Inquisidores grandes y pequeños
No habría nada más saludable para el país, que se rompiera definitivamente la disciplina del PRD y la de los arnulfistas
Guillermo Sánchez Borbón
Los políticos panameños son seres patéticos, que viven en el pasado. En estos días los hemos visto en acción. Invocando la disciplina partidaria –reforzada con la amenaza de revocatoria de mandato– el PRD quiere obligar a sus legisladores a votar contra la candidatura de Winston Spadafora al tribunal supremo de justicia.
Antes de seguir adelante, debo decir que el pretexto que aducen en público –sus relaciones con Mireya– no pasa de ser eso: un pretexto. La razón verdadera es otra: no haber aceptado en silencio, “cual leal vasallo” –con la mansedumbre que en los actuales líderes del PRD llegó a ser en aquel tiempo una segunda naturaleza–, la decapitación de su hermano y, sobre todo, haber encabezado una grandiosa lucha nacional porque se hiciera justicia. Aunque tardaron mucho tiempo en comprenderlo, saben ahora que esa decapitación fue el principio del fin de una dictadura que ellos defendieron a capa y espada, calumniando vilmente a todo el que la adversaba. Por lo visto nadie les explicó que a casi todos los dictadores latinoamericanos los ha tumbado un cadáver. A Batista lo derrocó el de Pelayo Cuervo, a Trujillo el de Galíndez, a Somoza el de Chamorro (con este crimen Somoza selló su suerte. Los que buscaban una salida política, comprendieron que por ese camino no irían a ninguna parte y resolvieron apoyar la lucha armada del Frente Sandinista, algo similar a lo ocurrido en Cuba después del asesinato de Pelayo Cuervo). La dictadura panameña –por causa de la decapitación– perdió uno tras otro a todos sus patrocinadores, aliados y cómplices internacionales. El resto es historia.
Tampoco pueden alegar los legisladores del PRD la falta de preparación jurídica de Spadafora, porque entonces no habrían ratificado a casi ninguno de los magistrados que nombró el toro; pero a todos ellos les pareció un excelente escogimiento el que recayó en Graciela Dixon, pongo por caso.
En cuanto al revocamiento de mandato, fue obra de la democracia cristiana, que nunca pudo superar el trauma causado por el caso de Moisés Cohen Catán. Este fue el único diputado que pudo elegir la DC en 1964. Cuando me encontré con él, a los pocos días de haber recibido sus credenciales, le pregunté:
–¿Qué haces tú en un partido de incircuncisos?
Un par de años más tarde, si no recuerdo mal, se peleó con la DC y abandonó sus filas, he olvidado ya por qué motivo. El partido no pudo encajar el golpe y cayó en el vicio muy panameño de generalizar basado en una sola experiencia. Una vez me metí en un taxi lleno de letreros. Uno de ellos decía: “Prohibido darle de mamar aquí a los recién nacidos”. Había elevado un incidente casual al rango de una ley de cumplimiento obligatorio dentro de su pequeño automóvil. Así procedió la DC basándose en una sola experiencia. Y los demás partidos, cuyos líderes por lo visto tampoco estaban circuncidados, apoyaron, con entusiasmo, la grotesca iniciativa.
En cuanto a la disciplina de partido, viene de los tiempos gloriosos del marxismo–leninismo, el cual la casó con la religión: durante las famosas purgas, sus víctimas tenían que confesar los delitos más abominables, todos imaginarios. Recuerdo un comentario de mi amigo Ricardo Silvera: “Los acusadores son ateos. ¿Por qué, entonces, obligan a los acusados –que también son ateos– a confesar? Yo creo que es para salvarles el alma histórica”. Y en los países donde no estaban en el poder, los comunistas obligaban a sus líderes caídos en desgracia –o que se desviaban un milímetro de la línea trazada por el partido o por Moscú– a participar en humillantes sesiones de autocrítica.
Todo esto pertenece al pasado. Asistimos en nuestros días a la muerte de la institución del partido político. En esas condiciones, mantener por medios coercitivos la cohesión interna es cada día más difícil. Muy pronto será imposible. Aconsejo a los legisladores de todos los partidos –sin excepción– que no se dejen intimidar por los guardianes del dogma, y voten a favor, o en contra, de Spadafora, basándose únicamente en sus méritos o deméritos. No pueden revocarles el mandato a todos. Y no habría nada más saludable para el país, que se rompiera definitivamente la disciplina del PRD y la de los arnulfistas. Tal vez así se aflojaría el dogal con que nos están estrangulando los dos partidos que hoy se alternan en el poder.
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