La suerte de algunos es la desgracia de otros
Panamá es un país muy chiquito; por eso a la gente de suerte se la mira con mucho cuidado y conmucho detenimiento
Guillermo A. Cochez
Creo que Alberto Cigarruista, el legislador propuesto ante la Asamblea Legislativa para llenar una vacante en la honorable Corte Suprema de Justicia, ha sido un hombre afortunado en su vida. Esa condición, es de suponer, lo hace tener muchas personas que lo envidian y desearían tener suerte parecida a la de él.
Tuvo como maestro en la profesión del derecho a un hombre completo y capaz, interiorano como él: Arnulfo Escalona Ríos, con quien Cigarruista hizo sus pininos como profesional del derecho; como orador era inigualable, como abogado era detallista y preciso, y como político siempre se caracterizó por su don de gentes y su extremada capacidad para negociar y parlamentar, como hombre de familia y padre ejemplar siempre supe que fue de lo mejor.
Si bien lo adversé políticamente como liberal que era, siempre reconocí en él virtudes de hombre honesto, capaz e inteligente, hasta el punto de que, siendo legislador, cuando Guillermo Endara lo propuso para llenar la vacante que Rodrigo Molina (q.e.p.d.) había dejado en la Corte, la Asamblea Legislativa, si mi memoria no me falla, en pleno, votó a su favor. Si bien Escalona en muchas ocasiones fue nuestro adversario, jamás profirió en nuestra contra alguna palabra fuerte o desmedida y mucho menos sectaria, y jamás lo escuchamos decir algo por lo que en el futuro se hubiera tenido que arrepentir.
Todos, tirios y troyanos, lamentamos que desapareciera físicamente antes de poder ocupar un sitial en la Corte Suprema de Justicia. Alberto Cigarruista tuvo la suerte de tener semejante maestro. Hay algunos que aseguran que fue muy poco lo que aprendió de él.
Pero también Alberto Cigarruista tuvo otra gran suerte. Esta vez quienes se la proporcionaron han sido después sus acérrimos enemigos políticos: los demócrata cristianos. Gracias a que en La Villa de Los Santos los liberales no tenían mucha gente, a Cigarruista no le quedó más remedio que buscar la postulación de la oposición a través del Partido Demócrata Cristiano, que sí tenía una organización montada en toda la provincia, producto del activismo desarrollado desde las elecciones parciales para legislador de 1980 y las elecciones nacionales de 1984. Este hecho me consta, porque como vicepresidente del PDC que era, me tocó la responsabilidad organizacional de esa provincia. Fue así como Alberto Cigarruista pudo derrotar a Constantino Tinga Peralta del PALA, también postulado por el PRD, y desde entonces ha sido legislador de ese circuito. Primero con los votos demócrata cristianos, los que le dieron el triunfo en su papeleta (también lo postularon el Molirena y el Liberal Auténtico), después como liberal auténtico y ahora como arnulfista.
A pesar de sus orígenes en la vida legislativa, ha sido uno de los más acerbos críticos de una de las personas que lo ayudó para que fuese legislador en el 89: Ricardo Arias Calderón.
Me dicen que Alberto Cigarruista ha tenido muchas otras suertes en su vida, como ser compadre de la presidenta Moscoso, hecho que no he podido comprobar, aunque me explican que por eso tuvo la suerte de que nombraran a su esposa en el cargo de directora del Registro Público, cargo que por ley tiene el mismo salario que el de un ministro.
Lo que sí he podido comprobar es que una de sus hijas estudia en Cuba, en un programa de becas que, según me explicaron, había sido creado para niñas campesinas, de suponer de escasos recursos. Otra hija suya, según pudimos verificar en la planilla de la oficina del ministro para Asuntos del Canal, tiene un salario de mil 300 dólares. Debo decir que desconozco qué trabajo puede hacer en una oficina que, tal como lo he dicho tantas veces, nadie puede tener ninguno porque la Constitución Nacional, en su artículo 310, señala que la Autoridad del Canal de Panamá es quien privativamente tiene que atender todos los asuntos relativos a la vía interoceánica y por lo tanto ninguna otra entidad pública podrá realizar trabajos relativos al Canal de Panamá.
Compartí con él en la Asamblea en el período 1989-1994. No recuerdo que haya presentado durante ese tiempo ningún proyecto de ley de trascendencia, tampoco en los restantes ocho años que ha sido miembro de la Asamblea Legislativa he conocido de ninguno.
Sus aguerridos y estrambóticos discursos, eso sí, lo convirtieron en uno de los mayores críticos de “las cosas” que hacía el PRD; lamentablemente ha guardado total silencio de “las cosas” que se hacen ahora. Sí recuerdo que hace unos meses, el legislador arnulfista Jacobo Salas, a la sazón jefe de la bancada de ese partido, descubrió que Cigarruista y otros legisladores pretendieron meter un “camarón” en una ley que se discutía en la Asamblea, mediante el cual querían que se autorizara la operación de máquinas tragamonedas. Gracias a Dios, don Jacobo Salas y el pleno de la Asamblea hicieron abortar la pretensión que tres o cuatro tenían, sabrá Dios con qué propósito, tratando de “meter” eso en una ley que nada tenía que ver con el asunto.
Panamá es un país muy chiquito; por eso a la gente de suerte se la mira con mucho cuidado y con mucho detenimiento; se le conoce todos sus negocios aunque los tengan a nombre de otros; se le conoce todas sus virtudes, pero también todos sus vicios. Su vida privada se convierte en motivo de escrutinio público. Así debe ser en un país democrático y decente como el que aspiramos tener.
En el caso que nos ocupa, si bien hay otros que quisieran tener la suerte de Cigarruista –como es el caso del amigo Pedro Castillo, de Los Angeles, de Botello en Los Santos, ex PDC, su primer suplente, que debo imaginar ya se lame los dedos por poder llegar a ser legislador a tiempo completo–, les pido a todos los que integran la Asamblea Legislativa que le permitan tener esa suerte, no a nadie en particular, sino al país entero, exigiendo que se postule para la Corte Suprema de Justicia a los mejores y más capaces abogados, tal como en su oportunidad se designó a Adán Arnulfo Arjona (Mireya Moscoso), Eligio Salas (Ernesto Pérez Balladares) y Mirtza Franceschi de Aguilera (Guillermo Endara), por poner solo unos ejemplos que reflejan que también se puede pensar en el país.
El autor es abogado y legislador
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