La Lupe y Celia, caras distintas
de la misma gloria (2)
A sus más de 50 años
en escena, hace gala de tal vitalidad y lucidez que bien las quisiera
una artista con la mitad de abriles
Jaime A. Porcell Alemán
japorcell@yahoo.com.mx
“Pero tú tienes la bemba/ Bemba colorá”.
Cuando el maestro Tito Puente escuchó aquella voz grave, potente
y exacta como disparo al centro, creyó que era un hombre. Emana
del cañón de una mulata fea, pero graciosa, enfundada en la piel
de un torbellino guarachero de sonrisa amplia y bemba colorá.
Imposible imaginar la historia de la música
afrocubana sin la refulgencia de dos divas: Una, La Lupe, preferida
de intelectuales y fanáticos de su locura; la otra, Celia Cruz,
adorada por bailadores. Mientras la estrella de Guadalupe Yoli se
extingue, la de Celia de la Caridad Cruz Alonso refulge para personificar
casi un cuento de hadas.
También a Celia, la gloria la toca primero
en Cuba. Pero a diferencia de La Lupe, educa su voz, no demasiado.
En 1950, ingresa como vocalista a la legendaria Sonora Matancera,
con quien repasa el continente, durante 15 años. Se casa con el
trompetista Pedro Knight, con quien ya cumple cuatro décadas.
Con la Matancera llega a tierras panameñas
y actúa nada menos que en Chitré, en el Jardín Colonial. Retorna
a Panamá, una y otra vez. Pero igual que La Lupe, nunca más pisa
la isla. Terminan censuradas del diccionario de la música cubana,
y así, las dos divas más rutilantes del mundo latino, no existen
para la Cuba revolucionaria.
El cuento de hadas se materializa. Celia
graba ocho discos con Puente. En su Recordando el ayer, con Johnny
Pacheco, apela a la tradición del son y la guaracha, plena en fórmulas
fáciles de éxito seguro. Con Willie Colón intenta innovadora fusión
de música brasileña con el son, en una producción que sólo ellos
pueden concebir, y que da inicio al boom salsero. Obtiene éxitos
con las orquestas de Pappo Luca y Ray Barretto. Aquella voz rotunda,
representa al género en la orquesta Fania All Stars, dirigida por
el flautista Pacheco, y que incluye todas las estrellas del momento,
incluso al cantautor panameño Rubén Blades.
Cansada de repetir sobre el escenario la
graciosa anécdota del restaurante donde solicita café cubano con
azuuúcar, incorpora la dulce palabra como grito de guerra. Y ¡azúcar!
recorre medio mundo, hasta Finlandia, Suiza y Francia, donde no
entienden lo que canta, pero arrebata, mientras abre nuevos mercados
para este género exitoso que ahora denominan Salsa.
Cual breves elipsis en su ascendente trayectoria,
aporta autenticidad sonera al pop caribeño de Willie Chirino y Gloria
Estefan. También graba con los rockeros Los Fabulosos Cadillacs
y Jarabe de Palo. Saca tiempo para participar en 10 películas, entre
ellas, Los reyes del mambo y en varias telenovelas mexicanas. Hoy
día filman su vida con la estelar Whoopy Goldberg.
Mas Celia encierra incógnitas. No se sabe
quién la bautiza con aquello de “Reina de la Salsa”, aunque lleve
el título con el garbo y gracia que merece. Tampoco se conoce la
edad de la reina. Se sospecha que nació un 21 de octubre de 1924,
fecha que ella ni confirma ni niega. Le endosan hasta 84 años. Al
final, nos convencemos de que importa poco. El status de diva permite
adscribirse la edad que provoque. A sus más de 50 años en escena,
hace gala de tal vitalidad y lucidez que bien las quisiera una artista
con la mitad de abriles.
Mientras la vida de La Lupe exuda más agonía
que éxtasis, Celia merece incontables distinciones. Esta católica,
apostólica, africana, fogosa en escena, pero equilibrada tras bastidores,
ostenta casi un álbum por cada año, de una vida en que cosecha 20
discos de oro y de platino, 12 nominaciones al Grammy y tres doctorados
honoris causa. Su nombre identifica algunas de las calles más visitadas
del mundo. Desde indocumentados hasta el presidente Reagan solicitan
que se le conceda la Estrella de Hollywood. En el 97, el presidente
Clinton le otorga el National Endowment for the Arts. La humilde
maestra, a quien su padre de mala gana dejaba cantar, asciende desde
el barrio pobre de Santo Suárez hasta el sitial de la más conspicua
embajadora de la cultura latina en el mundo.
Celia, igual que Cenicienta, llega a reina,
por portarse bien. Su antónima vive sórdida y muere plebeya, para
legarnos la conciencia de que en el encanto de su sordidez, sólo
topamos la nuestra: “Según tu punto de vista, yo soy la mala”.
El autor es investigador de mercado
Además en opinión
• Por fin, el primer
INDH: I. Roberto Eisenmann, Jr.
• La Lupe
y Celia, caras distintas de la misma gloria (2): Jaime A. Porcell
Alemán
• El desplome de la clase
política: Carlos M . Arango Jr.
• El amenazante mundo
del trabajo infantil: Geraldine Emiliani S.
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