El desplome de la clase política
Esta es una crisis política en la cual debemos actuar todos los panameños para limpiar al país de la influencia de los sinvergüenzas
Carlos M . Arango Jr.
Lo ocurrido en torno al nombramiento de dos magistrados a la Corte Suprema de Justicia y la aceptación del contrato ley del Centro Multimodal Industrial y de Servicios –aprobados por la Asamblea Legislativa tras un intenso forcejeo con el poder ejecutivo– no ha sido sorpresa, pues la percepción de la ciudadanía de que allí había un trasfondo corrupto resultó acertada, cuando explotó lo de los sobornos a los legisladores con la pública admisión de uno de ellos.
El impacto que esta situación ha tenido en la comunidad nacional ha sellado el desplome de la clase política panameña. Esta clase –nefasta para un país que se debate de escándalo en escándalo– ha quedado huérfana de confianza, dando tumbos en el recorrido de su derrumbe, y arrastrando peligrosamente a los poderes del Estado y a la institucionalidad de la República.
Estamos en un grave problema. Ante esta hora decisiva para el país, tampoco sorprende la actitud esquiva de la presidenta de la República al relegar la crisis actual a un asunto interno de un partido político. Y luego reacciona tardíamente con un discurso desgastado en el que, entre otras cosas, nombra a una comisión de notables para atender el asunto de la corrupción.
Esta fórmula la utilizan los gobernantes cuando quieren archivar un tema que les resulta incómodo. Todo esto resulta en una nueva manifestación de su incompetencia. Posiciones esquivas aumentan las suspicacias y no se corresponden con las responsabilidades de la primera magistratura de la nación.
El tráfico de influencias, el clientelismo político, el amiguismo y el enriquecimiento vertiginoso de funcionarios, son las manifestaciones de corrupción que el pueblo panameño ve todos los días, por lo que resulta muy clara su percepción de que en los tres poderes del Estado la honestidad de la gestión está muy comprometida.
¿Qué actitud debemos asumir ante una crisis de valores que nos ha explotado en la cara? Hay varias cosas que a mi juicio se pueden hacer. La crítica constante de cualquier situación que denote sospecha de corrupción debe ser presentada a la opinión pública. La Prensa, que es el diario líder de Panamá, debe ser el medio por excelencia para denunciar la corrupción, mediante la crítica seria, bien fundada, objetiva, indiscriminada y consistente. El poder que este periódico tiene debe ser correspondiente con su compromiso con la democracia, igual que lo fue en los momentos en que la dictadura militar estaba acabando con Panamá. De la misma forma debieran actuar los otros diarios y emisoras de radio y televisión.
Esta es una crisis política en la cual debemos actuar todos los panameños para limpiar al país de la influencia de los sinvergüenzas. El aporte del cuarto poder es una obligación ineludible.
Los ciudadanos debemos exigir a los partidos políticos, con nuestras opiniones, en cuanto foro público, medio de comunicación social o cualquiera otra oportunidad que se nos presente, la postulación a cargos de elección de personas de reconocida probidad personal. No se trata de postular candidatos que representen un caudal de votos determinado en el mercado electoral para ganar una elección –esa es la cultura politiquera que ha hecho crisis ahora–, sino la postulación de personas que se ganen los votos por la experiencia de vida y realizaciones concretas demostradas en lo personal, profesional o laboral, que le asegure al electorado una representación que verdaderamente trabaje por el bien de la comunidad.
Lo que le ha ocurrido al PRD es de su exclusiva responsabilidad. ¿Por qué postularon como candidatos a legisladores a personas que comprometerían la transparencia de sus actuaciones? El CEN del partido sabía muy bien quiénes eran, pero primero querían los votos en Los Santos, Chiriquí y Chepo. No se quejen ahora, cuando les ha salido la criada respondona.
Es muy posible que los partidos políticos no tomen nota de la lección de un PRD en proceso de fragmentación –en el mejor de los escenarios– y continúen con sus prácticas electoreras enfocadas únicamente en la obtención del poder público sin considerar las necesidades de los electores. En ese caso, lo que debemos hacer los electores es rebelarnos políticamente y no votar por aquellos candidatos que no merezcan una legislatura, una representación de corregimiento, una alcaldía o la Presidencia de la República, porque no son capaces de ejercer un cargo público con honestidad, eficiencia y decencia.
Solo en la medida en que, como electores, vayamos tomando conciencia de nuestro poder de escoger, podremos tener en el futuro una clase política digna de confianza y respeto, eliminándole el tumor maligno a la que tenemos en el presente.
El autor es ejecutivo retirado
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