Nuestra nave
I. Roberto Eisenmann
El Estado nacional es una sola nave; es un solo barco que navega en un turbulento mar de dificultades, cual es este mundo en recesión económica generalizada. Si todos reconocemos este hecho y remamos juntos, tendremos posibilidades y potencial para llegar a puerto seguro, pero si unos y otros remamos en direcciones contrarias, iremos hacia un seguro naufragio… y nos hundiremos todos juntos.
Cuando los ciudadanos (los dueños del barco) dieron el mandato presidencial a Mireya Moscoso sin darle mayoría legislativa, el mensaje claro fue: “queremos Gobierno por consenso, no por imposición (recordemos que veníamos de un gobierno con actitud imperial). Primero se formó el fragilísimo Pacto de La Pintada, luego la componenda política armó el Pacto META, pero de una forma u otra se consolidó un liderazgo en el partido mayoritario de la oposición, con un enfoque distinto. Harían oposición, pero no obstaculizarían la gobernabilidad de la nación. No pondrían el barco de todos en peligro. Se inició una serie de procesos de consenso: el de la política de Seguridad, el de la Reforma Integral de la Educación, el de la Seguridad Social, el del Canal de Panamá, otro próximo a iniciarse sobre un Plan Nacional de Integridad, y se inició un diálogo referente a la crisis económica.
De repente, como por arte de una magia negra, saltaron al interés primario de lado y lado dos temas, que frente a la situación de la nación son secundarios: las partidas circuitales y dos magistraturas. La ciudadanía quiere que las partidas circuitales desaparezcan para siempre y que –ya nombrados los dos magistrados– la Asamblea vote “sí” o “no”, cual es su derecho constitucional. Si el voto es “no”, la ciudadanía rechazará cualquier leguleyada, esperando que la presidenta nombre en ese caso a otro u otros… y se vuelva con urgencia a los problemas fundamentales de la nave del Estado. El presupuesto es responsabilidad del Ejecutivo. Si está abultado, lo que mandará será la realidad de los ingresos nacionales, no las partidas presupuestarias aprobadas, y debe ser pasado con los ajustes ya elaborados por el Ejecutivo, antes del 31 de diciembre.
Pero, existe una extraña radicalización. Se puede ser radical si se dirige un partidito de la periferia, pero no si se tiene la responsabilidad del mayoritario partido de la oposición. Cuando esto ocurre, los ciudadanos vemos peligrar la nave del Estado y resentimos por igual a todos los políticos por su incapacidad para empinarse sobre pequeños intereses… para pensar en la nave de todos. Hoy al escribir esto se produce el dramático colapso económico, social y político de Argentina, posiblemente el país más rico de la América no anglosajona. Panamá no es Argentina (a pesar de lo que dijo nuestro Cavallo), pero la irresponsabilidad política de nuestros dirigentes puede conducirnos a un desastre con iguales consecuencias.
¡Juicio… por favor! Le pido tanto a Mireya Moscoso, como a Martín Torrijos. Vuelvan a sus instintos políticos primarios, que eran mejores. Dejen ambos de escuchar a sus asesores radicales. Ningún partido que se precie de democrático puede pensar que su bancada legislativa tiene que ser un solo bloque sólido siempre; unas cuantas disidencias legislativas jamás han desbaratado un partido… y mucho menos han afectado una candidatura presidencial. Estas posturas son de radicalismos de autoritarios y/o irresponsables.
La política es, por definición, división. El sistema político democrático es por naturaleza debate de ideas contrarias. Esto es de esperarse, pero siempre que en un mar turbulento no rompamos los remos de la nave, porque lo que está en juego… es la nave del Estado. Nos podemos hundir todos. Adopten posturas de estadistas y recobren el respeto de la ciudadanía hacia toda la clase política.
El autor es presidente de la Fundación por la Libertad Ciudadana
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