Los políticos criollos
Los políticos en posiciones de mando no actúan como lo que son: servidores públicos a beneficio del pueblo
Xavier Sáez-Llorens
Por varias razones no soy afín al partidismo político. En primer lugar, porque la conveniencia personal está usualmente por encima de los principios e ideales de cada partido (basta ver la facilidad con que sus miembros, por más jerárquicos que sean, se cambian de vestimenta cromática o promueven alianzas con grupos tradicionalmente antagónicos); en segundo lugar, porque lamentablemente la inmensa mayoría de nuestros líderes políticos se manejan dentro del ámbito de la mentira, la corrupción, el clientelismo y la demagogia para conseguir votos, poder y fortuna; en tercer lugar, porque no hay partido mejor o peor que el otro, ya que podemos encontrar personajes malévolos o correctos en cada bando; y por último, porque las corrientes políticas exitosas de hoy en día manejan lineamientos ideológicos poco disímiles, oscilando alrededor del centro: desde una izquierda moderada -socialismo con compromiso privado- hasta una derecha moderada -capitalismo con compromiso social- (las posturas extremas, comunistas o fascistas, han sucumbido a los preceptos morales de democracia, justicia y libertad).
Como resultado de la mediocridad de la clase política criolla, nuestro país avanza tambaleante por el rumbo de la incertidumbre. Me deprime escuchar, por ejemplo, la consistentemente pésima valoración nacional e internacional del gobierno actual. Encuestas (aunque no sean de carne y hueso), editoriales de prensa y revistas foráneas de renombre clasifican a nuestro querido país dentro de un marco de improvisación, inseguridad jurídica y plan económico dubitativo. Desde la sensación de corrupción generalizada, licitaciones poco transparentes, helicópteros en aparente naufragio intencional, vergonzosas partidas circuitales, contradictorias declaraciones de funcionarios jerárquicos, viajes al exterior de frondosas comitivas y diálogos aparentemente estériles para salvar la CSS (para solo mencionar algunas) hasta las recientes, bochornosas e infantiles disputas de poder entre el Ejecutivo y el Legislativo, mi terruño se ha convertido en material de primera categoría para equipar el mejor circo del mundo. Pocos estamentos gubernamentales se salvan de esta ponderación.
Quizás por las cualidades más técnicas que políticas de su dirigente, el sector salud, según mi opinión, está exhibiendo uno de los mejores desempeños en décadas. Desafortunadamente, este ejemplo es tan solo un minúsculo destello luminoso dentro de la inmensa oscuridad del engranaje estatal.
En aras de brevedad, podría esbozar algunas razones que podrían potencialmente explicar la mediocridad de nuestros políticos (actuales y precedentes). En primer lugar, los políticos en posiciones de mando no actúan como lo que son: servidores públicos a beneficio del pueblo. En su defecto, utilizan sus puestos para obtener prebendas, inmunidad para actuar y abusar del poder, demostrar prepotencia, generar nepotismo y solventar sus problemas personales y económicos (y los de toda su familia de primer a quién sabe que grado de parentesco) dentro de los cinco años que le quedan. Algunos hasta allanan el camino para lograr que amigos queden nombrados en puestos de justicia, por si acaso el gobierno venidero decide explorar su patrimonio y actividades financieras. En segundo lugar, cada gobernante elige su gabinete (ministerios, entidades autónomas, etc.) utilizando solamente a partidarios, sin importar las cualidades humanas que posean (capacidad, currículo, trayectoria, honestidad); en un país pequeño como el nuestro y con tantos partidos políticos, es probable que para determinados puestos los mejores individuos sean independientes o formen parte de otra colectividad.
Adicionalmente, nuestros gobernantes no sólo deben tener buenas intenciones, sino ejercer un claro liderazgo para que sus subalternos cumplan a cabalidad la misión para la cual fueron elegidos y logren las metas asignadas por el mandatario; de lo contrario, deberían ser reemplazados prontamente. Por último, se repite la funesta costumbre de cambiar el rumbo y la estructura de los proyectos en marcha, sólo por el hecho de que fueron ideados por el gobierno anterior; es imprescindible que haya continuidad en los proyectos que son buenos y funcionan, y que se otorgue -de forma elegante- el crédito al que se lo haya ganado.
¿Hay soluciones? Se me ocurren algunas. Quizás convendría formar políticos de carrera, obligándolos a asistir a la Universidad para aprender a ser verdaderos servidores públicos y a manejar los asuntos de Estado con ética y transparencia (aunque reconozco que será difícil cambiar la mentalidad de una persona corrupta, cualidad heredada a través de factores mendelianos o adquirida al contagiarse de otros individuos de similar calaña). Propondría reducir el número de partidos políticos a sólo dos, uno con tendencia conservadora y el otro con tendencia más liberal, pero convenciendo a los victoriosos de que, en aras del bienestar y progreso del país, puedan también valerse de algunos miembros capaces de las huestes perdedoras y del sector independiente para liderar posiciones importantes. Por último, resulta imprescindible que, de una vez por todas, votemos por los candidatos más capacitados y no necesariamente por personas que parezcan “buena gente”. Panamá requiere contar con gobernantes de lujo para demostrarle al mundo que el subdesarrollo sólo reside en la mente de los mediocres.
Me resigno a creer que cada país tiene los políticos que se merece. Panamá merece algo mucho mejor.
El autor es infectólogo pediatra
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