Panamá, 16 de diciembre de 2001
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Monolitos y ovaciones

Guillermo Sánchez Borbón

El primer gran error que cometieron los gringos a comienzos de la década del sesenta fue haber intervenido en Viet Nam para “detener al comunismo” (¿recuerdas el efecto de dominó, una de las teorías más idiotas que se les haya ocurrido a los genios de la geopolítica?) El segundo, haber creído que los comunistas de Viet Nam constituían un monolito, sellado por la astucia, el fanatismo y la unanimidad, que no presentaba ni una sola fisura.

Cualquiera que tuviera una noción, por poco clara que fuese, del comunismo y, sobre todo, de la naturaleza humana, no podía menos que sonreír irónicamente ante esta concepción vaquera de la historia -de un lado todos los buenos, del otro todos los malos- en que basaban su estrategia los políticos y militares estadounidenses. Por culpa de esta manía simplificadora, perdieron grandes oportunidades. Estaban convencidos de que los comunistas que operaban en el Sur del país eran una quinta columna, ciegamente sumisa, del Norte. Y que los viet minh y los viet congs estaban de acuerdo en todo.

Lo cierto es que en lo único que coincidían plenamente era en liberar a su patria de los invasores extranjeros (primero los japoneses, después los franceses y por último los norteamericanos). En todo lo demás diferían: estrategia militar, en los medios y hasta en los fines: los del norte y los del sur tenían visiones muy distintas del paraíso socialista que había de edificarse sobre los cráteres lunares dejados por los bombardeos gringos de saturación. Aun para los ojos menos entrenados, estas discrepancias -muchas de ellas insalvables- saltaban a la vista aun desde los partes enviados por los periodistas occidentales, quienes también se han caracterizado siempre por interpretar erróneamente todo lo que ven .

Su visión simplista -también vaquera, pero de signo contrario- tuvo consecuencias tragicómicas: cuando las huestes de Pol Pot entraban en la capital del antiguo reino de Cambodia, los periodistas, desde los balcones de sus hoteles o desde las aceras, los aplaudieron a rabiar, aplauso que fue agradecido con ráfagas de ametralladora disparadas por los enloquecidos Khmer Rouge. Estos periodistas, que llegaron a la conclusión de que todos los que luchaban contra Estados Unidos por fuerza tenían que ser buenos, contribuyeron durante mucho tiempo a que el mundo ignorara el espantoso genocidio que cometían en el pequeño país los soldados del victorioso ejército de liberación.

Si los organismos de inteligencia gringos no hubieran sido tan obtusos y chambones, habrían podido interpretar correctamente los signos de las divisiones internas que carcomían a los comunistas de Viet Nam y ahondarlas y enconarlas introduciendo oportunas y profundas cuñas. Pero perdieron el tren, y la nación más poderosa de la historia fue ignominiosamente derrotada por un ejército de guerrilleros harapientos.

Había otro importante factor de división: la lucha sino-soviética, que en Indochina llegó a su frenesí. Pero para meterse en estas honduras sin salir con las pestañas y las manos quemadas, era preciso no sólo ser inteligente, sino tener conocimientos que no pueden adquirirse a la carrera en los periódicos, ni en los superficiales informes de los agentes, sino en libros de una aridez intimidante.

El Soviet Supremo, integrado por unos dos mil representantes, solía votarlo todo por unanimidad. Uno, que ha pertenecido a grupitos de siete miembros, escindidos en dos y hasta en tres fracciones irreconciliables, sabe que la unanimidad es humanamente imposible. Dos mil personas no pueden estar de acuerdo siempre en todo. Esto sólo se puede lograr con la amenaza (creíble) de un tiro en la nuca, o con la promesa de unas vacaciones permanentes en una de las islas más inhóspitas del Archipiélago de Gulag. Y sin embargo, los gringos se tragaban esta evidente ficción sin eructarla. Especialmente los periodistas.

Recuerdo que, cuando el comunismo se derrumbaba en todas partes, Peter Jennings, de ABC, transmitió vistas de un congreso del partido rumano. E impresionado por los aplausos atronadores que, puestos todos de pie, le tributaban los delegados a Ceasescu, Jennings comentó que el comunismo se había hundido en otras países, pero que en Rumania estaba tan firme como la quijada de arriba. Al día siguiente hubo una gigantesca manifestación de apoyo al líder, que, para sorpresa de Ceasescu y de Jennings, degeneró en una ensordecedora rechifla al tirano. A los pocos días, el jefe del partido y del Estado era fusilado por los mismos hombres, cuyos aplausos en el congreso del partido tanto entusiasmaron al locutor de ABC

Los gringos han vuelto a cometer el mismo error en el caso del terrorismo. También lo han convertido en un monolito torneado por la maldad. Con un solo jefe, Osama ben Ladin.

Pero de este otro monolito hablaré el próximo domingo.


Además en opinión

Hacen referencia a reportaje: Juan Antonio Tejada
Monolitos y ovaciones: Guillermo Sánchez Borbón
El enemigo: Marco Julio de Obaldía
Juan Carlos en Washington: Betty Brannan Jaén
La prórroga a la unificación: Luis Enrique Licona R.






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