Lo que no se ha dicho
La diferencia entre ayer y hoy es que los políticos de antaño se preocupaban por comprar “el silencio” con dinero o por los medios institucionales
Mario Riega Bernal
mriega@hotmail.com
He leído el diario y me encuentro con un artículo escrito por el señor Carlos Guevara Mann, con fecha de 21 de enero de 2002, y me interesó leerlo por pensar que su autor debía hacer contribuciones objetivas para el mayor entendimiento de la situación tan grave por la que atraviesa el país. Para mi sorpresa, me encuentro con un artículo lleno de conjeturas y ejemplos que para nada aclaran las perspectivas de un joven como yo, sumado con un ataque personalizado contra un ciudadano que evidentemente no es de su misma corriente ideológica ni partidaria. Intento comprender qué es lo que pasa documentándome, y, en consecuencia de lo que leí, pude ver cómo personas de la generación del autor que mencioné, son las responsables de los altos grados de corrupción que existen en el país.
Debo agradecer al autor en mención por la lección de historia (o de histeria, por el estilo impreso en sus líneas) del último cuarto de siglo pasado. Pero para mí también es muy importante preguntarme ¿qué ocurría en los tres cuartos de siglo que no mencionan? ¿Por qué no se mencionan? ¿La historia de Panamá se inicia a partir de 1968? ¿Era honestamente el Panamá previo a 1968 mejor al posterior?
Por lo que he estudiado, aunado a los artículos de opinión, como los del distinguido constitucionalista panameño Simeón González, los escándalos de corrupción no son nuevos, los diputados se cambiaban de partido a partido, se vendían más barato todavía, e inclusive atentaban contra sus vidas, se daban golpes de Estado entre parientes y corría el dinero. La diferencia entre ayer y hoy es que los políticos de antaño se preocupaban por comprar “el silencio” con dinero o por los medios institucionales.
La corrupción era antes más lucrativa, puesto que el pueblo panameño no estaba educado. Era mero espectador de las actuaciones, prebendas y regalías de las cuales gozaban los “padres de las patria”, que resultaban ser la clase pudiente, por un derecho derivado de la divinidad y la estirpe. Y para mí, lo que resulta peor, es que la corrupción era para beneficio de una minúscula clase político-familiar pro yankee. En aquel entonces, la política era como los juegos caballerescos para los nobles feudales, exclusiva, corrupta y caprichosa. Esa clase política todavía está en la política, en su propio partido, el cual es fácilmente identificable. Al buen entendedor, pocas palabras bastan.
En definitiva, hubo cambios después de 1968 en adelante. Pero los corruptos de antaño se convierten en los nuevos “impolutos, ofendidos, fiscales, personeros e inocentes” vigilantes de la res pública”. Y hoy, regresamos a esos métodos, pero con la diferencia de que hay muchos más ceros en las cifras, que el pueblo ya sabe leer y escribir, y que ya las luchas políticas no son entre liberales y conservadores exclusivamente (que al final, todos eran familia).
Mi intención no es justificar a nadie; muy por el contrario, es hacer la reflexión más sana posible, porque para mí, que trabajo y parte de mi salario se va al Estado en concepto de impuestos, que vivo en este país y que la crisis me afecta, no es nada útil ni didáctico para el país los artículos como el publicado por el autor en mención. Las reflexiones teñidas de emoción ya las hizo el escritor Guevara Mann, mi aporte es lo que faltó en su escrito.
Utilizando el genuino derecho a réplica, y ahora expresando mi opinión, hago un llamado a la conciencia de los jóvenes como yo. Exijo que la historia se narre completa, porque fácil es engañar al neófito, y no estoy dispuesto a cargar con los vicios ni las acciones de generaciones corruptas, ni observar cómo cruzan las acusaciones de un lado al otro, sin que de allí pasen. Pido justicia y depuración en el Estado, verdades comprobables, y apoyo real a las instituciones de justicia, real independencia de los órganos del Estado, cuentas claras y honestidad en las declaraciones. Políticos, háganse un favor: recuerden que las promesas que valen, son las que se cumplen. Conciudadanos, hagámonos otro: no comamos cuento, y menos de un Gobierno como este, que da asco, que miente a diario, que acusa a su contraparte para justificar su ausencia de políticas de desarrollo, gestión y crecimiento económico, poniéndonos en diatribas y polémicas absurdas para crear distracciones, que resultan verdaderos cortinazos de humo para crearse una sombra artificial y cometer sus malos manejos y actividades que dejan mucho que decir.
El autor es estudiante de derecho
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