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Del descubrimiento del anillo
Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com
Nadie podrá regatearle
a Tolkien el oficio de buen narrador, de buen escritor que sabe
ganarse el ánimo de los lectores
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Obra: El Señor de los Anillos:
La Comunidad del Anillo
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Una de las enseñanzas de la trilogía de El Señor
de los Anillos es que los seres humanos somos la raza más propensa
a caer en actos de bajeza.
Dentro del amplio, complicado y sofisticado
mundo mitológico que creó John Ronald Reuel Tolkien para las hazañas
de Frodo Baggins, no hay una gran cabida heroica para los hombres
mortales como él los llama, pues de todos los habitantes de su Tierra
Media, son los más inestables y proclives a la codicia, a la envidia
y al deseo incontrolable del poder.
La poca confianza de Tolkien en sus semejantes
es totalmente comprensible, pues fue testigo presencial de la Primera
Guerra Mundial y tuvo una breve participación en la segunda.
Pero no crea que su contacto con lo peor
de los humanos comenzó cuando estallaron las bombas y se escucharon
las ráfagas de balas, ya que de niño vio cómo su madre enfermaba
debido al clima imperante en el continente africano y por los malos
tratos físicos y emocionales que recibía de su esposo, quien a su
vez falleció cuando el pequeño J.R.R. tenía cuatro años de edad.
Los afables hobbits
El hecho de que los hobbits, gente diminuta
a la que pertenece el valiente Frodo, sean afables y gustosos de
usar ropa brillante y rara vez de ponerse zapatos; que les encanten
las bromas sencillas y comer seis veces al día, así como cantar,
bailar, silbar y hacerse regalos espontáneamente, fue una manera
de sobrellevar su condición de chico pobre y huérfano. Era su forma
de sentir en la piel de sus personajes aquellos placeres terrenales
que no pudo disfrutar cuando debió.
Además, su sueño inalcanzable era que las
personas fueran como los hobbits, es decir, individuos que aman
la paz, la tranquilidad, que no acostaban temprano a los niños y
que estiman todas aquellas actividades que no conlleven la utilización
de máquinas.
De adulto, como era de esperarse, Tolkien
se fue transformando cada vez más en Gandalf el gris, el mago que
es el consejero y líder espiritual de La Comunidad del Anillo, ese
gallardo colectivo que tiene como norte destruir ese anillo que
gobierna a todos los que están en la Tierra Media. A diferencia
de los seres humanos, Gandalf es inteligente, audaz y dueño de poderes
increíbles.
Para comprender cabalmente El Señor de los
Anillos lo ideal es leerse previamente El Hobbit, una novela que
escribió Tolkien para sus hijos y que se publicó en 1937, años antes
de que se editara la famosa trilogía que ha sido traducida a docenas
de idiomas y que vendió en el siglo XX más de 100 millones de ejemplares.
En El Hobbit se hace una profunda explicación
sobre el origen, las costumbres y las tradiciones de los hobbits,
especialmente los de la Comarca, de donde provenían sus representantes
más reconocidos: Frodo, su tío Bilbo Bolsón y sus inseparables amigos
Pippin y Sam.
Entre el bien y el mal
Por otra parte, al leer la primera parte
de El Señor de los Anillos, uno descubre el profundo conocimiento
lingüístico y literario que tenía Tolkien sobre las antiguas mitologías
germánicas y escandinavas, plataforma teórica que le permitió construir
el pasado, el presente y el futuro de los hobbits, los elfos, los
enanos, los orcos y los hombres mortales.
Tal dominio también le permitió a Tolkien
reflexionar sobre sesudos problemas filosóficos y teológicos, principalmente
la lucha entre las fuerzas del bien y del mal y cómo el poder transforma
negativamente el alma.
Si hay que encontrarle un contra a este magnífico
libro, es que Tolkien apenas le da protagonismo a las mujeres (algo
que el realizador Peter Jackson modificó en su extraordinaria versión
cinematográfica) y a las minorías étnicas.
En tiempos en que los éxitos de venta están
generalmente divorciados de la excelencia, en una época en que los
críticos miran con desdén todo producto literario rentable, El Señor
de los Anillos se convierte en un punto conciliador.
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