Mimetismo
“¿Dónde tendría yo la cabeza?”, se pregunta el amante que ya no te ama mientras busca una excusa que aminore el dolor del abandono
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Sí, claro, eso es lo que parece, que somos libres, pero qué va. Con suerte, tenemos libertad para ir y venir, libertad de tránsito que la llaman, y ni aun así. Hay que aguantar el tranque, y morderse la lengua para no soltar a los conductores desalmados las palabrotas todas que aprendimos en primaria. También podemos escoger universidad para los chicos, es cierto, y comprar en el almacén de nuestra preferencia, si bien el que tiene la última palabra es el presupuesto, que uno tiene sus aspiraciones para los hijos y buen gusto para las compras, y por elegir, podemos elegir presidente cada cinco años, aunque en honor a la verdad, hay poco donde escoger. Están escasas las opciones.
Visto lo visto, no estaría mal elegir, al menos, a quien entregar el corazón, pero este tiene la costumbre de andar en soltura, a su aire, provisto de voluntad propia y desligado a menudo del sentido común y de la razón. “¿Dónde tendría yo la cabeza?”, suele preguntarse el amante que ya no te ama mientras busca una excusa piadosa que aminore el dolor del abandono; y si a ataduras vamos, ni siquiera los amigos se eligen por sufragio, que se forman los lazos porque sí, anudándose en las buenas y en las malas y para siempre.
La libertad no es por tanto más que una ilusión, un deseo de despojarnos de las cadenas, un mito. Cree el subalterno ser libre cuando piensa “este tipo es imbécil” mientras sus labios pronuncian “sí señor” ; lo cree el jefe esclavo del poder; el que expresa a tontas y locas una opinión; el que tuerce su voluntad en nombre del amor y el que renuncia a su asueto para cubrir al amigo.
Podría decirse, sin embargo, que hay en todo ello una causa, noble en algunos de los casos, que justifica el sacrificio. Más, si siendo consciente de la renuncia, se acepta por razones dignas. Otro modo, al fin, de ejercer el libre arbitrio.
Lo grave y lo triste, lo verdaderamente grave y lo verdaderamente triste es cuando se prescinde de antemano de la libertad de pensamiento, de la libertad de palabra y de la solidaridad y los principios que algún día nos alentaron, para plegarse a la voluntad de otro y para sobrevivir mediocremente en el mundo de los que hablan más alto.
Y es que todos, en alguna ocasión, hemos tenido miedo, pero dejarse vencer por el miedo, por la precaución calculada y taimada no es otra cosa que cobardía. Y cobardes son los que optan por pasar agachados, por ocultar su sentir y su parecer para evitar los riesgos que corren los que disienten. Mimetismo lo llama Juan José Millás, el columnista español de El País, en un artículo publicado el pasado 6 de diciembre. No puedo dejar de compartir con el lector joya semejante, so pena de cometer pecado de omisión. Porque dice Millás:
“El mimetismo es uno de los recursos defensivos más humillantes de la naturaleza. Hay un bicho que al posarse sobre la hoja de un árbol parece el excremento de un pájaro, y otro que se confunde con el cadáver de un insecto recubierto de moho. Están a salvo, sí, pero a qué precio. ‘No te signifiques, hijo’, decían las madres de entonces cuando nos veían salir con la trenca y la barba. No significarse quería decir pasar inadvertido, incluso al precio de ser tomado por una caca o por un cadáver en descomposición. Lo importante es que no se fijaran en ti, porque, una vez localizado, podías servir de alimento a especies más violentas que la tuya. Había en la mili un sargento que aconsejaba lo mismo que las madres, aunque de un modo más plástico: 'Los que estén gordos que adelgacen y los que estén delgados que engorden'.
Un vecino mío, adolescente y progresista, lleva el pelo al cero para no ser agredido por un grupo de cabezas rapadas con el que se encuentra al regresar del instituto. No te signifiques. Hubo un tiempo en el que creímos haber alcanzado el paraíso de la diferencia, pero la alegría dura poco en la casa del pobre. No parezcas árabe ni negro ni chino ni boliviano ni anarquista, ni siquiera socialdemócrata, que ya es decir. Mimetízate. Adelgaza, engorda o rápate. No has elegido el mejor momento para ser distinto, muchacho; qué pretendes. Procura no parecer ni sí ni no, ni carne ni pescado; y disimula las ideas, por favor, que hay épocas en las que las ideas cantan más que la barba. Déjate un bigote años cuarenta y no disientas. Al escultor del quinto izquierda le niegan todos los premios oficiales por disentir. El gánster del tercero derecha, en cambio, suena para secretario de Estado.
Si a un insecto no le parece mal que le confundan con una rama seca, por qué ese empeño tuyo, siendo como eres ecologista, en destacar. No te signifiques, hijo, habla poco, lleva cuidado, aféitate el cráneo, haz como que bajas cuando subes y como que subes cuando bajas. No levantes la voz, guarda las apariencias, adelgaza, engorda, ven, vete, sal, entra. Sobrevive, en fin, aun al precio de parecer una caca, un palo, una corteza. Y regresa a las diez”.
La autora es correctora de La Prensa
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