Panamá, 13 de enero de 2002
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Deudas y recetas

Las lamentables izquierdas del Tercer Mundo presentan la deuda externa como si de una conjura imperialista se tratara

Guillermo Sánchez Borbón

El historiador Hubert Herring relata este pasaje de la historia argentina:

“La expulsión de Juárez Celman, en 1890, automáticamente colocó al vicepresidente Carlos Pellegrini en el poder, pero este estadista, más capaz, se negó a aceptar la presidencia hasta que se diera cumplimiento a sus condiciones. Convocó a un grupo de hombres opulentos y les dio detalles sobre la bancarrota nacional y la falta de pago de empréstitos ingleses y contratos ferroviarios. Dijo: Si no pagamos, la Argentina entra en el Libro Negro de naciones insolventes. Los banqueros, comerciantes y estancieros prestaron oídos a esta apelación a su patriotismo y acordaron [donar]17 millones de pesos al tesoro nacional. Pellegrini, así fortalecido, asumió el cargo con el general alivio de los preocupados argentinos”.

Esta cita demuestra varias cosas: primero, la vigorosa personalidad de Pellegrini. Segundo, el tamaño, más bien modesto, de la deuda externa que le puso los pelos de punta. Tercero, la conciencia patriótica de los empresarios de la época, en contraste con sus ávidos colegas de hoy, preocupados únicamente por el aumento de sus caudales e indiferentes a la suerte de la nación.

En el año 2002 la deuda externa argentina no es de 17 millones de pesos, sino de 156 mil millones de dólares.

Las lamentables izquierdas del Tercer Mundo presentan la deuda externa como si de una conjura imperialista se tratara. Como si los malévolos banqueros internacionales, pistola en mano, a la fuerza les hubieran llenado los bolsillos de dólares a los gobernantes. En esto de la deuda externa, hay dos grandes culpables: los que prestaron el dinero, y los que lo pidieron prestado, sin tomarse la molestia de medir antes la capacidad de pago de sus naciones. Los gobernantes de antes, tan vilipendiados hoy, no hubieran sucumbido a la tentación. Eran hombres providentes, que sabían hasta dónde podían entramparse los países confiados a su custodia.

Tan responsables son los economistas del Primer Mundo, que persuadieron a los bancos de que los Estados no podían quebrar, como los economistas criollos que convencieron a los gorilas —que a la sazón dominaban el paisaje político del hemisferio— de que podían endeudarse indefinidamente. Gracias en parte a todos ellos, el “proceso de cambios revolucionarios” nos legó una deuda externa de siete mil millones de dólares. Estos magos de la estafa nos pudrieron el presente y nos escamotearon el futuro.

Volviendo a nuestro tema. Lo cierto es que los argentinos tienen muchos años de vivir por encima de sus posibilidades. La segunda guerra mundial les ofreció, en bandeja de plata, una gran oportunidad. La neutralidad les permitió vender sus granos y carnes a todos los contendientes y obtener, así, astronómicas ganancias; pero Perón, en vez de usar las reservas acumuladas para las inversiones de capital que necesitaban con urgencia la ciudad y el campo, las empleó para financiar —por pura demagogia— un nivel de vida que no podía pagar la economía nacional. Hacia 1955, pocos antes de que lo derrocaran, ya estaban a la vista las desastrosas consecuencias económicas de su política: la inflación había devuelto a los obreros el nivel de vida que tenían antes de la “revolución”. Por demagogia también, Perón nacionalizó los ferrocarriles y otros servicios públicos, cuya vida útil ya había llegado a su fin. Esto fue, durante muchos años, el mayor componente de los increíbles déficit fiscales argentinos. Desgraciadamente, a Perón lo tumbaron antes de tiempo. Si lo hubieran dejado un año más en el poder, el pueblo mismo lo habría sacado a sombrerazos.

Para terminar quiero decir algo. Los políticos de nuestro tiempo, y los economistas que los asesoran, hacen experimentos con sus países, como si fueran conejillos de Indias. Tengo edad para recordar las recetas milagrosas que hace años prescribía la CEPAL (sustitución de importaciones y reformas agrarias improvisadas por teóricos urbanos que tenían el cerebro lleno de ideas a medio cocer). Esta receta fracasó. Como fracasó el atajo marxista-leninista que llevó a Cuba a su tristísima situación actual.

Recientemente políticos y economistas nos trajeron la buena nueva de la globalización y de un leseferismo desaforado, completamente anacrónico. Unamuno advirtió que “esta escuela clásica de economía política” “ha sido hasta ahora anarquista en el fondo”. Según los nuevos profetas del viejo credo, hay que dejar a la sociedad a merced de las fuerzas destructivas de la oferta y la demanda. En este esquema, el Estado queda fuera del baile. Y poner a nuestros pobres campesinos a competir con los agricultores altamente subvencionados (y tecnificados) de Canadá y Estados Unidos, con consecuencias que no era menester ser un vidente para predecir. Por otra parte, se desató el frenesí privatizador. En Panamá estamos bien familiarizados con la fórmula. Empresas tan rentables como el INTEL, fueron liquidadas para cumplir con el nuevo evangelio y de paso recompensar generosamente a los nuevos políticos por sus herniantes esfuerzos intelectuales.


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