Panamá, 18 de enero de 2002
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Esperando que las cucarachas salgan

La discreción y prudencia en casos de extrema magnitud como éste es fundamental, máxime cuando nos encontramos en posición de no poder lanzar la primera piedra

Celinda Pérez De León

Lo delicado y profundo de las acusaciones efectuadas por el legislador Carlos “Tito” Afú del circuito 7-1, provincia de Los Santos, contra legisladores de su propio partido, es un asunto de reflexión. Porque no solamente se trata de legisladores de su colectivo político, sino que embarra la dignidad y “honorabilidad” de los que comparten otros ideales partidistas. Aun cuando no es ajeno para la ciudadanía panameña y para el mundo que nos observa la deteriorada imagen en la que se encuentra nuestra democracia y más significativo aún, la falta de moral, respeto y decencia de nuestros gobernantes, lo expresado por el legislador Afú -lejos de verse como honesto de su parte-, corrobora lo que ya todos sabíamos. Sin embargo, sus declaraciones por un lado, improvisadas y no pensadas; y por el otro, totalmente seguras, dejan a los organismos competentes un duro hueso que roer y de incalculables consecuencias para el sistema Ejecutivo, Judicial y Legislativo que nos gobierna, de no atenderlo con la prontitud que se requiere. Cada una de las denuncias de corrupción expresadas (llámesele soborno, prebendas, mordidas o cualquier otra cosa), implican al legislador en la misma medida en el que él pensó involucrar a los demás. Lo que es peor aún, la confianza que el pueblo tableño le tenía y no solamente su pueblo, sino la envidiable labor reconocida por los otros circuitos vecinos, ya no tendrá transparencia y brillantez, e indudablemente cada una de las acciones emprendidas y los proyectos que consiga en pro de su pueblo, se verán manchados con la incertidumbre del soborno como ingrediente primordial para conseguir con el Ejecutivo el plato principal. Eso no debe llamarse una gestión positiva y honesta, como tampoco es cuestión de avanzar calladamente esperando que las “cucarachas salgan”, porque al final terminamos siendo cómplices del sistema, aun cuando dándonos golpes de pecho pretendamos denunciar públicamente cualquier acto de corrupción. La discreción y prudencia en casos de extrema magnitud como éste es fundamental, máxime cuando nos encontramos en posición de no poder lanzar la primera piedra. Ya es hora de que se piense seriamente como alternativa o solución definitiva, la de eliminar la palabra “honorable”, o mejor aún, eliminar la tan cuestionada Asamblea Legislativa.

La autora es ingeniera

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