Paracaidismo periodístico
El problema de estos “espaldas mojadas” del periodismo no es nuevo; tuvo su génesis en el militarismo, cuando se crearon leyes de prensa para repartir idoneidades periodísticas como si fueran gladiolas
Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com
Nunca olvidaré las fiestas de quinceaños (a mediados de la década del 60) en la hermosa y tranquila Betania. Recuerdo aquella noche cuando todas las miradas estaban fijas en el espigado Eric Murillo —compañero de Vial de las Acacias— en momentos que bailaba el vals con una bella quinceañera llamada María del Carmen.
Los presentes estaban extasiados. Unos cautivados por la belleza de las suaves notas del clásico Danubio Azul, y otros, entre ellos el padre de la quinceañera, por la cantidad de jóvenes incógnitos que acompañaban a Murillo. En la brigada de “paracaidistas” (entrar a la fiesta sin tarjeta) sobresalían Manuel Mora, “Pollollo” Gordillo, Antonio Cuban, “Fulo” Cartagena, Félix Stanziola. El contacto con la familia era “Juamba” García, un experto capaz de escalar cualquier fortaleza con tal de entrar a una fiesta. Eric Murillo, el carismático líder del grupo, fue asesinado el 3 de octubre de 1989 (era mayor de las Fuerzas de Defensa) por órdenes del general Manuel Antonio Noriega.
El paracaidismo —no el festivo— siempre ha sido un mecanismo muy eficaz para caer en forma inesperada en un lugar específico. Se ha utilizado en invasiones bélicas, para auxiliar con alimentos y medicamentos a pueblos sitiados, para prestar ayuda humanitaria, como es el caso de la Cruz Roja, y también por algunos aficionados al periodismo para incursionar en gremios como el Colegio Nacional de Periodistas (CONAPE).
El pasado 15 de enero, Marcos Castillo, aspirante a presidente del CONAPE, dejó al descubierto a un grupo de “esporádicos” que intentaban entrar al gremio por la puerta de la cocina, con el propósito de tener voz y voto en la elección de la nueva junta directiva, el próximo 25 de enero. La principal credencial de los intrusos: ser comentaristas de radio. ¡Ay bendito!, tendríamos que recoger también a todos los llamados disc jockeys, algunos de ellos implacables verdugos del idioma.
Pero la denuncia a tiempo de Castillo motivó que los paracaidistas del periodismo se quedaran suspendidos en el aire. Recordemos también que la Junta de Admisión del CONAPE, compuesta por experimentados periodistas, no cree en duendes con espejitos, ni toma caldo gallego con carrizo.
El problema de estos “espaldas mojadas” del periodismo no es nuevo; tuvo su génesis en el militarismo, cuando se crearon leyes de prensa para repartir idoneidades periodísticas como si fueran gladiolas. Las recibieron ordenanzas de los cuarteles, soplones, conductores “de confianza” y una que otra empleada doméstica de los oficiales de alto rango. Las placas de prensa se las dieron hasta a los vendedores de enciclopedias.
En esos tiempos, las conferencias de prensa se llenaban de falsos periodistas, quienes a la hora de las preguntas y repuestas se enlistaban para bloquear las interrogantes de los verdaderos reporteros. ¿Es cierto que ha mejorado el servicio telefónico?, ¿a que se debe la disminución del déficit habitacional?, ¿Como calificaría su gestión al frente del MIDA?, eran algunas de las preguntas que hacían estos farsantes.
Es conveniente y enriquecedor que haya profesionales de otras ramas que se especialicen en el periodismo y la investigación; lo inaceptable es que haya personas que de repente —como los genios de Aladino— surjan como periodistas, con el único fin de obtener ventajas políticas, pecuniarias y personales.
Los dos candidatos a la presidencia del CONAPE, Marcos Castillo y Fabio Pino, están de acuerdo con la revisión y reforma del estatuto, a fin de perfeccionar los mecanismos de selección de los que aspiran a entrar al gremio. Esta vez el paracaidismo falló, pero hay que mantenerse alerta porque no faltarán los nuevos intentos.
La famosa periodista chilena Alejandra Matus dijo una vez en La Prensa que nadie que no haya sido reportero puede considerarse periodista. Esta es una profesión de mucha responsabilidad, y no una forma de mantener la vigencia y hacerse una imagen pública —para provecho personal— mediante el ejercicio de un “periodismo de sofá”.
El autor es periodista
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