Navidad, una tradición enigmática
Xavier Sáez-Llorens
En estos días, numerosas familias panameñas se aprestan a celebrar una de las tradiciones más esperadas del calendario. Pocas personas, sin embargo, saben que la Navidad y los símbolos que la adornan carecen de un significado histórico claro y que sus raíces representan una mezcla indefinida de rituales paganos, interpretaciones religiosas acomodaticias, influencias poli-culturales, habilidades de mercadotecnia e imaginaciones alucinantes de personajes poderosos de épocas pretéritas. Podemos disfrutar completamente de la Navidad si no nos preocupamos por entender su génesis y solo nos limitamos a satisfacer una ilusión infantil artificial heredada de nuestros progenitores. Podemos también entristecernos con ella si miramos a nuestro alrededor y observamos una inmensa cantidad de niños humildes que no reciben ni afecto ni juguetes, de niños desnutridos que viven en contacto con las moscas porque su marasmo les impide espantarlas y de niños expuestos a la guerra que sucumben o quedan lisiados por los estragos bélicos.
Etimológicamente, Navidad significa día de nacimiento o principio de vida. La palabra inglesa Christmas, sin embargo, significa misa de Cristo. Los jerarcas eclesiásticos la traducen como nacimiento de Cristo. No obstante, al escudriñar la literatura bíblica y científica nos percatamos de que no existe evidencia confiable del día o año de su putativo nacimiento. Aparentemente, el año de natalicio del judío Jesús no fue el 1 de nuestra época sino el 7 ó 6 a.C. Durante el siglo III se propuso datar el natalicio en diferentes fechas (enero, marzo, abril, mayo, octubre, etc.). Las iglesias cristianas orientales celebran el nacimiento de Jesús entre el 6 y el 8 de enero. Entre los años 354 y 360, el papa Liberio fijó como fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de diciembre, día en que los romanos celebraban el nacimiento del Sol invencible. Por tanto, para aquellos que cuestionamos el origen de hechos o eventos, no nos queda claro si en Navidad celebramos el primer aliento de Jesús o el primer destello del astro rey.
Los símbolos que adornan la Navidad también poseen una génesis incierta. Por ejemplo, es común la decoración de hogares y patios con el nacimiento de Belén. El lugar más probable del nacimiento de Jesús, sin embargo, pudo ser Nazaret o Cafarnaún, pero nunca Belén. El área del pesebre es frecuentemente rodeado de pastores cuidando sus rebaños de ovejas; no obstante, debido al frío imperante en el mes de diciembre en Israel, las ovejas eran llevadas a pastar en primavera (septiembre u octubre). La leyenda de la estrella de Belén pudo basarse en la rara triple conjunción de la Tierra con los planetas Júpiter y Saturno, estando el Sol pasando por Piscis, evento que tuvo lugar en el año 7 a.C. (Kepler, 1606). En la antigüedad precristiana era un hecho absolutamente común, aceptado y extendido desde Mesopotamia y Egipto hasta China y Japón, que todos los grandes reyes, fundadores de importantes filosofías o religiones (Buda, Krisna, Confucio, Lao-Tsé) o pensadores (Pitágoras, Platón) gozasen del privilegio de ser considerados hijos de una madre virgen y de Dios (P. Rodríguez, Mitos y ritos de la Navidad, 1997). El árbol de Navidad se originó en la tradición ancestral del culto pagano a los espíritus de la naturaleza, simbolizando la fecundidad e inmortalidad y cristianizado en la Germania de mediados del siglo VIII. Hoy en día, las asociaciones ecologistas pudieran tratar de abolir la tradición de talar tantos pinos para evitar deforestar más nuestro planeta.
Convendría también analizar al emisario navideño, llámese Santa Claus, Papá Noel o Viejo Pascuero (niño Dios para los católicos). Este personaje es una figura muy reciente, producto de la imaginación de dos escritores neoyorquinos que utilizaron la devoción de holandeses errantes, el ingenio de un dibujante satírico y el dinero publicitario de la Coca-Cola para darle vida. La figura de Santa Claus se construyó sobre la de san Nicolás, obispo turco del siglo IV, cuyo mito y culto se expandió por toda Europa medieval. Esta tradición, que incluyó obsequios a los niños a partir del siglo XIII, llegó a New York en 1621 con los emigrantes holandeses. Washington Irving en 1809 deformó el santo patrón holandés -Sinter Klaas- con su pronunciación angloparlante de Santa Claus y fue motivo de un poema diseñado por Clement Moore en 1823. Entre 1863 y 1886, el dibujante Thomas Nast creó la imagen actual del gordo panzón y bonachón que todos conocemos actualmente. A mediados del siglo XIX este personaje pasó a Gran Bretaña y de allí a Francia, donde se fusionó con el Bonhomme Noel, dando origen al Papá Noel. La figura moderna fue ideada por el pintor Abdón Sundblom y patrocinada y popularizada por la publicidad navideña de Coca-Cola.
Para evitar ser considerado negativo e irremediablemente crítico, podría mejor optar por ser pragmático y pensar que la Navidad debe ser una fiesta para demostrar solidaridad humana. Confieso que mi intranquila conciencia se calma al ver a mi esposa y a mi grupo de trabajo del hospital organizar todos los años una fiesta navideña para los niños con sida. Cada diciembre casi un centenar de estas hermosas criaturas disfrutan de afecto, regalos y de la diversión proporcionada por figuras disfrazadas de Sinter Klass y de payasos. Qué fabuloso es observar cómo, aunque sea de forma efímera, estos niños olvidan pensar en la próxima dosis de todos los medicamentos necesarios para lograr una vida más digna, y sus rostros gesticulan movimientos de gozo e ilusión. Mis hijos, también, han aprendido que en cada Navidad deben comprar juguetes para dárselos a los niños humildes de la calle y que es más importante y enaltecedor dar que recibir. De esta manera, mi mente deja, al menos transitoriamente, de atormentarse por los sufrimientos y razonables sentimientos de envidia que padecen los niños menos aventajados de nuestra sociedad.
En resumen, la Navidad es una tradición enigmática porque su comprensión depende exclusivamente de elucubraciones históricas nutridas por los sesgos personales de los testigos presenciales y por las interpretaciones acomodaticias de individuos que vivieron épocas más recientes. Es una tradición ambivalente porque, de no despojarnos de satisfacciones personales, puede fácilmente representar una de las manifestaciones más elocuentes de insolidaridad humana. Ojalá que todos los niños panameños sean felices, independientemente de lo que signifique Navidad para cada uno de ellos.
El autor es infectólogo
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