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Cuando arden las bardas del vecino
El descontento popularterminó por poner lascosas al revés y descuadernar la institucionalidad democrática recuperada
Fernán Molinos D.
“Este país es tan grande que ni los políticos han podido acabar con él”, expresaban, con ese aire tan suyo, los argentinos. Bueno, parece que finalmente los políticos lo lograron.
Hoy, el país está postrado en la más grande crisis de su historia. Las causas son muchas; los responsables, no tantos.
El descontento popular terminó por poner las cosas al revés y descuadernar la institucionalidad democrática recuperada con el alejamiento del poder de las cúpulas militares a consecuencia directa del fracaso en la Guerra de Las Malvinas. La larga dictadura, extendida desde Onganía hasta Galtieri, apenas se vio interrumpida por el mandato fugaz de Cámpora para dar paso al gobierno de Perón y, tras la muerte de éste, al de su viuda y López Rega.
El último gobierno de Perón resolvió para muchos argentinos uno de sus grandes traumas nacionales: el regreso largamente postergado desde Madrid del viejo caudillo. Ello trajo consigo todo lo que se vio después. El otro - que su país no hubiera sido conquistado por los británicos- no puede ser exorcizado.
La proverbial riqueza del país que por muchas razones ha sido llamado tantas veces “granero del mundo”, vino a convertirse, en sólo algunas décadas, en una de las mayores deudas internacionales del planeta: más de 130 mil millones de dólares americanos. Y al pábulo del endeudamiento, la parálisis de la capacidad de la administración para resolver lo más inmediato. A punto seguido, una cesantía laboral contada en millones y expresada en una pauperización que sólo podía dar curso a los estallidos de rebeldía anárquica vistos en días pasados. El caos.
Pero el recuento no explica plenamente lo que pasó. Los antecedentes reseñados, proporciones establecidas, se repiten en la historia reciente de varios países latinoamericanos. ¿Y cómo pudo ser que fuera precisamente en Argentina, cuyas características perfilan una de las entidades nacionales más evolucionadas del Hemisferio?
El caso llama a reflexionar sobre las situaciones larvales de otros países del continente con signos similares a los que terminaron por caldear lo que hoy vive la nación austral.
Porque lo más significativo de lo sucedido en Argentina ha sido comprobar que hay un punto de inflexión en que los ciudadanos no confían en los políticos, o más bien en la política partidista como instancia o fórmula de solución en coyunturas insalvables, así los partidos se presenten como esencia y sustancia del sistema democrático. En Argentina se ha demostrado que las democracias, además de darse sus propios glanost y perestroika, pueden también incubar desbordamientos de sello violento. Un efecto a escala global de esto se vio en Seattle.
En encuestas realizadas el año pasado en países de Centro y Sur América fue puesta en evidencia la falta de confianza de la juventud en la clase política para hallar soluciones a los grandes problemas nacionales. Y no sólo eso. Además, los jóvenes de ambas regiones perciben a los políticos, más que como facilitadores, como obstáculos para acelerar el desarrollo de sus naciones.
La clave está no en lo abstracto de la política, sino en lo concreto de la acción de sus actores. Cuando no están en el poder suelen olvidar que son parte de los problemas que vive su país, por lo que hacen responsable de todo al gobierno de turno. Cuando lo alcanzan, sobre ellos se cierra el ciclo pernicioso de endosar las culpas a los otros.
Si bien responsabilizar en exclusiva a los políticos del desenlace argentino es pasar por alto los muchos otros factores que concurrieron de manera severa en la crisis, no dimensionar justamente ese papel invalidaría por completo todo análisis del caso.
Tal vez en América Latina se han exagerado las expectativas en las democracias, alcanzadas o recuperadas, hasta el punto de creerlas capaces de andar por ellas mismas y, lo que es más peligroso, suponerlas panaceas suficientes para todos los problemas de nuestros países. Así, se baja la guardia en la responsabilidad de protegerlas y desarrollarlas, olvidando que se trata de entidades vivas y sujetas, por lo tanto, a procesos evolutivos e involutivos. Y pudiera ser, también, que los políticos pretenden madurar más pronto - profesionalizando el oficio- que la democracia como un ejercicio de gentes. Mientras esto se comprende, se explican las victorias electorales de Alberto Fujimori y de Hugo Chávez en dos países en vías de consolidación institucional.
Las democracias incipientes exigen de los partidos políticos una comprensión acertada de su función. Esta impone ver el poder como instrumento para responder a las aspiraciones de la sociedad nacional y no como un coto de disputa entre fuerzas que se relevan en su dominio.
No se trata de hacer aspavientos morbosos por lo que sucede en las bardas de al lado. Pero en este caso no haría ningún mal a los países de la región - y más concretamente a sus políticos- hacer lectura apropiada de lo que pasó en la casa del vecino.
El autor es miembro del Fórum de Periodistas de Panamá
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