Inconveniencias de un tren ligero
Raúl Cuestas Gómez
Me sorprende que hasta ahora no se hayan publicado muchos puntos de vista opuestos a la construcción del tren ligero que supuestamente debe ayudar a resolver problemas de tránsito urbano en el área metropolitana. Desde el punto de vista del ciudadano común veo dos problemas graves: los embotellamientos y congestión por una parte, y por otra, la falta de un sistema integrado de transporte masivo adecuado.
El tren ligero no ofrece soluciones a ninguno de estos, y de hecho, empeorará el problema de la congestión vehicular.
Error número uno: es un sistema a nivel, no subterráneo ni elevado, lo cual añadirá más paradas a la corriente de tránsito mientras pasan los trenes y mientras se realiza la construcción la cual presuntamente durará tres años. Si los tranques ahora son inaceptables, ¿cómo serán cuando grandes secciones de la Vía España o la Ricardo J. Alfaro (Tumba Muerto) estén cerradas por la construcción por uno o dos años?
Error número dos: La construcción estará a cargo del Ministerio de Obras Públicas (MOP), tradicionalmente la más ineficiente y corrupta de las instituciones del Gobierno, y cuya experiencia en construcción de ferrocarriles es nula. Para muestra un botón: la calle frente a la terminal del aeropuerto Marcos A. Gelabert, de dos manzanas de largo, ya lleva 10 meses en construcción por el MOP, y aún no va ni por la mitad. Otro ejemplo: el asfaltado de un tramo de hombro de 40 pies de largo frente a la entrada de Llanos de Curundú demoró tres meses. Si extrapolamos ese mismo rendimiento a la construcción del tren ligero, el último demorará más que la construcción del Canal de Panamá, tal vez tanto como las pirámides de Egipto.
Error número tres: El precio del pasaje. Se propone una tarifa de 30 centavos. Si el sector popular ahora se opone a pagar los 25 centavos propuestos para la unificación del pasaje en autobuses colectivos privados, mucho menos podrá ni querrá pagar 30 centavos a una empresa estatal. Se requerirán subsidios millonarios (traducción: coimas) del Gobierno a perpetuidad, abriendo las puertas a más despilfarro y corrupción.
Error número cuatro: Problemas de seguridad. Los recientes accidentes ferroviarios (dos muertos en unos cuantos meses) en el Ferrocarril de Panamá a Colón sacan a relucir la falta de regulación y experiencia en esta área. A esto hay que añadir la crónica y persistente desobediencia a las regulaciones de tránsito por parte de los conductores. ¿Qué se espera cuando trenes con varios cientos de pasajeros cada uno pasen a alta velocidad varias veces al día por las vías más transitadas del país? Cuando algún “juega vivo” o un diablo rojo se le cruce al tren, la colisión no afectará a dos o tres personas sino a cientos de pasajeros y el tranque resultante podría paralizar una sección grande de la ciudad. No en vano los sistemas de alta capacidad y velocidad en otras ciudades se construyen separados del tránsito general, es decir, en subterráneos o en rieles elevados.
Error número cinco: Costos escondidos. Me refiero al mantenimiento, el cual será necesario para siempre y será costoso (igual que el nuevo Hospital Santo Tomás que misteriosamente acabará costando $20 millones más que lo anticipado o necesario).
Error número seis: Aparentemente no se ha dado seria consideración a alternativas más inteligentes, menos complicadas y menos costosas para descongestionar el tránsito. La causa más obvia de los embotellamientos no son los autobuses (que constituyen solamente el 0.5% del total de los vehículos en el área metropolitana) sino los cruces a la izquierda y los altos innecesarios. El grueso del tránsito en Panamá ocurre en cuatro avenidas (Transístmica, Tumba Muerto, Vía España y Avenida Balboa). La construcción de túneles en un puñado de intersecciones claves en estas vías, la eliminación de varios cruces a la izquierda y la dedicación de carriles expresos a través de áreas supercongestionadas (ej: El Dorado en la Tumba Muerto, y en la Transístimica desde la vía Brasil hasta el área de Betania) aliviarían grandemente este problema.
Estas soluciones tienen un problema: no involucran “megaproyectos” ni “megacoimas”, y por lo tanto, tienen poco atractivo frente al actual Gobierno. Sin embargo son alternativas racionales a lo que por ahora parece ser una futura metida de pata de proporciones masivas.
El autor es escritor y pediatra neonatólogo
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