Unidad y disgregación
El retorno de la democracia creó en el pueblo panameño expectativas extravagantes: muchos creyeron que nos íbamos a acostar pobres y a levantarnos ricos
Guillermo Sánchez Borbón
El PRD nació como un apéndice político de
la dictadura militar, cuando la presión del órgano legislativo norteamericano
-que debía aprobar los tratados- forzó a Carter, a su vez, a presionar
a Torrijos para que abriera el compás, restableciera algunas libertades
y permitiera que partidarios y adversarios de los tratados los debatieran
públicamente. De ahí el “veranillo democrático”. Unos años más tarde,
por primera vez, la oposición participó en elecciones parciales,
en las que el PRD salió tan mal parado, que en un hoy por hoy La
Prensa comentó, citando a Quevedo, que el nuevo partido había “juntado
pañales y mortaja”.
Fue revivido a punta de dinero, de una burocracia
monstruosamente hipertrofiada y de una conjunción de intereses opuestos
(la Tendencia y el Frente Empresarial, la corrupta dirigencia sindical
y el sórdido CONEP) que le dieron al Estado panameño un perfil corporativo.
Superaron las pruebas electorales posteriores con fraudes cometidos
no por los dirigentes políticos (como fue el caso del liberalismo
panameño), sino por los militares. Cualquier desavenencia o amenaza
de escisión que surgiera en las filas del PRD, era zanjada por los
cuarteles, suprema instancia cuyos fallos eran inapelables.
Visto por fuera, y probablemente también
por dentro, el sistema adolecía de muchos defectos, pero tenía una
ventaja inestimable: los cuarteles mantenían la unidad interna del
partido y la disciplina, y el servilismo de sus jefes y jefecillos.
Ninguno de ellos se atrevía a desafiar a los gorilas, por miedo
a caer en desgracia y privarse de una fuente inagotable de dádivas
y sinecuras personales. Como se sabe, la papa es un poderoso pegamento,
una especie de crazy glue.
La desaparición de las FDF del escenario
produjo al principio una especie de pánico; pero el gobierno de
Endara no persiguió a nadie y respetó las credenciales de los pocos
legisladores que sacó el PRD en mayo de 1989. Y, a principios de
enero del 90, el toro y Ritter, si no me equivoco, acudieron al
Palacio de las Garzas, donde los recibió el nuevo presidente. Endara
les dio su garantía personal de que podían participar libremente
en la vida política de la nación.
Fuera de la papa, y sin militares que impusieran
la paz interna, el principal factor de aglutinación durante este
período fue el fervor partidista que engendra la semi-clandestinidad
y la marginación. Además, el retorno de la democracia creó en el
pueblo panameño expectativas extravagantes: muchos creyeron que
nos íbamos a acostar pobres y a levantarnos ricos. Como no fue así,
el PRD, envalentonado, participó en una serie de elecciones parciales
celebradas en 1990, y las ganó todas, o casi todas. Esto, por así
decirlo, le devolvió el alma al cuerpo. Vislumbraron, de pronto,
la posibilidad de recuperar el poder, aupados por la ola de desencanto
y descontento populares, cosa que lograron en 1994, con una maquinaria
electoral que durante ese tiempo mantuvo bien aceitada la fortuna
personal del toro. Una vez en la presidencia, Pérez Balladares,
hombre autoritario, mantuvo la unidad del PRD (y la sumisión de
sus legisladores) con la probada fórmula del palo y la zanahoria.
Pero el plebiscito cuarteó irreparablemente su autoridad y (aunque
él parece no haberse dado cuenta todavía) puso fin a su carrera
política.
Sin gorilas, sin marginación, sin el pegamento
de la papa (y el correspondiente sistema de castigos y recompensas
que instituyó el toro), con el peligro mortal que pende sobre las
partidas circuitales, no existe hoy ninguna fuerza externa (ni interna)
que mantenga la unidad y cohesión del PRD. Esto lo pondrá a prueba
el escogimiento de los nuevos magistrados. Nadie teme ya las amenazas
del CEN, cuya autoridad pueden ignorar los legisladores con absoluta
impunidad, sin que los embarace la hueca amenaza de revocarles el
mandato. Por otra parte, de ninguna manera deben -so capa de la
disciplina partidista- resignar su facultad de raciocinio (lo único
que en realidad nos diferencia de los monos y de los loros) en seres
inferiores a ellos, seres cuya inteligencia y capacidad de análisis
político no inspiran la menor confianza. Lo mismo vale para los
legisladores arnulfistas: Les aconsejo que no voten contra su conciencia,
ni contra su voluntad. Los mediocres jefes de su partido tampoco
pueden revocarles el mandato.
El partido es una institución moribunda.
Y ésta es la principal causa de la disgregación de las colectividades
políticas y de la pérdida de autoridad de sus líderes en todo el
mundo, fenómeno que, por falta de espacio, no puedo analizar aquí.
Además en opinión
• Unidad y disgregación:
Guillermo Sánchez Borbón •
Montesinización: Jorge Eduardo Ritter
• Cómo
Washington respondió al 9 de Enero: Betty Brannan Jaén
• ¿Moral política
o real politick? : Rafael Mezquita
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