La elipse fatal
Paz realiza, utilizando
un estilo al mismo tiempo riguroso y poético, un análisis profundo
y severo de lo que significa ser mexicano
Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com
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Título: El laberinto de la soledad
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Vivimos en una época homicida del arte y de las
sagradas leyes de la vida, en donde las estrellas son sepultadas por
el vómito de neón que arrojan las delirante ciudades, donde el lucero
se mantiene apenas fijo en su caída, inseguro en su fría luz.
Vivimos en un círculo que se cierra... Nuestra
civilización es la curva definitiva de un ciclo de destrucción y
génesis... Somos los hijos de la elipse fatal. En medio del caos
y la decadencia reinantes, deberíamos detenernos un segundo, abandonando
momentáneamente las labores afines a nuestro suicidio común, para
tratar de buscar la verdad de nuestros rostros en medio de los vestigios.
Todos somos culpables. La crucifixión y el bautismo fueron insuficientes.
El pecado original es una travesura frente al horrendo crimen perpetrado
por el hombre moderno: el haberse olvidado a sí mismo.
Es esta búsqueda por nuestra latente faz,
por nuestros yos subrepticios, lo que el libro El laberinto de la
soledad nos propone. En este ensayo el magistral escritor Octavio
Paz realiza un análisis profundo y severo de lo que significa ser
mexicano. Es un ensayo, que si es verdad que tiene mucho de científico,
lo tiene más de poético.
Escrito en una prosa flexible, viva, interesante,
pero al mismo tiempo, rigurosamente reflexiva y, en ciertos aspectos,
hasta punitiva. No cabe duda que Paz pretendía desnudar al mexicano,
y, por consiguiente, al latinoamericano y a todos los hombres en
general, de las hipócritas máscaras de falso optimismo con que,
cada mañana antes de salir al trabajo, se viste el hombre occidental:
paliducho caballero del progreso, encorbatado guerrero del mañana,
el estresado hombriducho que diariamente se rompe la espalda, empapando
sus costosas camisillas con su infecundo sudor, todo para mantener
llenas las copas del interminable festín de Occidente, la implacable
rueda del desarrollo triturando poblados y selvas.
A través de una verdadera vivisección de
los mitos y de las historia de ese singular país que es México,
Paz va logrando que lentamente florezca (eclosión tardía y dolorosa)
la auténtica idiosincracia del mexicano, personalidad esta desformada,
acallada y mutilada por la importación y puesta en práctica de filosofías
y sistemas foráneos extranjeros que nos son tan ajenos como un órgano
foráneo lo es a nuestros tejidos.
Todo lo hemos traído de afuera. Hemos transplantado,
sin mucho éxito, las semillas de la modernidad en nuestros suelos
húmedos y peculiares: “Gente de las afueras, moradores de los suburbios
de la historia, los latinoamericanos somos los comensales no invitados
que se han colado por la puerta trasera de Occidente, los intrusos
que han llegado tarde a la función cuando las luces están a punto
de apagarse”.
Nuestro peor error ha sido el de no ser auténticos.
No escogimos, no exploramos nuestra propia idiosincracia y optamos
fácilmente por lo que venía de afuera, por lo que parecía más deslumbrante,
más civilizado. Al aspirar formar parte de una cultura y una civilización
que ni siquiera comprendíamos del todo, nos hemos extraviado irremediablemente
de la ruta hacia nuestro verdadero carácter como pueblo, como nación.
Hemos querido implementar leyes abruptas, métodos incompatibles
con nuestra personalidad.
Quisimos formar parte del Gran Banquete.
Ahora todos somos hermanos mendigos peleándonos los escombros que
dejan caer las bocas de los poderosos.
Debemos retomar la empresa de nuestro descubrimiento,
esta vez llevada a cabo por nosotros mismos: sin Cortés ni Moctezuma,
sin conquistador no conquistado. En la misma el poeta, como incansable
cazador de sombras, como profeta de lo no revelado, como explorador
de realidades veladas por la absurda carátula de lo rutinario, por
la ceguera con que tan sin sentido transcurren nuestras vidas avanzando
vertiginosamente hacia ningún lado, deberá tener un papel fundamental.
El mismo deberá revelarnos, exento de conmiseración, nuestra insensatez
y virulencia.
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