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“... morena si me quieres, dime la verdad”
Aquel famoso liderazgo de medios, a más de relativo, sólo sirve como coartada a censuradores de mil disfraces
Jaime A. Porcell A.
En la brevedad de 72 horas, dos cartas adversas a la línea editorial, cual paquetes-bomba, remecen la dirección de La Prensa. Pérez Balladares y Sánchez Borbón cargan con fogosidad contra el timonel del barco insignia del diarismo impreso. Y aunque algunos sitúen la humildad como el último recodo de la soberbia, el periódico, en gloriosa ostentación, despliega las epístolas.
Ambas bitácoras coinciden en que la objetividad de La Prensa hace aguas, en un encrespado mar de “periodismo gacetillero y amarillo”.
La dictadura fragua en La Prensa aquello que Sánchez denomina “sentido de misión y espíritu de solidaridad”. Por una puerta salen dictadores, por otra, entran consultores cubanos que, casi igual que el seco, aplacan cualquier crisis. Mientras que el peruano espíritu de Gorriti todavía pena, por aquella discusión interminable sobre una identidad del periódico, revivida otra vez con la “administración innovadora” de Ricardo Arias.
Sánchez B. denuncia arrogancia y falta de inteligencia social en la innovadora. Clama por reconstruir identidad y cohesión interna para salvarla. Salvación de su perfil de perro guardián del espíritu democrático y del respeto a la opinión ajena, que induce para La Prensa.
Según el director emérito, el periódico surge cual espejo que refleja realidades sin moldearlas, abierto a la opinión contraria y dispuesto a disculparse cuando erraba. Sánchez otorga así un grado de inmunidad contra la parcialidad. Para otros menos románticos, imperativos profesionales del periodismo, como equilibrio, exactitud y objetividad, resultan para todos los medios sin excepción, metas por alcanzar, más que logros.
Pocas cosas existen tan parciales y subjetivas como un medio noticioso. El periodista apela a la alquimia de la información. Selecciona activamente qué ingredientes conforman los hechos. Macera los acontecimientos crudos, hasta transmutarlos en mensajes inteligibles para los lectores. Al seleccionar y procesar, mezcla en el mortero dosis de subjetividad. Al final, la distancia entre realidad y noticia es tal, que parangona a la de herrumbre y oro.
Para Sánchez B., primeras planas y otras trivialidades tiran al diario a la zaga del periodismo nacional. No obstante, todo productor cultural que pretenda audiencia, léase periodista o artista, requiere balancear el poder convocador de lo trivial. Para quienes pretenden periodismo serio, resultaría doloroso aceptar que, quizá, parapetada en la trivialidad aducida, ubiquemos la razón de la circulación que gana La Prensa, durante la administración “innovadora”.
Ganar credibilidad en la “fase heroica”, implicó sacarle lance a la dictadura. Sin dictador a quien capotear, La Prensa da rienda a su proverbial tensión con Pérez Balladares, para ahora descubrirlo marinero. Sorprende que este dechado de virtudes, confeso honesto, educado, trabajador, mejor gobernante que Mireya, exitoso y rico, no sospeche que, ante tal derrape de inmodestia epistolar, la brújula del Mr. Bull se descompuso. Aquella sabe montar la ola de la encrespada misiva del ex presidente, y con el despliegue oportuno, refrenda la vocación controversial, pero respetuosa de la opinión ajena. Legitima así su calidad de barco insignia, mientras emerge enorme de la tormenta.
Sánchez B., hasta los héroes yerran, resulta inexacto cuando afirma que el aumento de la credibilidad genera circulación a La Prensa. Si la primera causara la segunda, cómo explicaríamos la audiencia del programa radial conducido por Rognoni y Murgas, quienes defendían a una impopular dictadura. El público que acude a los medios, pocas veces depone capacidad crítica y soberanía. Las audiencias, selectivas como son, resisten ciertos mensajes masivos, mientras creen otros. Aquel famoso liderazgo de medios, a más de relativo, sólo sirve como coartada a censuradores de mil disfraces.
Paradójicamente, quienes adversaron al grupo de Arias, ahora observan la misma erosión en la credibilidad, que aquel adujo para preciar su intención de dirigir La Prensa. Difícilmente habrá habanero, menos pariteño, que disponga pócima infalible para asegurar tan escurridizo atributo. Unos, como Sánchez B., proponen ubicar credibilidad en la profundidad de un contenido controversial. Otros, en sincronizar tal contenido a unos ritmos del lector, que demasiados aducen conocer. La audiencia, por su parte, coincide con el norte del estribillo del humilde tamborito que ruega: “por caridá, morena si me quieres, dime la verdá”.
El autor es investigador de mercado
Además en opinión
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dime la verdad”: Jaime A. Porcell A.
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González
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