Panamá, 17 de diciembre de 2001
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Minas antipersonas, una amenaza en Afganistán

Advierten que la explosión de minas mata al menos a 20 afganos por día

Un trabajador de la agencia de detección de minas Halo Trust, desaloja minas de uno de los hombros de una carretera cerca de Bagram. Estos trabajadores ganan unos 100 dólares al mes.

KABUL, Afganistán (SERVICIOS INTERNACIONALES). —Poco después de que los talibán abandonaran Kabul el 15 de noviembre, un minibús lleno de aldeanos rodeó un contenedor que bloqueaba la principal ruta hacia Bagram.

El vehículo se salió del asfalto y pasó sobre una trampa explosiva hecha de una mina antipersonal y una bomba de 100 kilogramos.

Los restos del autobús son sólo un caso más entre decenas esparcidos en la ruta de 60 kilómetros que va desde la ciudad, atravesando el valle de Shamoli, hasta el aeropuerto de Bagram. Un camino sembrado de destrozados tanques soviéticos, vehículos blindados y tanques de combustible, restos de emboscadas de los combatientes muyahidín durante la ocupación soviética (1978-1989).

Descrita como la entrada a Kabul, el área es un ejemplo relevante de los efectos de 22 años de guerra y miseria causada por los dispositivos mortales esparcidos en Afganistán, el país más infestado de minas del mundo.

Incluyendo a las víctimas del minibús, hubo 31 muertos y heridos a lo largo de la ruta en las últimas cuatro semanas, dijo la institución humanitaria británica Halo Trust, que se dedica a la limpieza de minas y que opera en el país desde 1988.

“Esta es una YM-1 iraní”, explica Rahmat Ullah, un perito supervisor de campos de minas, mientras se inclina sobre una mina del tamaño de un puño semiescondida junto a un agujero en un muro en la desierta aldea de Rabat.

“Probablemente haya dos o tres más junto a ella, para alcanzar a cualquiera que atraviese el muro por el agujero”.

Los cien gramos de explosivo que contiene pueden volar la pierna de una persona si pisa la mina.

Pocos minutos después, enciende la mecha conectada a una carga de 200 gramos de explosivo y colocada cerca de la mina, para asegurarse de que es destruida. Se escucha una fuerte detonación y una nube de humo se eleva sobre las ruinas de Rabat.

La escena se repite más de 10 veces en la misma zona antes del almuerzo.

Nadie sabe cuántas minas fueron colocadas en todo el país, primero por los soviéticos, luego por el régimen comunista afgano y por las distintas facciones de muyahidines que se enfrentaron unas a otras y, finalmente, por los talibán y las opositoras fuerzas de la Alianza del Norte.

Halo Trust cree que hay más de un millón. La organización afgana OMAR (Organización para la Limpieza de Minas, la Concienciación y la Rehabilitación, por sus siglas en inglés), calcula, en base a su trabajo desde 1990, que la cifra se eleva a los seis u ocho millones de artefactos.

Tal como están las cosas, las nueve organizaciones internacionales y afganas que actualmente se dedican al desminado en Afganistán necesitarán al menos 15 años para limpiar el país, predice el coordinador de campo de OMAR, Shah Walie.

La mayoría de las minas fueron colocadas por las fuerzas de Moscú, “regalos para los niños de Afganistán y las futuras generaciones”, señala amargamente.

Alrededor de Kabul, OMAR ha pintado en varias paredes un mensaje advirtiendo de que al menos 20 personas mueren por las minas cada día en Afganistán.

Usando imágenes sacadas de Internet, Walie intenta ahora ayudar a su personal de desminado construyendo modelos exactos de las pequeñas cargas explosivas procedentes de las bombas de racimo que Estados Unidos lanzó sobre la capital y a lo largo del valle de Shamoli durante la campaña contra los talibán.

Walie calcula que unas 70 mil cargas explosivas de este tipo han caído sobre Afganistán desde septiembre y, si se cumple el principio general de que el diez por ciento de cualquier tipo de bomba lanzada no explota, ahora el país tiene que afrontar un nuevo problema, los “regalitos norteamericanos”.


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