy día, según la revista
Go Between. Los soldados infantiles –algunos de solo ocho años–
luchan por todo el mundo en más de 20 guerras. Los menores son obligados
a convertirse en instrumentos bélicos, ya que son reclutados o secuestrados
para ser niños guerreros, forzados así a expresar con violencia
los odios de los adultos. Para frenar esta cobardía, el Fondo de
las Naciones Unidas para la Infancia ha propuesto elevar el reclutamiento
militar a la edad de 18 años y considerar “crimen de guerra” el
reclutamiento de quienes no alcancen dicha edad. ¿Qué efectos conllevaría
en Panamá considerar “crimen de la aniquilación humana” al trabajo
infantil? ¿Tendría alguna repercusión como elemento de liberación?
Se calcula que en Gran Bretaña, pese a ser
un país occidental próspero, huyen anualmente de sus casas más de
50 mil niños, el doble de lo que antes se creía. Además, uno de
cada siete fugados acaba siendo víctima de la violencia y abuso
sexual y sometido a trabajar en la prostitución infantil.
En materia de escolaridad, todavía nos hace
falta mucho para alcanzar este objetivo. En 1948, la Declaración
Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sustentó el
derecho fundamental a la educación. Cincuenta años después sigue
habiendo más de 130 millones de niños en edad de enseñanza primaria
que no asisten a clases. Esto significa que el 20% de los niños
del mundo no recibe una educación elemental. Según un informe del
director del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, costaría
unos 7 mil millones de dólares enviar a la escuela primaria a todos
los niños del mundo. Esto es menos dinero del que gastan anualmente
los europeos en helados, o los estadounidenses en cosméticos, y
representa una mínima fracción del gasto mundial en armamento. En
Panamá, el 80% de los niños que trabajan no termina su educación
primaria.
En 1973 se prohibió el trabajo infantil y,
según el informe del diálogo mundial que tuvo lugar en la Exposición
Universal de Hannover 2000, 250 millones de niños se ven obligados
a trabajar.
Las preocupaciones también son muy diferentes,
dependiendo de la riqueza o pobreza de las naciones. Al tomar esto
en consideración, entonces Panamá no escapa de esta situación aberrante.
Cada etapa de crecimiento en el ser humano
tiene sus propias implicaciones, requisitos y potenciales. Esto
solo se puede llevar a cabo viviendo cada etapa como es. El niño,
y aún el adolescente, son seres desvalidos y dependientes. Los alimentos,
cuidados, educación y estímulos provienen de sus padres y de la
sociedad. Todos los datos e información que reciben proceden de
personas que se encuentran cerca de su espacio vital; por ello,
es causa y efecto para su vida futura estar en manos de una autoridad
responsable; ésta deberá reconocer sus necesidades básicas: físicas,
psicológicas y de aprendizaje. La niñez es época de juego, de experimento,
fantasía y exploración. Si esto se les impide, estos niños se rebelarán
llenos de frustración, convirtiéndose en una carga social.
Antes de que un niño –o un adolescente– pueda
asumir la responsabilidad de un adulto, necesita aprender lo referente
a la vida y cómo vivirla. O sea, aprender el arte de vivir.
Durante los años de la niñez y la adolescencia
el tiempo ocupa un papel de suma importancia en la enseñanza de
la responsabilidad. El trabajo en casa es la mejor disciplina que
ellos pueden tener y los libera de la ociosidad y del mal comportamiento.
El peligro está cuando el trabajo se convierte en fuente de subsistencia,
arrebantándoles a las criaturas el derecho a la educación y a otros
aspectos importantes durante esa etapa de crecimiento, lo que los
transforma en seres de rostro pálido, robotizados, manipulados y
disgustados de la vida; les quita su espontaneidad, al tiempo que
limita las oportunidades de su auténtica realización.
La autora es psicóloga clínica
Además en opinión
• Por fin, el primer
INDH: I. Roberto Eisenmann, Jr.
• La Lupe
y Celia, caras distintas de la misma gloria (2): Jaime A. Porcell
Alemán
• El desplome de la clase
política: Carlos M . Arango Jr.
• El amenazante mundo
del trabajo infantil: Geraldine Emiliani S.
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