Panamá, 23 de enero de 2002
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Se llama así porque restaura

Ya para 1771, en los diccionarios aparecía restaurateur o restaurador como “aquel versado en el arte de preparar los verdaderos caldos conocidos como restauradores y el derecho de vender todo tipo de flanes, arroces, pastas, huevos, pollos hervidos, frutas en conserva y otros alimentos... “

Ana Alfaro
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

El hombre, antes de ser sedentario y formar sus grandes ciudades, era nómada (pues claro). Pero desde que nació la primera comunidad fija, se creó la necesidad del primer viajero de desplazarse del punto A al punto B. Los más afortunados lo hacían con estilo: llevaban sus cocineros y provisiones en su séquito. Para muchos no era séquito, sino apenas un saquito con costras de pan viejo. Para aliviar al viajero, brotaron al pie del camino que si un albergue, que si un hostal donde pasar la noche y llenar la panza.

Sin embargo, no es este, sino el fenómeno metropolitano el que nos ocupa hoy: el del restaurante. Las ruinas de Pompeya contienen restos de una taberna donde se expendía comida y vino, pero el precursor del restaurante moderno es el café. Desde que se abrió el primer café en Constantinopla en 1475 (se llamaba Kiva Han), comenzó lentamente a esparcirse la costumbre por Europa. Para 1645 abrió uno en Italia, en 1652 en Inglaterra y en París se abrió el primero en 1672, unos años después de que el embajador de Turquía le enseñara a Luis XIV a tomar café.

Pero si bien el café público –donde acudían artistas e intelectuales a intercambiar ideas ya grandes, ya banales; a leer los diarios o a jugar billar– fue uno de los predecesores del restaurante moderno, no fue hasta la revolución francesa, en que perdieran la cabeza el otro Luis y su reina, que se crearon las circunstancias ideales. Y verás, mi querido saltamontes, no solo es la naturaleza la que aborrece el vacío: también lo aborrece el estómago, y lo detesta la ley de la oferta y la demanda. Porque resulta que cuando cayó la monarquía y con ella la aristocracia, se creó un gran desempleo entre los cocineros de la nobleza. A la misma vez, la turbulenta época llevó a muchas personas del campo a las grandes ciudades. Estos dos fenómenos sociales de fines del siglo XVIII fueron padre y madre del restaurante moderno, cuya principal bondad radicó en su variada oferta, que permitía al cliente comer lo que quisiera, cuando y en la cantidad que quisiera. Antes de esto, la hospitalidad gastronómica en Francia la regían los gremios: que si los traiteurs o proveedores de alimentos (como los que hacen catering), los rosticeros (asados), los taberneros (vino), los panaderos, charcuteros, etc. El rosticero, por ejemplo, no podía servir un ragout, plato que implica el cocimiento de una carne (o ave o pescado) dentro de un caldo, generalmente con vegetales, hierbas, etc. Pero como la revolución trastocó los gremios, pronto cada local pudo servir toda clase de platillos, desde sopa hasta postre.

En el entonces, el restaurant se refería a un caldo restaurativo, o sea que diera brío y fuerzas al necesitado, y el local donde se administraba la poción se llamaba bouillon. En 1765 el dueño de uno de estos sitios, un tal Boulanger, añadió a su menú un platillo de patas de cordero: Pieds de mouton a la sauce poulette, donde la sauce poulette era una salsa espesada a base de yemas. En seguida le cayó encima el gremio de los traiteurs, alegando que el tío no tenía derecho de servir un ragout. Pero como técnicamente el platillo no era un ragout, se les fue al traste la demanda, abriendo el compás para que cada cual sirviera lo que quisiera, cuando quisiera.

Ya para 1771, en los diccionarios aparecía restaurateur o restaurador como “aquel versado en el arte de preparar los verdaderos caldos conocidos como restauradores y el derecho de vender todo tipo de flanes, arroces, pastas, huevos, pollos hervidos, frutas en conserva y otros alimentos... ”. El restaurador tenía control completo del servicio del vino y del alimento, y podía cobrar todo con una sola cuenta, a diferencia del método anterior, que exigía que cada rubro se cobrara por separado.

Constan algunas excepciones anteriores a la revolución que comenzara con la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789: En 1782 abrió sus puertas un restaurante llamado La Grande Taverne de Londres, bajo la dirección del celebrado Antoine Beauvilliers y hubo por lo menos tres más, donde comenzó el fenómeno del restaurante como reconstituyente intelectual además de físico. Y parte de la fama de la gastronomía francesa se debe no solo a las recetas y máximas de su cocina, sino a que haya sido París la cuna del restaurante.


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