Panamá, 6 de enero de 2002
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Del descubrimiento del anillo

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

Nadie podrá regatearle a Tolkien el oficio de buen narrador, de buen escritor que sabe ganarse el ánimo de los lectores

Obra: El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo

Una de las enseñanzas de la trilogía de El Señor de los Anillos es que los seres humanos somos la raza más propensa a caer en actos de bajeza.

Dentro del amplio, complicado y sofisticado mundo mitológico que creó John Ronald Reuel Tolkien para las hazañas de Frodo Baggins, no hay una gran cabida heroica para los hombres mortales como él los llama, pues de todos los habitantes de su Tierra Media, son los más inestables y proclives a la codicia, a la envidia y al deseo incontrolable del poder.

La poca confianza de Tolkien en sus semejantes es totalmente comprensible, pues fue testigo presencial de la Primera Guerra Mundial y tuvo una breve participación en la segunda.

Pero no crea que su contacto con lo peor de los humanos comenzó cuando estallaron las bombas y se escucharon las ráfagas de balas, ya que de niño vio cómo su madre enfermaba debido al clima imperante en el continente africano y por los malos tratos físicos y emocionales que recibía de su esposo, quien a su vez falleció cuando el pequeño J.R.R. tenía cuatro años de edad.

Los afables hobbits

El hecho de que los hobbits, gente diminuta a la que pertenece el valiente Frodo, sean afables y gustosos de usar ropa brillante y rara vez de ponerse zapatos; que les encanten las bromas sencillas y comer seis veces al día, así como cantar, bailar, silbar y hacerse regalos espontáneamente, fue una manera de sobrellevar su condición de chico pobre y huérfano. Era su forma de sentir en la piel de sus personajes aquellos placeres terrenales que no pudo disfrutar cuando debió.

Además, su sueño inalcanzable era que las personas fueran como los hobbits, es decir, individuos que aman la paz, la tranquilidad, que no acostaban temprano a los niños y que estiman todas aquellas actividades que no conlleven la utilización de máquinas.

De adulto, como era de esperarse, Tolkien se fue transformando cada vez más en Gandalf el gris, el mago que es el consejero y líder espiritual de La Comunidad del Anillo, ese gallardo colectivo que tiene como norte destruir ese anillo que gobierna a todos los que están en la Tierra Media. A diferencia de los seres humanos, Gandalf es inteligente, audaz y dueño de poderes increíbles.

Para comprender cabalmente El Señor de los Anillos lo ideal es leerse previamente El Hobbit, una novela que escribió Tolkien para sus hijos y que se publicó en 1937, años antes de que se editara la famosa trilogía que ha sido traducida a docenas de idiomas y que vendió en el siglo XX más de 100 millones de ejemplares.

En El Hobbit se hace una profunda explicación sobre el origen, las costumbres y las tradiciones de los hobbits, especialmente los de la Comarca, de donde provenían sus representantes más reconocidos: Frodo, su tío Bilbo Bolsón y sus inseparables amigos Pippin y Sam.

Entre el bien y el mal

Por otra parte, al leer la primera parte de El Señor de los Anillos, uno descubre el profundo conocimiento lingüístico y literario que tenía Tolkien sobre las antiguas mitologías germánicas y escandinavas, plataforma teórica que le permitió construir el pasado, el presente y el futuro de los hobbits, los elfos, los enanos, los orcos y los hombres mortales.

Tal dominio también le permitió a Tolkien reflexionar sobre sesudos problemas filosóficos y teológicos, principalmente la lucha entre las fuerzas del bien y del mal y cómo el poder transforma negativamente el alma.

Si hay que encontrarle un contra a este magnífico libro, es que Tolkien apenas le da protagonismo a las mujeres (algo que el realizador Peter Jackson modificó en su extraordinaria versión cinematográfica) y a las minorías étnicas.

En tiempos en que los éxitos de venta están generalmente divorciados de la excelencia, en una época en que los críticos miran con desdén todo producto literario rentable, El Señor de los Anillos se convierte en un punto conciliador.


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