Panamá, 18 de diciembre de 2001
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Gajes del oficio

Una persona indignadísima me reclamó en una ocasión que su nombre apareciera en la lista de cumpleaños con el apellido de su ex-esposo

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Me comentaba Herasto Reyes (defensor del lector de La Prensa) que ha sido sorprendente el número de cartas que recibe sobre el uso que se da al idioma en los medios de comunicación en general y en La Prensa en particular. La inquietud, sin embargo, es plausible y legítima; el idioma nos pertenece a todos y lo usamos todos —de hecho es el elemento básico de la cultura de los pueblos— y no es en modo alguno patrimonio exclusivo de escritores, periodistas, académicos o profesores de español.

Justamente el jueves pasado, Herasto publicó una carta firmada por Beatriz Valdés en la que expone su preocupación por el rumbo que, según su criterio, ha tomado este periódico. Entre otras muchas cosas decía: “Y aunque escribe bien la señora Cabello, me gustaría poder admirarla por la ausencia de errores en los textos de La Prensa, que entiendo debe ser su principal actividad”.

Eludiendo el evidente ataque personal (a saber qué pecado estoy purgando), me conmueve sobremanera que, si bien ejerzo como jefa de la sección de correctores, la Sra. Valdés suponga que yo escribo el periódico entero, aunque mi firma solo aparezca en los artículos de mi autoría, o que corrijo personalmente todos los textos. Por otra parte, si se refiere tan solo a mis obligaciones por aquello de la jefatura, suponer que la responsabilidad absoluta en el uso del lenguaje recae en los correctores, sería tanto como demeritar el trabajo, los conocimientos y la cultura del periodista, cuya herramienta básica es precisamente el lenguaje escrito. De hecho, el Manual de Estilo de La Prensa dice en su capítulo I, acápite 1.22: “... La primera responsabilidad de las erratas y equivocaciones es de quien las introduce en el texto, en segundo lugar del editor (jefe de cada sección) y en tercer lugar del corrector que lo revisa”.

Por este motivo me sorprendió también otra carta, firmada por el Sr. Peter R. Wolf y publicada en la misma edición que la anterior, que achaca a los correctores y no al autor de la noticia un error no de lenguaje, sino de fondo (la distancia que recorrió un atleta), publicado en una nota: Decía el Sr. Wolf:

“O los correctores de La Prensa han perdido totalmente la noción de distancia-tiempo o tenemos un superdeportista a quien no se le da el debido mérito y crédito”.

Eso me recuerda a una persona indignadísima que me llamó en una ocasión para reclamarme, en mi calidad de correctora, que en la lista de cumpleaños de Reseña hubiera salido su nombre con el apellido de su ex-esposo. Le prometí solemnemente (dado que no tengo otra cosa que hacer) estar más pendiente de la vida privada de mis semejantes y menos del uso del subjuntivo. Pero la doña se puso brava.

Esto no es, sin embargo, ni una defensa ni una réplica. Si a la Sra. Valdés le gustaría admirarme o despreciarme es asunto personal suyo y en asuntos personales no me meto. Es más, me sorprendería mucho que alguien pudiera admirar un trabajo como el de corrector, anónimo, ingrato y mal conocido, que es tan solo un eslabón en la cadena de producción de un periódico, donde el trabajo en equipo es esencial.

No obstante, asumo plenamente la responsabilidad que me compete, solo la que me compete, y por respeto a La Prensa , a sus periodistas, a mis compañeros correctores, y especialmente por respeto al lector, principio y fin de nuestros desvelos, no puedo sustraerme a la tentación de responder a la pregunta inevitable: ¿Qué hace entonces un corrector? Pues eso, corregir. Corregir los mil errores que llegan a diario a nuestras manos. Suerte que tienen los lectores de que de los mil que nos llegan, solo se nos pase un porcentaje mínimo. Mala suerte que tenemos nosotros de que sea ese porcentaje el que se nos imputa como si fuéramos los autores. Gajes del oficio.

En más de una ocasión, cuando las críticas internas o externas arrecian, hemos sugerido a los jefes que salga un día el periódico sin la mediación de los correctores para evaluar la diferencia. Pero no se nos ha permitido.

Dejo a la inteligencia y a la imaginación del lector sopesar los siguientes factores:

1. Nivel de conocimiento adquirido en lenguaje por nuestros jóvenes periodistas en las universidades.

2. Volumen de trabajo diario de un periódico incluyendo suplementos y publicaciones especiales. Puede dividirse todo eso entre siete correctores.

3. Son las 12 del mediodía cuando escribo este artículo. El periódico apenas está comenzando a hacerse. A las 12 de la noche estará el último cuadernillo en rotativa.

4. Margen de error de todo trabajo hecho por seres humanos.

Y no pretendo abrumar con más detalles. Baste con decir que cuando mañana salga el periódico y comprobemos nuestros errores, periodistas, editores y correctores pagaremos nuestra cuota de pena cotidiana y lloraremos sobre nuestros fallos con el desconsuelo con que se llora sobre la leche derramada.

La autora es correctora de La Prensa

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